Benjamín Prado y su relación del Parkinson: “No hay que dejarse arrastrar por el miedo; lo combato exagerando el papel del Benja optimista”
El poeta publica sus memorias a la vez que confiesa la enfermedad degenerativa que le han diagnosticado
Benjamín Prado, a Joana Bonet: "No convirtamos ser viejo en un insulto y ser joven en un piropo"
Benjamín Prado lleva toda una vida rodeado de poetas, canciones, noches infinitas y conversaciones de barra de bar. Ahora, el escritor publica '¿Qué hago yo aquí?', un libro de memorias en el que reconstruye el camino que le llevó desde ser “el hijo de un mecánico de Las Rozas” hasta compartir mesa con Rafael Alberti, Joaquín Sabina, García Márquez o Cortázar. Un viaje lleno de literatura, humor, excesos, dudas y también una sensación constante: la de seguir sin tener del todo claro qué hace exactamente aquí.
Y más cuando una enfermedad como el Parkinson golpea sin avisar. El poeta madrileño confesó pocas horas antes de esta entrevista que padece esta enfermedad degenerativa, lo que ha provocado un aluvión de mensajes. Sin embargo, él prefiere seguir siendo el mismo Benjamín de siempre, el ‘impostor’ de múltiples caras que ahora descubre en estas memorias.
‘¿Qué estoy estoy haciendo aquí?’ podría ser la frase favorita de cualquier español entrando un lunes a una reunión de Zoom. ¿Usted sigue haciéndose esa pregunta o ya ha aprendido a convivir con ella?
Continuamente, porque yo soy muchos españoles en uno, en el sentido de que soy un pluriempleado. Como cuentan las memorias, hago muchas cosas, me gusta mucho meterme en camisas de once varas. Estás preguntándote a ti mismo no solamente qué estás haciendo en una tertulia política en la televisión, que no es lo mío, o haciendo de actor en una serie, que tampoco es lo mí, sino cómo has llegado, cuál es el camino. Y como no lo tenía muy claro dije: voy a escribirlo.
Yo creo lo mismo que siempre he dicho, que uno no escribe para decir lo que piensa sino para saber lo que piensa. También en este libro he hecho un poco eso, intentar reconstruir el camino a los sitios, porque los sitios donde estoy ya son públicos, pero el camino hacia esos sitios creí que era una historia digna de ser contada.
En el libro hay una sensación constante que es que “he vivido mucho y aun así sigo sin enterarme de muchas cosas”. ¿Eso es la madurez, aprender a disimular?
Yo creo que la madurez consiste en dejar de exagerar básicamente, en renunciar a cosas que en realidad son innecesarias como la vanidad. O la competitividad. Una serie de cosas a las que uno va, no renunciando, sino librándose de ellas porque eran peso muerto.
¿Cuando terminó de escribir este recorrido vital, pensó “he tenido una vida increíble” o más bien “he sobrevivido de milagro”?
Increíble. Absolutamente increíble para el hijo de un mecánico de Las Rozas. Absolutamente increíble porque lo que he tenido ha sido una suerte descomunal, una suerte XXL.
He conocido gente maravillosa que no se supone que estaba en el radar de mi vida y sin embargo, un día entré en un bar y me encontré a Rafael Alberti y me cambió la vida. Otro día entré en otro bar y me encontré a Joaquín Sabina y me volvió a cambiar la vida. Otro día conocí a Octavio Paz o a Gil de Biedma o a Ana María Matute y me volvieron a cambiar la vida muchas veces.
Descubrir el ángulo humano de esta gente ha sido maravilloso porque todos eran, para empezar, lo más importante de este mundo, que es buenas personas, buenos amigos y gente normal.
A mí Alberti me dio el mejor consejo que me ha dado en mi vida, que fue: “Mira niño, tú tómate siempre muy en serio tu obra y muy en broma a ti mismo”. En un mundo donde sobra tanta egolatría y donde la hoguera de las vanidades arde cada vez con llamas más altas, creo que es un consejo verdaderamente maravilloso.
Hay una frase que me ha impactado en una de sus últimas entrevistas, que es la de “aún puedo fingir que estoy mejor de lo que estoy” hablando de una enfermedad en concreto...
Con la edad uno tiene sus goteras, sus enfermedades y yo soy una persona muy pudorosa. No soy de los que les gusta ir por ahí exhibiendo dolores, pérdidas y demás.
Prefiero hacer el papel de Benja el divertido, el simpático, hacer reír a la gente, que es una maravilla poderlo hacer si uno tiene cierta vis cómica, a quejarme. De manera que por mal que me encuentre, si es que me encuentro mal en algún momento, yo soy de los que prefiere callarse y decir: “venga, vamos a tomar una cerveza y contarte cosas antes que contarte mi vida”. Como decía Rafael Azcona, que era un genio: “No le cuentes tus desgracias y tus penas a los amigos, que los divierta su puta madre”.
Esa enfermedad ya tiene nombre después de haberlo confesado en La Ser. ¿Le ha supuesto una liberación?
No, yo no quería decir nada porque no me veo como un Michael J. Fox, siendo altavoz, y porque no estoy mal. Tengo el principio de una enfermedad que, dependiendo de la suerte que tenga, puede ir más deprisa, más despacio y afectarme más o menos.
Lo que pasa es que, bueno, yo que también lo soy, sé que el periodista siempre es peor persona que la persona y entonces por un buen titular hacemos lo que sea.
No voy a hacer una campaña ahora a favor del Parkinson porque me están empezando a escribir de revistas médicas y cosas así. En principio no tengo pensado hacerlo, pero no lo sé, también depende. Muchas veces la experiencia de las cosas está relacionada con lo que veas a tu alrededor. Si crees que en algún momento puedes ayudar a alguien haciendo algo, pues lo haces.
¿Cómo reacciona cuando le diagnostican la enfermedad: miedo, incertidumbre…?
Yo, como consecuencia lógica de esa vida bonita que te he dicho antes, que he tenido siempre, soy consciente de que probablemente parte de mi éxito literario se lo deba a mi infelicidad, como haber dedicado demasiado tiempo al trabajo y menos a la gente que tenía conmigo alrededor. Por eso yo prefiero seguir disfrutando en la medida en la que eso sea posible.
Ha confesado públicamente la enfermedad y la palabra miedo ya había salido alguna vez de la boca. ¿Cree que los hombres de su generación pueden hablar de sentimientos o han vivido demasiado tiempo interpretando a tipos duros?
Los de la mía ya no, la anterior. Mi padre, por ejemplo. Mi padre era un señor que no se permitía hablar de sentimientos, pero si tú entrabas en casa y no le dabas un beso, le decía a tu madre: “Angelines, tu hijo entra como las vacas en los establos en casa”, porque él pedía su beso, pero sin pedirlo.
Yo soy de otra generación ya en la que los hombres estamos con mala conciencia de pertenecer al género dominante, al género que ha excluido a las mujeres de casi todo, casi siempre. No hay más que ver en la literatura lo que se ha hecho con ellas. Pero al mismo tiempo también orgullosos de poder llorar delante de alguien si te hace falta o de poder decirle a un amigo “tío, te quiero un montón”. Eso ya no nos da vergüenza, por lo menos a mí y a la gente que yo conozco.
Prefiero hacer el papel de Benja el divertido, el simpático, hacer reír a la gente, que es una maravilla poderlo hacer si uno tiene cierta vis cómica, a quejarme
Decía antes que no quiere abanderar nada ni ponerse en el foco tras hablar de su enfermedad. ¿Cómo se hace para mirar la vida de esa forma tan positiva que tiene usted a pesar del duro golpe que se ha llevado?
Pues a mí me enseñó mi abuela que de bien nacidos es ser agradecidos. Creo que la vida que me ha tocado llevar está muy bien en todos los sentidos. Para empezar, he conseguido que me paguen por leer libros, lo cual es maravilloso. Lo haría gratis. Para seguir, he tenido la suerte de encontrar gente maravillosa en el camino.
No tengo nada de lo que quejarme. Mortales somos todos, enfermedades tenemos todos. Y lo que no hay que hacer es dejarse arrastrar por la melancolía, que en mí está, y el miedo, que en mí está también. Pero lo combato exagerando el papel de Benja optimista, Benja simpático, que es el que me he puesto en la obra y lo tengo que respetar, porque esto es como una representación. No puedes cambiar de papel en mitad de la obra. Yo no lo voy a hacer.
Pero habrá momentos en los que quiera cambiar ese papel optimista en la obra
Intento que en esos momentos no haya público delante.
Se habla mucho, y en sus libros también lo escribe, sobre amistad y también sobre los muertos que seguimos llevando encima. Cuando aparece una enfermedad como esta, ¿uno descubre mejor quién está de verdad a su lado?
Sí, absolutamente. Yo me he dado pocas decepciones con los amigos, muy pocas. Alguna, pero muy pocas.
Todo es un filtro de todo al final y todo es un sistema de medida de todo. Hay gente que solo está contigo cuando te va bien, también hay gente que solo está contigo cuando te va mal. Y yo es que soy para eso muy sedentario, o sea, tengo los mismos amigos hace 40 años. Entonces es difícil que un amigo de 40 años te falle, es muy difícil. Son lo que yo suelo llamar la familia nombrada a dedo, la familia elegida.Si hay algo de lo que no me puedo quejar yo en la vida es de los amigos que he tenido y sigo teniendo.
Entre esos libros, ahora aparecen sus memorias, en las que cuenta cómo empieza todo. ¿Qué consejo le daría al Benjamín Prado que se encontró con Alberti en aquella cafetería y le invitó a un gintonic?
Le repetiría el mismo que me dio él a mí y que te he dicho antes. Y algunos otros. Por ejemplo, Rafael siempre decía: “Niño, tú no seas nunca sectario, porque uno aprende mucho de la gente con la que no está de acuerdo. Tienes que aprender a escuchar a la gente con la que no estás de acuerdo”. Es el consejo que yo recuerdo siempre cada vez que voy a una tertulia.
También le diría que disfrute y que tengan una fe inquebrantable en que los libros que va a escribir los tienen que escribir porque no podrían no hacerlo. Y aprender mucho, aprender de los viejos y de los jóvenes. Otra cosa que decía Alberti siempre: “Niño, tú no seas, cuando seas un escritor de éxito” —ya tenía fe en mí el tío— “de esos viejos cascarrabias. De los jóvenes hay que aprender, no criticarlos”.
Usted lo decía antes: ha escrito novelas, poesía, columnas, canciones, ha sido tertuliano… ¿Alguna vez ha pensado “igual no soy ninguna de esas cosas”?
Soy un impostor en toda regla, pero es que es el papel más divertido. Al final el que mejor se lo pasa en el garaje es el pulpo, siempre. Los demás a lo mejor están cumpliendo con una tarea más profesional y tal, y tú estás un poco viendo a ver qué pasa y te lo pasas.
Siempre digo que una de mis máximas en la vida es que la forma más triste de no hacerlo es no intentarlo. Pruebas y a ver qué pasa.
¿Llevar siempre esa careta del impostor cansa?
Unas veces más y otras veces menos. Yo una vez le dije a Alberti: “Oye, pero tú en tus lecturas de poemas, hay multitudes a verte, nunca lees tus mejores poemas, solo lees los que más te aplauden, los más demagógicos en cierto sentido”. Y él me dijo: “Mira, toda esta gente que ha venido tiene sus vidas, tiene cosas que hacer en casa, trabajos, estarán cansados de la oficina. Mi obligación es entretenerlos”.
Yo pienso que cuando voy a los sitios mi obligación es entretener al público. Mi obligación, parte del trabajo, es hacerles pasar un buen día y que digan: “Qué bien que hemos traído a este tío, tenemos que traerlo otra vez”. Mi abuela decía que los negocios se mantienen no por los que entran sino por los que vuelven. Yo pienso lo mismo.
Usted ha conocido poetas, roqueros, políticos, camareros, gente nocturna… ¿Quién le ha dado mejor conversación: los intelectuales o los golfos?
La mezcla de las dos cosas. Jack Kerouac decía que su sueño era recorrer el mundo hablando nada más que con los camareros y me parece una gran frase.
Casi toda la gente que he conocido ha sido gente muy importante en su trabajo, pero gente a la que le gustaba mucho parar y tomarse una copa. Ángel González a las seis de la tarde decía: “Coño, la hora Hemingway”. Y era la del primer whisky.
Sobre todo he tenido la suerte de compartir la vida con personas que me han dado y me siguen dando la sensación de que no hay minuto malo con ellas. Yo conozco a Sabina, por ejemplo, desde hace 43 años y no recuerdo un minuto en el que me haya aburrido con él, o que me haya parecido que no aprendía algo, que no sacaba algo en limpio, que no me mejoraba. Hay gente que te mejora.
¿Las mejores autobiografías se escriben como se cuentan las batallitas a las dos de la mañana?
Las batallitas a las dos de la mañana son las mejores en el sentido de que uno se va volviendo sincero con las copas y son las peores en el sentido de que uno ya empieza a exagerar. Yo creo que en unas memorias hay que contar la verdad. Lo que tienes es que contarla de la manera más divertida posible y a veces para que sea divertida tienes que elegir la opción quizá más narrativa. De hecho, a mí me preocupaba mucho eso que llaman el efecto Mandela, que es que tú a veces crees que has estado en sitios en los que no has estado. Pero yo preguntaba.Hay que preguntar porque a veces es verdad que de tanto oír las historias esas de las dos de la mañana que tú dices, llegas a no saber si tú estabas allí o no.
En una época donde todo el mundo va construyendo personajes artificiales a través de redes, usted publica unas memorias muy honestas sobre fragilidad y miedo. ¿Ser sincero es más punk que llevar una chupa de cuero?
No lo sé, es una buena pregunta. Yo creo que a partir de cierta edad uno ya no elige, eres como eres, tienes difícil cambiar. También tienes la sensación de vivir en un mundo que se parece menos a ti que el mundo en el que vivías, con otros valores, con otros criterios, con otra manera de afrontar las cosas. Y sinceramente te da un poco igual.
Yo recuerdo a José Caballero Bonald que siempre decía: “No, no, no, a partir de los 60 años uno no tiene que fingir nada”. Y me parece muy bien, me parece una buena idea.
Yo no tengo gran interés en algunas de las cosas de este mundo actual, realmente no me interesa gran parte de estas cosas virtuales. Pero me extraña, eso sí, que se haya renunciado tanto al nosotros en favor del yo, eso lo echo un poco de menos.
Yo pertenezco también a una generación donde la palabra solidaridad no era un insulto y donde uno intentaba poner su pequeño grano de arena para que las cosas fueran un poquito mejor. Por eso seguramente hemos sido todos escritores, en cierto sentido, un poco comprometidos socialmente. Sí que echo un poco de menos cierto talante social que yo creo que nosotros, quizá por ser discípulos de Alberti, sí teníamos.
Además yo creo que nosotros teníamos una idea de la cultura que era un viaje hacia atrás. y mucho me temo que ahora gran parte de la gente, más que ir hacia atrás, mira a los alrededores. Lo que tiene éxito en el momento.
En el libro hay mucha parte de melancolía pero también hay mucho humor. ¿El humor sigue siendo una forma de resistencia cuando el cuerpo también empieza a dar malas noticias?
Absolutamente. Yo creo que es la gasolina del optimismo.
Si hay una cosa que me preocupa a mí en este mundo de todos los demonios es la criminalización del humor. Esa de que cada vez que cuentas un chiste se te cabrea un colectivo, todo es intocable, nada se puede mencionar, todo el mundo se ofende por todo. Nos quitamos una parte sanadora del carácter humano, que es el humor, la ironía, que se puede ejercer con respeto.
Le hemos escuchado muchísimos nombres: Sabina, Alberti… ¿Cómo se sobrevive compartiendo mesa con gente tan brillante?
Pues intentando no atragantarse con la risa en la sobremesa.
Mira, si hay una cosa bonita de mi amistad con Alberti o con Joaquín, por ponerlo así, es que ninguno de los dos me hizo nunca darme cuenta de que yo no era Alberti ni era Sabina. Gente normal, gente mucho más normal de lo que parece.
Delante de las cámaras o con el micrófono en la mano, todos interpretamos otro papel porque, al contrario de lo que se pueda creer, ser al que enfocan las cámaras es una situación de debilidad. Básicamente estás muy expuesto. Pero la gente es mucho más normal de lo que se pueda creer.
Con Sabina llevo 43 años y no recuerdo un solo minuto de aburrimiento
La vida bohemia tiene glamour, pero también tabaco, noche y alguna decisión regulera. ¿Qué parte de esa vida echa de menos y cuál no repetiría ni aunque le pagasen?
La echo de menos toda, porque cuando eres muy joven lo haces todo con cierta pureza, o al menos yo tengo la sensación de haberlo hecho así. Al único que haces daño en cualquier caso es a ti mismo.
La época de las drogas y demás tenía una ventaja: yo publiqué seis novelas en seis años porque para mí siempre eran las once de la mañana, de manera que tenía sus ventajas. Cada cosa a su tiempo.
Cuando mira atrás desde todo lo que sabe ahora, ¿siente más orgullo por todo lo vivido o más vértigo pensando en lo rápido que ha pasado todo?
Esa es una cuestión interesante. Pues seguramente las dos cosas. Orgullo mucho, gratitud muchísima, mucho amor por la gente, mucha nostalgia por la gente que ya no está.
Y sí, la sensación de que todo ha pasado demasiado rápido también está ahí. Eso lo tenemos todos.
¿Ya ha descubierto qué hace aquí?
Pues por suerte no, la verdad. O por lo menos no me he cansado de probar cosas nuevas. Creo que no hay nada mejor en la vida que aprender. Si aprendes algo nuevo, te vas a la cama más contento, porque al final la rutina es mala. El conformarse, la resignación, es un poco el cementerio de los vivos. Prefiero seguir experimentando cosas.
