Stormy Mondays: “La única manera de seguir haciendo música es que nos dé igual todo”
La banda asturiana publica nuevo disco con canciones propias tras ocho años y recuerda cómo terminó sonando en el espacio y su versión de 'Nebraska', de Springsteen
Las cinco canciones favoritas de Bruce Springsteen, elegidas por él mismo de entre sus más de 300
En algún lugar sobre la Tierra, flotando dentro de la Estación Espacial Internacional, unos astronautas escuchan una canción de Stormy Mondays mientras contemplan amaneceres que duran noventa minutos y continentes enteros convertidos en manchas luminosas. La escena parece inventada por un fan de la ciencia ficción con demasiado tiempo libre, pero ocurrió de verdad. Y además hay vídeo. Se grabó desde el control de Houston: los astronautas recibiendo la canción de un grupo asturiano que acababa de ganar un concurso organizado por la NASA entre más de mil participantes de todo el mundo.
“Yo estaba obsesionado viendo las fotos que subían los astronautas desde la estación espacial”, recuerda Jorge Otero, cantante y guitarrista. “Todavía era Twitter, ni siquiera Instagram. Todos los días miraba aquellas imágenes y pensé: ‘Ya sé de qué voy a hablar’. En vez de hacer una canción típica de galaxias y años luz, quise escribir algo realista sobre el espacio, sobre esos paisajes y sobre los dieciséis amaneceres diarios que ven allí arriba”.
La canción terminó viajando literalmente al espacio. Y la banda, que lleva más de un cuarto de siglo moviéndose bastante al margen de la industria musical española, acumuló otra de esas historias improbables que parecen perseguirles desde finales de los noventa. “Yo les llamé y les dije: ‘Que sepáis que vamos a ganar el concurso’”, cuenta riéndose. “Y al final se coló entre las diez finalistas de más de mil trescientas canciones. Luego hubo votación popular y la gente se puso a votar como loca. Meter número, votar, meter número, votar… Y ganamos”.
Stormy Mondays llevan tanto tiempo funcionando fuera de las lógicas normales del negocio musical que una historia así casi encaja perfectamente en su biografía. Grupo asturiano, canciones en inglés cuando aquello en España todavía despertaba bastante desconfianza, mezcla de rock americano, soul, folk y guitarras británicas, trayectoria siempre periférica y una carrera construida más sobre la resistencia y la fidelidad de su público que sobre grandes explosiones comerciales. Mientras alrededor iban cambiando escenas, etiquetas y modas, ellos seguían haciendo canciones a su ritmo, prácticamente como si vivieran en un huso horario paralelo.
Ahora publican nuevo disco, The thrill is not gone. O mejor dicho: terminan de rescatarlo del tiempo. “Empezamos a grabarlo en 2018”, explica Otero. “Da un poco de miedo decirlo así, porque piensas: ‘Hostia, ocho años’. Pero es verdad. Dejamos canciones terminadas, otras medio terminadas, otras con bases… Luego decidimos hacer Nebraska, de Bruce Springsteen, en eléctrico para despejarnos un poco y después llegó la pandemia. Y cuando quisimos darnos cuenta habían pasado ocho años y seguíamos con aquellas canciones esperando”.
La escena tiene algo muy reconocible para cualquiera que haya intentado mantener una banda después de los treinta: discos abiertos durante años, canciones esperando huecos imposibles en agendas llenas de trabajos, familias y responsabilidades, estudios cerrándose de madrugada y esa sensación permanente de que siempre falta tiempo. “Voy a apuntarme a los negacionistas del tiempo”, dice Otero. “Estoy convencido de que los días ahora vienen con menos horas”.
El nuevo trabajo se presentó oficialmente el 30 de mayo en el Café Berlín de Madrid, aunque para entonces medio disco ya estaba publicado en plataformas. Stormy Mondays trabajan desde hace años en su propio estudio y eso les permite grabar sin prisas industriales, aunque también tiene efectos secundarios. “Podemos experimentar muchísimo más. Probar sonidos, dejar canciones reposar… El problema es que, claro, si no nos metemos un poco de presión, no las acabamos nunca”. Hablan de las canciones casi como si fueran seres vivos. “Había algunas que parecían pedirnos: ‘Termíname ya de una vez, hay que salir’”.
Sobre la mesa llegaron a acumular veinte temas. Material para dos discos completos. Pero no querían hacer un álbum doble. Tampoco les interesa demasiado la idea de reinventarse artificialmente en cada trabajo. “No somos una banda de decir: ‘Ahora vamos a hacernos electrónicos’. Pero tampoco queremos repetirnos. Intentamos encontrar colores nuevos dentro de nuestra propia paleta”. Por ahí aparecen sonidos soul, americana, rock británico y hasta un Minimoog recién incorporado al arsenal del grupo. “Pero bueno”, dice Otero, “el Minimoog se inventó en el 69. Tampoco somos tan modernos”.
Stormy Mondays siempre han tenido una relación bastante peculiar con el concepto de modernidad. Cuando empezaron a finales de los noventa, la escena indie española ya estaba bastante definida y ellos nunca terminaron de encajar del todo ahí. Tampoco en la radiofórmula más comercial. Se quedaron en una especie de territorio lateral que, visto ahora, casi se ha convertido en su identidad. “Sí que sentimos que vamos un poco por libre”, admiten. “Y creemos que la única manera de seguir haciendo música es que nos dé igual todo eso. Porque si no, estaríamos frustrados continuamente o lo habríamos dejado”.
El cantar rock en inglés siendo españoles sigue siendo un debate eterno en este país. “En España siempre se ha mirado un poco raro a los grupos que cantan en inglés”, explica. “Y, sin embargo, en otros países europeos eso nunca ha sido un problema. Ahí están ABBA o Scorpions. Nosotros empezamos así en el 98 y seguimos igual porque nuestra música se adapta mejor al inglés”. La explicación: “En inglés puedes decir muchísimas cosas en muy poco espacio. Tienes palabras agudas, frases cortas, estribillos muy directos. En castellano todo es más narrativo, necesitas más espacio, las palabras son más largas. Yo admiro muchísimo a la gente que hace rock en castellano porque es dificilísimo”.
Eso no significa que renuncien del todo al español. Al contrario: la segunda parte del nuevo material incluirá canciones en castellano e incluso en asturiano. “Es una deuda personal que tengo”, dice Otero. “Pero me cuesta más porque necesito cantar de otra manera. Buscar otras texturas para que no suene falso”. Las letras, reconoce, son lo más difícil de todo. “Quiero que las canciones tengan una parte auténtica, que salga de algo real, pero tampoco quiero contar mi vida de manera intensamente personal. Me gusta partir de algo mío para llegar a algo donde alguien pueda escucharlo y pensar: ‘Esto podría ser yo’”.
Rockeros con trabajos paralelos
La idea de artesanía aparece constantemente durante la entrevista. Artesanía musical, pero también vital. Porque Stormy Mondays sobreviven fuera de la industria gracias a una combinación bastante española de pasión musical y trabajos paralelos. “Todos trabajamos en otra cosa. Como el 99% de los músicos en España”, dice Otero. “La gente no suele decirlo mucho, pero es así”. Él trabaja en informática y desarrollo web. Otros miembros del grupo tienen ocupaciones distintas. Y además está el estudio de grabación, otra pieza fundamental de su pequeño ecosistema autosuficiente. “No se puede vivir de esto. Bueno, igual uno o dos años sí. Pero luego no. Igual que les pasa a escritores, pintores o escultores”.
Esa precariedad estructural convive, paradójicamente, con una fidelidad de público que todavía les sorprende. “Hay un tío que vino varias veces desde Londres a vernos tocar a Oviedo. Claro, le invitábamos a cenar y todo, porque nos parecía alucinante”. También llegan seguidores desde Bilbao, Valladolid o Madrid cada vez que anuncian concierto. Y quizá precisamente porque tocan poco, cada actuación conserva cierta sensación de acontecimiento raro. “Hace años decidimos que, en vez de hacer giras de furgoneta y bocadillo continuamente, preferíamos tocar menos veces y cuidar mucho más el concierto”. La idea les vino, curiosamente, de Levon Helm, batería de The Band, cuando visitaron el estudio que tenía en Woodstock (fue el único grupo español que tocó en el festival Woodstock 99). “Él decidió que las giras vinieran a él. Y pensamos: ‘Joder, igual esa es la idea’. Tocar menos, hacerlo bien y que la gente venga”.
Aun así, el directo sigue teniendo algo de combate permanente para ellos. “La mayoría de la gente que viene a nuestros conciertos no nos ha escuchado nunca o conoce una canción. Entonces tienes que convencer durante hora y media. Cada canción tiene que llegar”, apunta Otero. Y ahí aparece otra vez esa mezcla de orgullo y resignación tranquila que atraviesa toda la conversación. “Cuando ves grupos donde la gente aplaude solo con escuchar la primera nota piensas: ‘Qué descansado tiene que ser eso’”. Luego se ríe. “Nosotros estamos acostumbrados a picar piedra”.
En 2019, la banda acometió el maravilloso experimiento de convertir Nebraska, el disco más desnudo y fantasmal de Springsteen, en un álbum eléctrico grabado con banda completa. “Queríamos hacer algo rápido para despejarnos después de tantas canciones propias y alguien dijo: ‘¿Y si hacemos Nebraska?’”.La idea inicial era imaginar cómo habría sonado aquel disco si Springsteen hubiese terminado grabándolo con la E Street Band, algo que el propio Bruce llegó a intentar. “Empezamos pensando: ‘¿Qué habría hecho él aquí? ¿Más soul? ¿Más tex-mex?’. Y luego dimos otro paso: imaginar que aquellas canciones eran nuestras”.
El resultado terminó convirtiéndose casi en una arqueología musical obsesiva. “Había detalles mínimos que intentábamos trasladar a otros instrumentos. Y luego estaba el problema de cantar canciones de Springsteen. Ahí hubo un momento en que pensé: ‘Igual nos hemos metido en un lío del que no sabemos salir’”. El disco acabó llegando a Willie Nile [guitarrista estadounidense con el que Otero ha colaborado]. “Coincidieron en un concierto y le dio el disco. Lo cogió, dijo: ‘Nebraska electric...’ y se lo guardó en el bolsillo. A partir de ahí ya no sabemos si acabó en casa o olvidado en un coche”.
La imagen resume bastante bien toda la historia de Stormy Mondays: tipos haciendo rock desde Asturias, trabajando en informática por las mañanas, grabando discos durante ocho años, tocando poco, y consiguiendo aun así que sus canciones terminen sonando en el espacio o acabando en el bolsillo de Bruce Springsteen. No está mal para un grupo que lleva décadas funcionando exactamente como le da la gana.
