Hombres G vuelven provocando: “Ojalá nos censuren y nos prohíban en todos lados”

El cuarteto publica 'Gilipollas' y nos habla de censura, edad, amistad, críticas, sexo, drogas y de por qué si uno de ellos faltara, el grupo ya no sería igual: “Nos hemos metido. Algunos más. Pero enseguida cortamos"
Hombres G: “Para un tío de 50 ir a un concierto de un grupo de su juventud con su hijo es la leche"
Durante cuarenta años, Hombres G han conservado una imagen bastante más limpia que la mayoría de las bandas de rock de su generación. No hay en su historial televisores arrojados por las ventanas, habitaciones de hotel reducidas a escombros ni una epopeya de rehabilitaciones y recaídas que gestionar. Pero durante sus días de mayor histeria en Latinoamérica eran cuatro tipos de veintipico que podían pasar una semana encerrados en un hotel porque salir a la calle resultaba imposible, mientras las chicas se colaban en sus habitaciones. Cuesta imaginar que dedicaran las noches al parchís.
David Summers, Rafa Gutiérrez, Dani Mezquita y Javi Molina sobrevivieron a aquello y, cosa todavía menos frecuente, siguen siendo los mismos cuatro. Más de cuatro décadas después de empezar juntos, Hombres G se ha convertido en algo parecido a un patrimonio sentimental de varias generaciones; hoy pueden reunir en un mismo recinto a padres que compraron Hombres G en 1985 y a hijos —incluso nietos— que no habían nacido cuando el grupo ya se había separado por primera vez.
Pero precisamente ahora que podrían pasarse el resto de su carrera administrando "Devuélveme a mi chica", "Venezia", "Te quiero", "Marta tiene un marcapasos", "Temblando" o "Voy a pasármelo bien", han decidido volver a provocar. El nuevo álbum se titula Acojonante y su primer adelanto, publicado el pasado 2 de octubre, “Gilipollas”. Llama la atención que un grupo conocido por sus canciones que hablan de amor y de pasarlo bien, inicie esta nueva etapa con un tema de contenido social: Hombres G dirigen el sonoro “Gilipollas” a aquellas personas que, contando chorradas en Internet, parecen haber alcanzado cierto grado de (a veces incomprensible) popularidad.
La palabra no necesita demasiada exégesis: “Es verdad que es un tema social —dice David Summers—, pero sobre todo es un tema divertido. La letra no es un chiste, es como una denuncia, señalando a un tipo engreído, gilipollas, que te mira por encima del hombro, que se cree más listo que nadie y tal. Pero es que realmente estamos rodeados de gilipollas. Y yo creo que hay más gilipollas que nunca. Hemos querido, desenfadadamente, hacer una denuncia social sobre eso y tratar con el sentido del humor de llamar la atención de la gente”.
Y añade: “Hemos hecho otros temas de tipo social antes, porque, aunque no es nuestro cometido, que es divertir, también somos seres humanos, tenemos preocupaciones y la vida no nos resbala. De alguna manera hay que dar de vez en cuando un toque de atención”.
Tiene mucho de audaz titular un sencillo con un insulto. “Es una reivindicación del lenguaje normal”, dice Rafa Gutiérrez. “Nosotros siempre hemos sido un grupo en el que David, cuando hace las canciones, escribe las letras casi igual que cuando hablamos; canta igual que habla, más o menos con el mismo lenguaje. Hemos llegado a un punto en que están cada día prohibiendo una cosa nueva y nosotros seguimos resistiendo. El problema no es que les parezca una palabra malsonante; es que en las plataformas de Internet se puede hablar de una violación, la guerra o las drogas, y lo escriben con asteriscos o le meten un pitido, como la censura antigua. Esto es un grado ya de subnormalidad exagerado. Va a llegar un momento en que casi todas las palabras van a ser escritas con asteriscos”.
El título de álbum no se queda atrás en esa cruzada semántica. Gente de su entorno les advirtió de que los algoritmos podrían causarles problemas. “Está tomado de una canción que se llama 'Acojonante', y que dice que el que tú y yo seamos amantes es acojonante. Está usando la palabra para expresar algo muy hermoso y positivo. Pero es que acojonante viene de cojón, entonces se puede considerar micromachismo. Pero vamos a ver, ¿para qué sirven las palabras? Las palabras sirven para expresar emociones. ¿Qué emoción estoy expresando en esta canción diciendo 'acojonante'? ¿Estoy diciendo algo malo, turbio, feo, desagradable? ¿Quieres ver el contexto? ¿Quieres ver dónde está introducida esa palabra, en qué frase, en qué emoción?”.
Y rematan: “No nos plegamos a esto. Nuestro disco se va a llamar Acojonante y nuestra canción se llama 'Gilipollas'. Y si quieren poner el asterisco, que lo pongan. Nosotros vamos a fabricar camisetas y va a poner gilipollas. ¿Qué hacemos? ¿Cambiamos la palabra? ¿Ponemos otro título a la canción? ¿Cambiamos el título del disco porque estos dicen que hay que cambiarlo? ¡No! Ojalá nos censuren y nos prohíban en todos lados”. La bravata tiene precedentes; “Sufre, mamón” sufrió censura durante sus primeros viajes a México y, lejos de perjudicarles, el ruido terminó multiplicando el interés por el grupo.
Hay, sin embargo, una contradicción evidente: “Gilipollas” es un insulto. Al incluirlo en una canción, ¿no están haciendo lo mismo que aquellos a quienes denuncian? ¿No están entrando en el juego de los haters? “No —responden—, porque está hablando de un tipo de persona concreto en la canción, de un tío engreído, estúpido, que se cree por encima de los demás. No entendemos que haya personas o colectivos que se sientan aludidos. Es normalizarlo, porque todos utilizamos esas palabras en nuestro día a día. ¿Por qué no puedes utilizarlas en una canción? ¿Por qué no se puede escribir una historia sobre eso? Es una historia como otra cualquiera”.
La ilusión cuando ya no tienes nada que demostrar
La posición desde la que pueden permitirse semejante desafío es muy distinta a la de 1985. Hombres G no se juega ya su carrera con un sencillo. Un fracaso comercial no va a borrar cuarenta años de historia ni a vaciar sus conciertos. Y ahí surge una paradoja. Generalmente, la ilusión está alimentada por la incertidumbre y los nervios: ¿saldrá bien esto que estamos haciendo? Por tanto, ¿qué queda de esa emoción cuando el éxito deja de ser una cuestión de supervivencia?
“Con este disco tenemos una ilusión enorme, pero muy especial”, explican. “Sabemos que el grupo está en una posición increíble. Estamos viviendo los mejores años de nuestra vida, como dice nuestra película. Estamos llegando a estadios, estamos con un público maravilloso que se compone de gente de entre 10 y 60 años. Hemos llegado a tres generaciones. Pero no queremos convertirnos en un grupo de nostalgia que solamente canta canciones antiguas una y otra vez, que la gente no se cansa de escucharlas nunca y de lo que estamos agradecidísimos. Con este disco queremos que haya un punto de inflexión”.
"Queremos que los chavales de 13 años —prosiguen— escuchen un disco nuevo de Hombres G y les vuele la cabeza. Y que no nos vean como un grupo que es 'el que le gusta a mi padre y me lo pone a mí', sino como 'un grupo que me gusta a mí con estas canciones de ahora, del año 26, del año 27, que me flipan'. Porque creemos que eso es un salto en nuestra carrera y, si lo conseguimos, nos va a dar otros quince años más de giras, que en nuestro caso es el resto de nuestra vida. Eso es lo que intentamos: llegar un poquito más lejos, hacer algo un poquito más grande, intentar mejorar un poquito como músicos, como personas y como todo”.
Actualmente, a Hombres G casi todo el mundo los quiere. No siempre fue así: durante muchos años, parte del público y la crítica les tachaba de pijos que hacían canciones blanditas para quinceañeras. ¿Qué mecanismo ha activado ese cambio? “En este país tienes que demostrar y demostrarlo todo”, dice Summers.
“Hacer una carrera de cuarenta años, vender 20 millones de discos, hacer casi 4.000 conciertos, cientos de canciones, noches y noches de conciertos, viajes, kilómetros, recorrer el mundo entero... Cuando llevas tantos años haciendo eso, la gente dice: 'Bueno, joder, te puede gustar o no, pero ahí están'. El español necesita que le demuestres que eres capaz de atravesar ese bosque, ese long and winding road, y llegar a un punto en que la gente diga: 'Olé tus cojones, tío, llevas 40 años trabajando incansablemente, nos has dado muchas satisfacciones, muchas canciones bonitas, muchas noches maravillosas; entonces ahora es cuando te aplaudo”.
De aquellos viejos reproches había uno que les dolía especialmente. “El tema de los pijos es una estupidez que nos ha perseguido toda la vida”, afirman. “Nosotros no hemos sido pijos en la puta vida. Hemos sido siempre gente normal. Nunca fuimos ni aristócratas ni macarras, fuimos gente normal de barrio, gente sencilla, con familias de clase media normal. No íbamos a la regata ni jugábamos al polo ni nada de eso. Hemos ido toda la puta vida vestidos con camisetas de 20 euros y unas zapatillas. Ni siquiera hemos sido amigos de los pijos de la ciudad ni íbamos a donde iban ellos a tomar copas”.
Su explicación de cómo nació aquella etiqueta remite al Madrid tribal de los primeros ochenta. Punks, mods, rockers, heavies y nuevos románticos exhibían códigos estéticos fácilmente reconocibles. Ellos decidieron no pertenecer a ninguno. "Salimos en una época en que había muchas tribus urbanas y gente que se disfrazaba muchísimo. Nunca quisimos ser de esa gente, nunca quisimos disfrazarnos ni tener un sonido ochentero”, dicen. Incluso recuerdan que alguien los bautizó como “pijipunkis”; después, una etiqueta periodística hizo fortuna y terminó pareciendo una definición sociológica.
La composición real de su público contaba otra historia, aseguran. “Empezamos a tener un sector de pijoteros de público, pero eran los mínimos, el sector más pequeño de todos. La mayoría de nuestro público, que nos llamaba la atención siempre, eran chavalas de la periferia. No eran de Barrio de Salamanca, ni de Chamberí, ni de Chamartín; eran gente sencilla. Tocamos en México, metemos 60.000 personas en un estadio y te aseguro que no son 60.000 millonarios. Hay muchos de los que están en ese concierto que llevan todo el año ahorrando para comprar una entrada para ver a Hombres G. Los fans, en general, son gente sencilla y humilde, no son ricos para nada”.
La etiqueta de “grupo para quinceañeras” tiene para ellos una explicación todavía más interesante porque asistieron a la transformación desde el escenario. “Cuando empezamos venían nuestros amigos del barrio, nuestros colegas gordos, medio punkis, y también venían sus hermanas, sus amigas y sus novias. ¿Qué pasa? Que al final gustábamos más a las féminas y entonces venían cada vez más féminas y cada vez menos punkis, porque no querían juntarse con su hermana en el concierto o lo que fuera”. Cuantas más chicas gritaban, menos muchachos querían ser vistos entre ellas.
Y así comenzó a construirse una imagen que después se alimentaría a sí misma: las chicas acudían masivamente, los chicos se retiraban y la fotografía del concierto parecía confirmar que Hombres G era un grupo exclusivamente femenino.
“Con el tiempo, cuando eso va pasando y vas ganándote el honor, el respeto, todos esos tíos empezaron a decir: 'No, si yo iba con mi novia'. Claro, con mi novia... Y admitían: 'Es que en la mesilla de mi novia, en vez de una foto mía había una foto vuestra'. Nos tocaba los cojones esa especie de celos. Eso sí nos molestaba: la época en que los tíos, en vez de venir a disfrutar con nosotros al concierto, que era para lo que hacíamos los conciertos, venían a tocarnos los cojones por celos. Fue la época en que venían tíos a zurrarnos. ¿Por qué? ¿Porque no les gustaba nuestra música? No. Por celos. Celos de juventud”.
Una amistad a prueba de crisis
El respeto tardío importa menos cuando uno lleva suficiente tiempo dentro. “No guardamos rencor a nadie en absoluto. El balance para nosotros es muchísimo más positivo que negativo y todas las cosas que nos han pasado en estos últimos cuarenta años nos han traído hasta este momento. Pues bien, bien que lo hemos hecho, porque estamos en un momento cojonudo. Hemos conseguido llevar una trayectoria impecable. ¿Qué otro grupo de aquellos años está en el nivel que estamos nosotros ahora? Hemos conseguido conservar nuestra amistad durante cuarenta y tantos años, disfrutar con la música y tener todavía, con sesenta y pico años todos ya cumplidos, proyectos ilusionantes y mucho trabajo por hacer”.
Conservar la amistad no significó permanecer siempre juntos. En 1992 decidieron parar. Y como cuentan en la película Los mejores años de nuestra vida, David y Javi, amigos desde niños, llegaron a distanciarse en lo personal. “Fue algo natural, porque habíamos estado juntos todo el tiempo: conciertos, grabaciones, todo el puto día juntos. Cuando todo eso para, cada uno de los cuatro toma caminos distintos”. Javi se centró en su bar; Dani entró a trabajar en Warner Music; y Rafa echó una mano a otros grupos. “La película creo que lo hace un poco más dramático de lo que realmente fue”, dicen.
Hubo momentos personales delicados que contribuyeron al alejamiento entre David y Javi, “Tuvimos sucesos familiares importantes”, dice David. “Yo, la muerte de mi padre [el cineasta Manuel Summers falleció de cáncer en 1993]; Javi también tuvo unos años jodidos”. Interviene el aludido: “Mi mujer, con una niña recién nacida de dos meses, se pira y se va a Marbella, con otro tío. Con una niña recién nacida de dos meses. Te quedas solo, sin trabajo, sin tu hija, sin tu mujer, y de pronto dices: hostia, ¿qué hago yo ahora? Tenía un bar y me puse a trabajar en mi bar. Tan feliz en el bar, la verdad, de puta madre. Pero estar en un bar es una cosa muy esclava, estás encerrado ahí, y se produce el distanciamiento”.
El descanso que inicialmente iba a durar un año acabó prolongándose durante una década. Con la perspectiva actual, consideran que incluso aquello terminó favoreciendo a Hombres G. “Nos vino bien profesionalmente porque nos permitió comprobar que el público nos echó mucho de menos durante esos años. Cuando volvimos nos recibieron como... Les dimos tiempo a nuestros haters de aquel momento a olvidarse de nosotros y a nuestros fans a echarnos muchísimo de menos. Les dimos un descanso que nos vino genial. Ni pensado habría salido mejor”.
El caso es que ni siquiera aquella crisis pudo tumbar la amistad de estos cuatro tipos que parecen soldados a fuego a Hombres G; al contrario que otras bandas veteranas, que han variado de formación a lo largo de los años, Hombres G siempre ha sido la suma de David, Rafa, Dani y Javi. Ninguno ha causado baja jamás, ni siquiera temporalmente.
Cuesta imaginar una alineación en la que otro nombre usurpara el puesto de cualquiera de ellos. Así que, y sin querer sonar cenizo, les pregunto qué pasará con el grupo cuando alguno de los fundadores pase a mejor vida. “Nos morimos los cuatro”, dice David. “Habrá que cerrarlo”, añade Rafa. “Pondremos una placa: 'Se vende”, tercia Dani. David retoma la palabra: “No podemos responder. Sería distinto si continuáramos los otros. La mayoría de los grupos que mantienen el nombre desde los años ochenta... Mira Los Secretos, por ejemplo: solo queda un miembro original de la banda [Álvaro Urquijo]. Es lo habitual. En nuestro caso no sería igual”.
Chicas, hoteles, excesos
Antes de llegar a esa edad en la que la muerte deja de ser una abstracción, estuvieron los veinte años; y América. La imagen pública de Hombres G nunca estuvo asociada a la autodestrucción. Ellos mismos reivindican que no fueron “destructores de habitaciones”, ni cultivaron una leyenda de excesos. Pero tampoco eran monjes cartujos. “No nos gusta hacer alarde de ello, pero hemos hecho lo que hemos querido”, dice Javi. “Imagínate estar encerrado una semana en un hotel, no poder salir a la calle, con 22 años, en Bogotá. Hacíamos de todo, hasta jugábamos al fútbol”.
“Por muy educados, por muy centrados y tal —prosigue el batería—, cuatro chavales de 22 años... Joder, follábamos como desquiciados. Nos cogíamos nuestros pedos, éramos unos chavales disfrutando del éxito. Pero siempre supimos que había puertas que no queríamos abrir. En esa época, en los años ochenta, la gente decía: 'Hay que probarlo todo'. Y nosotros: yo sé ya lo que hay detrás de ahí y no voy a abrir esa puerta. Fuimos sensatos, fuimos prudentes con lo jóvenes que éramos y con la vida que llevábamos. Tuvimos la madurez de decir: por ahí no; esto no, esto sí”.
No significa que fueran abstemios ni vírgenes químicas. “Nos hemos metido”, prosigue Javi. “Algunos más, otros muy poco. Pero enseguida cortamos. Y borracheras inmensas. Hay drogas, como la heroína, que no. Hay que tener un poco de cabeza. Tenemos amigos que se han quedado ahí, otros que han muerto, otros que siguen ahora con 60 y tantos años enganchados todavía y dices: qué penita, hijo”.
Llegaron a la fama con una información que los chicos y chicas tan solo cuatro o cinco años mayores no tuvieron. “Ya sabíamos perfectamente lo que era la heroína, el mal que te podía hacer y en qué poco tiempo. Hemos probado de todo, hemos hecho el mono, pero enseguida decíamos: bueno, hasta aquí hemos llegado”. Incluso desarrollaron su particular indicador de alarma: “Teníamos un límite: métete en todo lo que quieras, pero que puedas follar. Si no te enteras de nada, eso es malo”.
El sexo, desde luego, no parece haber sido un problema. Summers recuerda una conversación que todavía le divierte: “Cuando te viene un tío pesado en un bar y te dice: 'Tío, si supieras lo que he follado yo con tus canciones...'. Le digo: 'Pues imagínate lo que he follado yo con las mías”.
Existe, sin embargo, otra narración de aquellos años. Carlos Vázquez Moreno, Tibu, que trabajó como mánager del grupo y los acompañó en numerosos viajes a Latinoamérica, publicó unas memorias en las que relató episodios bastante más escabrosos de la industria musical. En ellas llegó a dar a entender que Summers había mantenido una relación estable en México mientras tenía pareja en España. “¿Que yo tenía pareja estable en México?”, pregunta David, atónito, pues no ha leído el libro. “Es ciencia ficción. No puede haber ni una sola verdad en una página de ese libro porque este tío era un mentiroso compulsivo. Está lleno de mentiras y de estupideces. Cosas malas suyas no habla él, seguro. Es un personaje que es una gran decepción para nosotros porque trabajamos unos años bien y la cosa se torció”.
Javi lo recalca con ejemplos: “[Tibu] contaba películas. A veces te contaba cosas que le habías contado tú. Se olvidaba y después de tres meses o seis meses te decía: 'Pues yo una vez estaba en Perú y pasó esto...'. Y tú: 'No, eso te lo conté yo. No te ha pasado eso, tío'. Yo creo que como mánager es muy buen taxista”.
A estas alturas, Hombres G tampoco necesita fabricar una juventud ejemplar. Lo que reivindican no es haber sido santos, sino haber sabido regresar. Ahora quieren que Acojonante les compre otros quince años de canciones y carretera.

