Ignacio Isusi, el cómico detrás del pijo de Instagram: “Conozco mucho ese mundo”
Este actor vasco, residente en Miami, es el creador de Leo, el personaje de la alta burguesía que viaja en “el avión de papá”, sube en helicóptero a esquiar y solo bebe champán Cristal.
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Leo es un hombre maduro de la alta burguesía que se pasa el día hablando por teléfono con su amigo Bosco. Critica a Vanessa, “la choninovia de Beltrán”, una chica de barrio que, sin embargo, despierta en este locuaz ricachón extraña atracción. A veces charlan de don Serafín, el “páter”, quien, a su vez, se queja del taconeo de Vanessa en misa porque le desconcentra en el sermón. Leo también llama a su mujer, Mafalda, con quien comparte sus ideas sobre “pijos aspiracionales” (nuevos ricos), “pijos en caída libre” (gente bien, venida a menos), “gente normal” (que no tiene más remedio que trabajar) o “pobres de solemnidad”.
Pero Leo, como no quiere ser clasista, ha fundado una plataforma para la integración con la gente normal. Detesta el Moët, al que considera “de los corrientes, el mejor”, y todas las noches asiste en “el club”, dirigido por Patricio (a quien también tiene tirria), a catas de lo más variado, como aquella de “caviar emocional”, para saber si el esturión estaba contento o triste cuando lo pescaron...
Lo mejor de todo: este aristocrático culebrón evoluciona mientras el espectador ve únicamente en pantalla un primer plano de Leo parloteando por teléfono, aderezando sus soflamas con muletillas como: “horrible, horrible”, “no te puedo ni contar” o “acabo de amanecer”. Y aunque puede que ese mundo de aviones privados, helicópteros para esquiar, chóferes a quienes se les presta la casa de Baqueira como “salario emocional” y clubes privados delirantes se desarrolle de verdad en determinados ambientes, nadie en este folletín existe: ni Bosco, ni Beltrán, ni Mafalda, ni Vanessa, ni don Serafín... Ni, por supuesto, Leo.
Leo es, en realidad, un personaje creado por el actor cómico Ignacio Isusi (54 años), quien el pasado febrero empezó a subir vídeos a Instagram en los que progresivamente nos ha ido sumergiendo en una trama digna de Falcon Crest provisto solo de unos auriculares con cable y unas gafas de cristal azulado y montura dorada que deben de ser el último grito en La Moraleja, Pedralbes y Neguri.
Nadie sale mal parado en estas hilarantes historias; si acaso, esa clase privilegiada y de apellidos compuestos que mira por encima del hombro a los demás; es posible que Leo, al principio, pasase por un excéntrico millonario real que se entretenía subiendo vídeos a Internet. Pero una vez que el espectador capta la ficción, resulta incluso entrañable. ¡Si hasta quiere coger un día el metro para saber qué se siente!
Isusi es un empresario y coach vasco (más de 60.000 contactos en LinkedIn) residente en Miami que no hace mucho empezó a dar rienda suelta a su vocación de actor. Aunque contento de haber interpretado pequeños papeles, decidió hacer algo por su cuenta, sin esperar a agentes, productores ni permisos. Solo con un teléfono móvil. “Pensé en un formato tipo Camera café”, explica. “Quería verbalizar pensamientos desde personajes”. Primero llegó Leopoldo, el funcionario. Después Leonardo, el ejecutivo agresivo. Ninguno obtuvo buena acogida. Luego apareció Leo y, con él, Mafalda, Bosco, Vanessa y toda una fauna de criaturas urbanas reconocibles al instante, con los que Isusi ha conectado con la audiencia. “Yo no escribo chistes. Escribo comportamiento humano”.
Los inicios
Al principio los vídeos apenas se movían. Pero siguió publicando obsesivamente. “Me dije: 'Por mis huevos, debo seguir haciendo esto'. Sabía que para triunfar como actor hay que insistir. Pensé: 'Voy a insistir, porque soy un pesado y, si no, me muero'. Pero, sobre todo, por mí, porque soy feliz cuando me grabo”. Hasta que un día el algoritmo decidió abrir la puerta. Un vídeo grabado en la nieve (ese día había acompañado a su padre octogenario a esquiar), en el que Leo llamaba a Mafalda quejándose de que el helicóptero no podía subirlos a la cima y tendría que pasar el trance de subir al teleférico, “como la gente normal”, se hizo viral. Y explotó todo. En poco más de dos meses, el actor vizcaíno suma en sus cuentas de Instagram (@losleosalespeto e @ignacioisusi) decenas de miles de seguidores y se ha convertido en uno de los fenómenos inesperados del humor español reciente.
“Me di cuenta de que Leo era el personaje. Es muy auténtico. Conozco mucho ese mundo. Tengo amigos de todos los pelajes, y por eso sé que los clasismos están en todas partes: arriba, abajo, izquierda, derecha...”, dice. Pronto aprendió otra cosa: que cada vídeo, cada capítulo de esta serie delirante, debía ser independiente; así, el espectador puede reírse viendo uno solo, pero, al mismo tiempo, en conjunto instauran un universo paralelo. “Se han creado esos mundos de forma muy natural”, añade.
La burlesca lucha de clases constituye el verdadero gancho de estas escenas. “El pijo aspiracional —describe— es aquel que viene de familia humilde; que hace gala de que su madre limpiaba portales y su padre era chófer, pero ha hecho dinero. Le falta una cosa: la educación que viene de cuna. El pijo en caída libre es lo contrario: quien, estando en lo alto, se ha quedado sin dinero y, como ya no valen los apellidos, ha tenido que ponerse a trabajar. Cuando este está con alguien que no pertenece a su estatus, lo detecta al momento: desde por cómo lleva puesto el pañuelo al color de los zapatos. Son sutilezas pequeñas que dicen mucho. Ocurre también al revés: el pijo de verdad no puede pasar desapercibido aunque lo intente, solo al ver cómo coge los cubiertos”.
Asegura que ni unos ni otros se han molestado con sus bromas. “Todo se puede contar bien, sin herir. A la gente inteligente, que es la mayoría, enseguida le hace gracia verse o ver a los demás. Encaja bien con todas las capas sociales. He podido hablar con un cura del Opus Dei que es fan total y me decía que algún tema podía ofender a alguien. Doy una explicación y se aclara. Muchas veces no tiene que ver con cómo uno lo cuenta sino con cómo lo observa el otro”.
Empresario, 'coach' y actor
En la vida de Isusi hay varias existencias superpuestas. La del hijo de buena familia vasca educado entre jesuitas y apellidos de Neguri; la del empresario que montó compañías y llevaba traje; la del coach especializado en emociones y liderazgo; la del voluntario que acompañaba enfermos terminales; la del actor que aterrizó en Miami con más miedo que certezas; y, finalmente, la del humorista que hoy decenas de miles de personas observan cada día en Instagram mientras se desfoga por teléfono hablando con Bosco de Vanessa.
“Soy un apátrida de mi existencia”, dice riéndose. Y la frase resume bastante bien a este vasco nacido en Bilbao, criado en Vitoria y residente desde hace más de una década en Miami —en Cayo Vizcaíno, para más coincidencia—, alguien que parece haber vivido varias vidas distintas sin terminar de instalarse del todo en ninguna.
Su padre era notario. “Un hombre de novela”, lo define. “Superculto, brillantísimo, un superdotado de libro”. En casa se hablaban idiomas, se escuchaba ópera y la exigencia intelectual formaba parte del paisaje doméstico. “Era una putada cuando eres hijo suyo, porque era un crack”, bromea. Pero enseguida matiza: “He tenido muchísima suerte. Mis padres eran buenas personas. Y eso no todo el mundo puede decirlo”.
Como tantos hijos de familias acomodadas del norte, estudió Derecho en Deusto. “En el colegio fui extraordinario; en la universidad, mediocre”, reconoce con sinceridad. Quería ser periodista, aunque acabó entrando en el mundo empresarial junto a varios familiares y amigos. Montó empresas, algunas funcionaron muy bien y otras se estrellaron. La vida avanzaba por un carril relativamente convencional hasta que llegó el gran terremoto.
Su madre enfermó de cáncer en 2011. La enfermedad fue rápida, brutal. Isusi dejó prácticamente su actividad profesional para acompañarla durante el proceso. “Tuve el privilegio de estar con ella todo el tiempo”, recuerda. Aquella experiencia le cambió la cabeza para siempre. “Estar cerca de la gente que se muere te hace entender la vida de otra manera”. No habla desde el sentimentalismo vacío. Después de la muerte de su madre pasó años colaborando con la Asociación Española Contra el Cáncer, trabajando con pacientes en hospitales y domicilios. “Ahí descubrí una empatía que no sabía que tenía”, explica. Y de aquel golpe nació también otra necesidad: escribir.
Publicó dos libros de poemas y realizó un documental sobre el proceso de enfermedad de su madre. Un trabajo profundamente íntimo que él imaginaba como herramienta terapéutica para otros enfermos. “Médicos llegaron a decirme que había inventado la cineterapia”, cuenta. El documental tuvo repercusión, apareció en medios y despertó interés, pero también incomodidad en determinados sectores de su entorno social. “En aquella sociedad de Bilbao y Neguri quizá había gente a la que le resultaba impúdico mostrar el tránsito real de una enfermedad a una muerte”.
Aquella etapa terminó empujándolo hacia otro territorio inesperado: el coaching y el desarrollo emocional. Se formó intensamente, viajó por América Latina y acabó especializándose en ontología del lenguaje y psicodrama. “El coaching es un arte”, sostiene. “Y una vocación”. Trabajó con directivos, colegios, familias y grandes empresas tecnológicas. Pero incluso entonces había algo dentro de él que seguía buscando otra salida: el teatro.
La semilla venía de lejos. Ya había actuado años antes en Vitoria, casi por accidente, cuando acompañó a una de sus hijas a clases teatrales y terminó enrolado él mismo en el grupo. Pero el gran cambio llegó en Miami. En plena pandemia, una amiga actriz le propuso participar en una obra. “El primer día que me subí al escenario pensé: ‘¿Dónde he estado toda mi vida? Esto es lo mío’”.
Para entonces ya vivía en Florida junto a su mujer y sus tres hijas. El traslado había sido una auténtica locura. “La primera noche en Miami me metí en la cama y me puse a llorar”, recuerda. Afuera caía una tormenta tropical y él, con 43 años, acababa de abandonar la vida segura que tenía en España. “Pensé: ‘¿Qué estoy haciendo?’”. Pero resistió. Trabajó como coach en Estados Unidos, viajó por toda América y siguió formándose como actor mientras enlazaba pequeñas obras y proyectos teatrales. Hasta que volvió a sentirse perdido. “Yo decía: ‘Se supone que tengo talento. Algo tendrá que pasar’”.
Y pasó. Sus vídeos resultan extrañamente reales. Porque debajo de la caricatura nunca hay desprecio, solo humanidad un poco rota. “Si nadie me viene a buscar, cuando me ingresen en una residencia actuaré para los otros viejitos”, dice entre risas. Y uno sospecha que lo dice completamente en serio.
