Música

Lila Downs: "Pensé que nunca volvería a enamorarme, pero la vida siempre encuentra la manera de sorprenderte"

Lila Downs: "Estoy muy feliz siendo la jefa de mi propio barco". Uppers
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Hay golpes que dejan la casa patas arriba. Uno cree que ya ha visto suficiente, que el corazón ha firmado la jubilación anticipada y que determinadas estaciones de la vida ya no volverán a pasar por delante. Entonces aparece alguien, o simplemente aparece la propia vida, y desmonta el plan entero. A Lila Downs le ocurrió cuando menos lo esperaba. Después de perder al hombre con el que compartió casi treinta años de vida, después de atravesar un duelo que impregnó de principio a fin el álbum La Sánchez (2023), la cantante mexicana descubrió que aún quedaban capítulos por escribir. Y no habla solo de volver a enamorarse. Habla, sobre todo, de volver a encontrarse consigo misma.

No deja de resultar paradójico que una artista cuya carrera ha estado marcada por la memoria —la de los pueblos indígenas, las mujeres, los migrantes, los olvidados de la historia— termine publicando el disco más luminoso de toda su trayectoria precisamente cuando la vida le había soltado uno de esos sopapos que te dejan viendo las estrellas.

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Porque Cambias mi mundo no nace del dolor; nace de lo que ocurre después del dolor. “Es volver a sentirme viva. Creo que eso es lo que representa este disco. Después de una pérdida tan grande, llega un momento en que dices: 'Bueno, sigo aquí'. Yo nunca pensé que volvería a enamorarme. De verdad que no. Y, sin embargo, la vida siempre encuentra la manera de sorprenderte. Lo más bonito es que ese amor también me ha ayudado a reencontrarme conmigo misma”.

Ese renacimiento personal atraviesa todo el álbum. Musicalmente mantiene el universo que ha convertido a Lila Downs en una de las artistas más singulares del continente americano: rancheras, sones, boleros, cumbias, música tradicional oaxaqueña, ecos de jazz y arreglos contemporáneos (incluso algo de rap) conviven con absoluta naturalidad. Pero el tono ha cambiado. Quien escuche Cambias mi mundo buscando el desgarro de La Sánchez encontrará otra cosa: más luz, aire y ganas de mirar hacia delante. Algo coherente con la propia biografía de una mujer que lleva décadas haciendo exactamente eso: transformar las heridas en canciones.

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Nacida en Tlaxiaco, en el estado mexicano de Oaxaca, en 1968, hija de una cantante mixteca y de un profesor estadounidense de fotografía y cinematografía, Lila Downs creció entre dos idiomas y dos culturas que durante mucho tiempo sintió casi incompatibles. Estudió Antropología antes de dedicarse profesionalmente a la música y esa mirada atraviesa toda su obra. Mientras otros artistas hablan de sí mismos, ella suele hablar de un pueblo entero. Canta en español, inglés, mixteco, zapoteco o maya, rescata tradiciones populares, reivindica el papel de las mujeres indígenas y convierte cada disco en un pequeño tratado sentimental sobre la identidad mexicana.

Álbumes como La Sandunga (1999), La línea (2001), Una sangre (2004), Pecados y milagros (2011) o Balas y chocolate (2015) la consolidaron como una referencia internacional y le valieron un premio Grammy y varios Grammy Latinos. Sin embargo, pocas veces había hablado de su propia intimidad con tanta claridad como ahora. “Uno piensa que ya ha vivido el gran amor de su vida y que ya está”, dice. “Que eso ya pasó. Yo estaba convencida de que no volvería a enamorarme. Y no solamente apareció una persona maravillosa, sino que además comprendí algo muy importante: no era únicamente volver a querer a alguien. Era volver a quererme a mí”. Y añade: “Eso cambia completamente la perspectiva”.

Durante casi tres décadas, Lila Downs compartió absolutamente todo con Paul Cohen: la vida familiar, el escenario, las giras, las decisiones artísticas y hasta la dirección musical de sus conciertos. Con el tiempo, aquella pareja terminó funcionando como un solo organismo. “Cuando vives tantos años con una persona acabas siendo casi una sola identidad. Todo se comparte: las decisiones, los viajes, las preocupaciones, los sueños... Todo. Y cuando esa persona ya no está, descubres que también tienes que aprender quién eres tú. Yo pensaba que ya lo sabía. Pues resulta que todavía me quedaban muchas cosas por descubrir”.

A sus 57 años Lila Downs habla del amor con un entusiasmo sereno, sin la urgencia de quien busca recuperar el tiempo perdido. “Es un amor distinto. Mucho más tranquilo, mucho más consciente. Ya no tienes necesidad de demostrar nada. Hay respeto, admiración, libertad... Creo que la edad también tiene cosas maravillosas. Uno deja de competir con la vida. Estoy muy feliz siendo la jefa de mi propio barco”. Ahora le toca decidir sola. “Al principio da miedo. Claro que da miedo. Pero luego descubres una fuerza que no sabías que tenías. Y eso también es muy bonito.”

Quizá por eso Cambias mi mundo, donde la palabra “amor” se oye docenas de veces, no suena como un disco sobre un nuevo romance; más bien como el relato de una mujer que, después de quedarse sola cuando menos lo esperaba, descubrió que la vida todavía guardaba ases bajo la manga. Y esa sí que es una buena noticia para cualquiera que haya cumplido los cincuenta y piense que ya ha vivido todas las primeras veces posibles.

Paul Cohen no solo fue su marido. También fue saxofonista de su banda, director musical y el hombre con el que adoptó a dos hijos. A Paul le diagnosticaron una grave enfermedad cardíaca; los médicos fueron contundentes. “Le dijeron que probablemente viviría cuatro años”, recuerda Downs. “Al final fueron diez. Y esos diez años fueron un regalo enorme. Los vivimos con muchísima intensidad. Viajamos, seguimos trabajando, seguimos haciendo discos, seguimos soñando. Él nunca quiso dejar de vivir porque estuviera enfermo”.

La enfermedad pasó a convivir con la rutina. Las giras continuaron; el público apenas percibía que detrás de aquel escenario había una cuenta atrás que ambos conocían perfectamente. “Paul era una persona muy vital. Nunca quiso instalarse en el papel de enfermo. Seguía haciendo planes constantemente. Yo creo que eso también le ayudó a vivir más tiempo del que los médicos habían previsto”. La muerte no salía en sus conversaciones. “Nunca hablamos de qué pasaría cuando él ya no estuviera. Nunca hablamos del entierro, ni de qué hacer con los niños, ni de cómo organizar las cosas. Él no quería. Era incapaz. Y yo también respeté ese silencio”. Algo más enturbió la armonía de tres décadas. “Hubo infidelidad de su parte”, revela Downs. “Y eso descompuso aún más las cosas. Pero lo entendí: él ya se iba”.

La muerte de Paul llegó en diciembre de 2022, cuando La Sánchez todavía estaba tomando forma. Durante unos días pensó en detenerlo todo, pero enseguida cambió de idea. “Ese disco era un proyecto de los dos. Lo habíamos imaginado juntos. Sentí que tenía que terminarlo. Era mi manera de seguir hablando con él”. No fue fácil. “Había días en los que grababa una canción y luego me pasaba horas llorando. Otras veces no quería entrar al estudio. Pero poco a poco entendí que cantar también era una forma de atravesar el duelo”.

Aquellas canciones terminaron convirtiéndose en un refugio. No porque aliviaran el dolor de golpe —eso no ocurre nunca—, sino porque le permitían convivir con él. “No creo que uno supere una pérdida así. Lo que haces es aprender a vivir con ella. Paul sigue estando conmigo todos los días. Está en mi manera de trabajar, en muchas decisiones que tomo, en recuerdos que aparecen de repente. La diferencia es que ahora ese recuerdo ya no duele de la misma manera.”

Quizá ahí se encuentre la verdadera frontera entre La Sánchez y Cambias mi mundo. El primero fue el disco de una mujer intentando mantenerse en pie mientras el suelo se movía bajo sus pies. El segundo pertenece ya a otra etapa. “No se trata de olvidar. Jamás podría olvidar a Paul. Se trata de aceptar que la vida continúa. Y creo que él habría querido exactamente eso. Que siguiera viviendo. Que siguiera cantando. Que siguiera enamorándome de la vida”.

Su estrecha relación con artistas españoles

A lo largo de su extensa trayectoria, Lila Downs ha colaborado con varios artistas españoles. Ahí está Raíz (2014), el disco que grabó junto a Niña Pastori y la argentina Soledad Pastorutti y que terminó llevándose el Grammy Latino al mejor álbum folclórico. “Muy lindo, muy lindo. A Niña Pastori la busco siempre que vengo, a ver si coincidimos para vernos, ir a salir a comer algo, tomar algo. Nos hermanamos mucho. Somos muy parecidas, las tres. Cada quien en su país, a su manera. Es impresionante. Aprendí mucho de mí misma con ellas. Fue muy divertido. Y muy apasionado ver cómo peleamos por lo nuestro, cómo amamos a nuestros países y nuestras culturas. Fue muy lindo.”

Con Enrique Bunbury le ocurrió una de esas historias que parecen escritas por un guionista ebrio. “Mi madre lo conoció. Se sentó junto a él cuando yo canté aquí, en Bellas Artes. Pero ella no sabía quién era. Después de que terminó el concierto, yo no lo saludé porque creo que se tuvo que ir antes. Luego mi mami me dice: 'Sí, Enrique me ha dicho tal y tal cosa'. Y yo pensé: 'Será alguna persona que ella conoció'. De regreso a México me dice: 'Es que Enrique me ha dicho que él conoce muy bien el desierto del peyote'. Y yo así... 'Bueno, ¿quién es este fulano Enrique?'. Y después me enteré de que era Enrique Bunbury, que había hecho mucha amistad con mi madre. Muy cómico, ¿no?”. Bunbury terminó colaborando en el disco Ojos de culebra (2008), de Lila Downs.

No menos pintoresco fue su encuentro con Diego El Digala. “Le pusimos una botella de mezcal o de tequila... Para brindar al final. Él estaba en otra habitación del estudio, y cuando fui a por el tequila para brindar, ¡la botella estaba ya vacía!”, cuenta con una gran carcajada. “Pero se la chutó así, de volada. Y ya quería fumar algo. Muy simpático”. La propia Lila no se libra de las excentricidades de los artistas, aunque de forma más moderada: “Para mis camerinos pido mezcal, vino y algunas cosas de comer, como bocadillos”.

Hace apenas unas semanas volvió a vivir otro momento muy distinto al participar en la ceremonia inaugural del Mundial de fútbol, una actuación seguida por millones de espectadores en todo el planeta. Después de más de tres décadas de carrera, con premios de postín y una discografía que ha llevado la música mexicana a escenarios de medio mundo, todavía habla de esos desafíos con la ilusión intacta. Quizá porque, después de haber comprobado que la vida puede cambiar de rumbo en un instante, ya no le preocupa tanto adónde conduce el camino como seguir recorriéndolo.