José Manuel Casañ, de Seguridad Social: "En los ochenta me han roto vasos en la espalda mientras cantaba"

El líder de Seguridad Social presenta 'Voy a Marte', un disco nacido de la muerte de su padre y varios desamores: «Absolutamente todo pasa», dice.
José Manuel Casañ, de 'Seguridad Social': “Cuando aprendes a tocar, ya no puedes ser punk"
José Manuel Casañ acaba de decir que está «de puta madre» cuando le señalo que, con la que está cayendo y la afición contemporánea a lamentarse por casi todo, escuchar semejante respuesta reconforta. Entonces rectifica, o más bien precisa: «Yo estoy suicidamente optimista. No me puedo permitir el lujo de quejarme».
A los 62 años, después de casi 45 al frente de Seguridad Social, Casañ tiene motivos suficientes para haber aprendido que la vida raramente respeta los planes. Ha perdido a su padre y a su mánager, se separó poco antes de que una pandemia encerrara a medio planeta en casa y ha atravesado otros desamores que prefiere no identificar con nombres y apellidos.
Todo ese material, bastante más inflamable que una reunión de marketing para decidir el próximo sencillo, ha terminado desembocando en Voy a Marte, el nuevo proyecto de Seguridad Social. No es solamente un disco: incluye un libro con poemas, haikus y otros textos del propio Casañ, acompañado por ilustraciones de distintos amigos. Su hilo conductor son las fases del duelo. El primer adelanto, "Por todas partes te veo", apareció esta primavera; después llegó su versión de "El día que me quieras", el tango de Gardel y Le Pera, convertido aquí en rock.
Casañ podría haberse ahorrado el trabajo: Seguridad Social posee desde hace décadas ese pequeño privilegio —o condena— reservado a los grupos que han conseguido meter varias canciones en la memoria colectiva. Podría salir a tocar "Chiquilla", "Quiero tener tu presencia", "Comerranas" y compañía, recoger los aplausos y volver a casa. Él sabe perfectamente que una parte del público preferiría eso a escuchar una canción recién salida del horno.
«Lo importante es que la curiosidad no puede morir. Mi madre tiene 86 años y ahora está haciendo teatro como no ha hecho en la vida. Empezó de pequeñita, luego estuvo un montón de tiempo sin hacer nada como madre, trabajando en la panadería de mi padre, como ama de casa, cuidando a una familia de cinco hermanos, tirándolo para arriba, y ahora con ochenta y pico años vuelve a hacer una cosa que le encantaba, que es hacer teatro. ¿Por qué? Pues porque tiene curiosidad».
Él aplica la misma medicina a la música. «Tú imagínate: yo ahora hago el "Himno de la alegría", de Beethoven, y la gente pasaría de ella. Estaría diciendo: “Coño, yo lo que quiero oír es ‘Chiquilla’, ‘Quiero tener tu presencia’”. Soy consciente de que muchos artistas se pueden acomodar en ese sentido, de decir: he hecho unas canciones que pertenecen ya a muchísima gente, que son la banda sonora de muchísimas vidas, que se han enamorado, que han tenido hijos, que han tenido grandes experiencias con estas canciones, como otros grupos también de mi generación. Y la verdad es que es muy complicado hacer cosas nuevas, pero es por cuestiones de curiosidad».
«No dejes de cambiar»
Seguridad Social nació en 1982 en Benetússer, a pocos kilómetros de Valencia. Casañ, nacido en 1963, ha sido su única presencia constante durante una historia que supera ya las doscientas canciones, más de veinte álbumes y el millón de discos vendidos. Antes se habían llamado Paranoicos; ya como Seguridad Social aparecieron en recopilatorios como Navidades radiactivas y Punk? Qué punk?, documentos de una primera juventud bastante más bronca que la que después asociaría al grupo con "Chiquilla".
Casañ no contempla esa evolución como una sucesión de disfraces. «Cada disco que he hecho a lo largo de mi carrera he intentado que no fuera igual que el anterior. Sí que es cierto que somos una banda de rock and roll. Me dicen por la calle: “José, no dejes de cambiar”. Porque más que cambiar en sí es ir añadiendo capas, añadiendo la historia, porque no hemos renunciado nunca a nuestras primeras canciones o a su estilo. Siempre en todos los discos han aparecido canciones más incisivas o más punk, con guitarras mucho más aceradas. Lo que hemos hecho es ir añadiendo nuevos matices».
Cuarenta y cinco años dan para unos cuantos. Seguridad Social pasó de aquel punk de primeros de los ochenta a incorporar reggae, ska, rumba y ritmos latinos y mediterráneos. "Quiero tener tu presencia" apareció a finales de aquella década y en 1991 llegó el terremoto de "Chiquilla", incluida en Que no se extinga la llama. La canción incorporaba una rumba-rock que ensanchó radicalmente el público del grupo y se convirtió en su mayor éxito. Después llegarían nuevos mestizajes y, entre ellos, "Acuarela", adaptación al español de "Aquarela", de Toquinho.
«Es imposible no cambiar en 45 años. Si no quieres cambiar, por lo que sea, te van a hacer cambiar. A lo mejor cambias sin darte cuenta. En la medida que seamos más conscientes de esos cambios, podremos ir haciendo cosas conforme están los tiempos. Hemos visto nacer el CD y lo hemos visto morir, por ponerte un ejemplo. Y los casetes y todo esto. La industria musical no tiene nada que ver».
Por eso hace tiempo que decidió que limitarse a encadenar discos convencionales ya no tenía demasiado sentido. En 2017 publicó con el dibujante Paco Roca La encrucijada, un libro-disco en el que ambos recorrieron géneros y tradiciones musicales mientras reflexionaban sobre el propio proceso creativo. Voy a Marte vuelve ahora a mezclar música, literatura e ilustración.
Hay una condición, sin embargo: mirar hacia atrás sin instalarse allí. «Recordar el pasado, incluso con una cierta dosis de nostalgia, creo que es hasta bueno. No revolcarnos en la nostalgia, porque me parecería un error tremendo; hay que buscar nuevas alternativas y no perdiendo jamás la capacidad de asombro, de poder asombrarnos ante las cosas». Casañ recuerda entonces una vieja historia zen: la taza llena en la que ya no cabe nada más. «Es bueno vaciar conceptos, historias, para que te vuelvan a entrar los nuevos. Esta es la filosofía que queremos llevar».
Las cinco fases de un disco
Mientras escribía Voy a Marte, Casañ descubrió que aquellas canciones y textos que había ido acumulando durante aproximadamente diez años podían ordenarse de una manera que inicialmente no había previsto. Había estado leyendo sobre el modelo de las cinco etapas del duelo —negación, ira, negociación, depresión y aceptación— popularizado por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross. El modelo nació originalmente de su trabajo sobre la muerte y los enfermos terminales y después se extendió, con numerosos matices y también críticas académicas, a otros procesos de pérdida. Casañ encontró ahí la estructura que buscaba. «Como la música me ha servido siempre de terapia, he utilizad las canciones en ese sentido y me he ahorrado una pasta en psicólogos bastante gansa, aunque de vez en cuando tienes que ir».
Y Casañ utiliza una comparación bastante suya para desmontar la solemnidad del asunto: «Hay duelos muy pequeñitos o mínimos, como que se te cae un huevo y se te rompe. Eso es un mínimo duelo. Pero un duelo un poquito más grande puede ser una enfermedad grave, un fallecimiento de un familiar, eso ya son duelos, o un desamor; son duelos un poquito más complicados. Pero invariablemente en todos esos tipos de duelos, más pequeños y más grandes, pasamos básicamente por todas las fases. Unas veces no tan seguidas, unas veces las fases duran más unas que otras, otras veces vuelven otra vez otras fases. Pero me di cuenta de eso, de que todas mis canciones, todos mis escritos se podían meter en una fase determinada».
Detrás de la teoría estaban sus heridas. «El fallecimiento de mi padre, algunas rupturas sentimentales... Es lo que más me ha llevado a escribir. Hay un tópico sobre las canciones: cuando tú estás bien, pues te vas a jugar al billar con tus amigos, a tomar cerveza. Pero cuando estás mal... Por lo que te he comentado antes, a mí me satisface mucho poder escribir y distanciar un poquito ese dolor, ese sentimiento. Y si encima luego lo puedo cantar, ya flipas aún, porque aún espanto más mi mal».
Uno de esos duelos coincidió con un acontecimiento que todos podemos fechar. Casañ se había separado apenas un mes antes de que en marzo de 2020 el confinamiento encerrara a España en casa. «Ese es uno de los duelos. También he tenido algunas experiencias de desamor que necesitaba expresar; han sido varias cosas. Pero sí, esa fue bastante importante, porque yo justo cuando la pandemia me acababa de separar y no podía estar con mis hijos, a pesar de que estaba al lado. Para mí eso fue un poquito traumático. Intenté que no lo fuera y gracias a muchos escritos, gracias a muchas poesías, gracias a muchos relatos, y a cantarlos en la medida que pude también, se pudo suavizar la historia».
Y es precisamente después de contar todo eso cuando reaparece el hombre «suicidamente optimista» del comienzo: «Y esto quiero matizarlo. A pesar de que estamos hablando del duelo y todo esto, el final es siempre extraordinario. Al final todo pasa, al final ese duelo pasa. Afortunadamente ahora me siento en una felicidad bastante buena. Ya me llegará, me tiene que llegar, como a todo el mundo, otro duelo, mejor o peor. Pero de momento lo que queda es que absolutamente todo pasa. Siempre hay una aceptación y un final feliz porque soy, ya te digo, suicidamente optimista y pienso que tiene que ser así».
Los años no impiden el desamor, pero quizá sí modifiquen la manera de encajarlo. Casañ cree que ahí actúan dos fuerzas aparentemente contradictorias: nosotros cambiamos; el animal que llevamos dentro, bastante menos. «Ya tenemos más años, tenemos una experiencia. Creo que todo eso suma. Ya no estamos tan efervescentes, no nos tomamos, pienso, las cosas con tanta... relativizamos un poquito más esos traumas y esos duelos en un momento dado. Pero la humanidad creo que no ha cambiado desde el hombre de las cavernas en ese sentido. Si bien nuestra experiencia nos puede enriquecer, por otro lado la sociedad y todos tenemos exactamente los mismos problemas. Estamos ahora en una sociedad mucho más tecnológica, vivimos más años, tenemos curas para enfermedades que antes no había, pero lo básico del hombre, lo básico que son los sentimientos, la emoción y todo esto, y los defectos y las virtudes, no ha cambiado nada».
La curiosidad que Casañ reivindica tiene en su propia casa un ejemplo bastante mejor que cualquier manual de autoayuda. Su madre aparece en el vídeo de "El día que me quieras". «Soy artista gracias a mi madre. Ella hacía poesías, hacía cuentos, nos leía en la cama cuando éramos pequeñitos, nos indujo a la lectura, a las artes, a todo esto. Y la verdad es que siempre ha sido una extraordinaria actriz sin poder serlo. Entonces ahora que está haciendo teatro para mí era un honor que estuviera ahí».
La otra transformación del vídeo también fue decisión suya: sorprende verlo vestido de mujer, cual Freddie Mercury en “I want to break free”. «Necesitaba sacar esa parte femenina que tengo y estoy encantado de ella. ¿Qué significa exactamente tener una parte femenina? «Todos tenemos una parte más sensible. Actualmente, evidentemente, en eso sí que hemos cambiado mucho, no tienes tienes que ser hombre o mujer o tal, y ahora estamos muy divididos en muchas cosas y no tienes por qué clasificarte de una manera tan antigua o tan arcaica. Demostrar que sí, que tenemos una sensibilidad, que tenemos una parte femenina, una parte que podemos comprender perfectamente cuál es el otro polo de la humanidad».
Punk en la tierra del bakalao
Mucho antes de "Chiquilla", Seguridad Social era otra criatura. En 1982, mientras distintas escenas juveniles explotaban en Madrid, Barcelona, Vigo, Bilbao o Granada, Casañ y los suyos hacían punk en Valencia. La asociación internacional de la ciudad con la música electrónica, que ya se intuía, llegaría sobre todo después, con el fenómeno de clubes y carreteras que durante los noventa quedó fijado bajo el nombre de Ruta del Bakalao. Seguridad Social había nacido una década antes. «Pues fui un patito feo, sería el ejemplo. En ese momento no me daba cuenta ni de que era patito ni nada, pero al final se convirtió en eso, porque realmente el rol que tenía que tener Valencia a nivel nacional, lo que todo el mundo tenía que ver, era ese tipo de música en concreto, era la moda que había».
Recuerda una primera visita a Radio 3 en 1982. El locutor escuchó a aquellos muchachos y dio por hecho su procedencia. «Nos dijo: “Bueno, vosotros, como vascos que sois, del rock radical...”. Nosotros sí que es cierto que éramos unos punkarras, porque en aquella época... “Pero nosotros somos de Valencia”. “¿Ostras, de Valencia? ¿Y cómo hacéis punk en Valencia?”. Digo: “Pues con mucha dificultad”, porque realmente no nos lo ponían nada fácil».
«Lo que pasó en Valencia en los 80 es lo mismo que pasó en Madrid, que pasó en Barcelona, que pasó en Vigo, que pasó en Granada, Sevilla y en todos los lados. Hubo una movida, llámalo X, como quieras, pero estaban todas las tribus. Nosotros estábamos ahí conviviendo de alguna manera, cada uno con sus espacios y algunas veces compartiendo. Sí que había una escena punk, porque había más grupos, pero sí que es cierto que a nivel de exportación, a las radios convencionales o a los medios más comunes, pues no les hacíamos gracia o no lo veían».
«Para mí el punk significa sinceridad»
Cuatro décadas después, Casañ sigue considerándose punk. Pero ya no habla de imperdibles, pelos de punta ni tres acordes tocados a toda hostia. «Mantengo una filosofía punk en el sentido de ser sincero. Para mí, el punk significa sinceridad. Porque el punk es tan jodido y habla tan mal y tiene tantos problemas y es tan reivindicativo porque la gente no tiene nada, no tiene nada que perder. Y por eso nació el punk».
Por eso no encuentra ninguna traición en haber abandonado el sonido de sus primeros años. «La evolución del punk a otras historias yo la veo desde ese punto de vista: de inquietud, de actitud y de no conformarte con lo que tienes, intentar derribar las cosas que están, que vuelen ya, abrir ventanas a cosas nuevas que puedan venir y, sobre todo, sinceridad. Para mí es estar haciendo lo que estás sintiendo en esos momentos, la música que estás viviendo, porque estás viviendo socialmente en este momento».
Sería mucho menos punk, según su definición, fingir que sigue siendo el mismo muchacho de 1982. «Yo ahora evidentemente no puedo hacer canciones como hacía antes porque mi situación es otra. Podría echarle morro y estar hablando siempre de lo mismo viviendo en un casoplón, por ejemplo —que no es mi caso—, pero podría decir: “Sí, porque hay que reivindicar la vivienda”, y tal y todo esto, desde tu casoplón. Eso no me sale, no me saldría. Eso no es punk para mí». La guitarra, en cambio, continúa ahí. «El rock no lo hemos perdido jamás. Hemos seguido acoplando nuevas cosas, pero en todos los discos y en todos nuestros directos puedes ver que la guitarra distorsionada es la que manda en un 99 % de los casos. Incluso cuando hacemos reggae, que también está muy conectado con el punk».
El punk también estaba muy asociado al anarquismo. «Cuando eres joven eres más iluso y puedes pensar, como con el comunismo: “Cómo molaría que fuéramos todos iguales”. Pero eso es imposible, es una utopía, porque los humanos tenemos muchos defectos y eso sería una sociedad inviable. No creo ni en la anarquía ni en el comunismo».
«Me han roto vasos en la espalda mientras cantaba»
Pero en la edad dorada del pop y el rock españoles no todo era de color de rosa. «En los 80 las tribus urbanas estábamos cada uno en su parcela y no nos juntábamos mucho. También es verdad que a partir de los 90, digamos con la MTV, con internet luego más adelante, con todas estas cosas, hay una especie de globalización, en el buen sentido para mí, que hace que podamos mezclar más las cosas».
Casañ pone como ejemplo a Los Rebeldes. «Son muy amigos míos. Si nosotros éramos punk, cuando empezábamos en los primeros festivales nos mirábamos con cierto recelo porque sabíamos que en nuestras ciudades había habido broncas enormes entre punks y rockers. Pero ahora somos íntimos amigos porque eso ya, afortunadamente, ha pasado a otra historia. Estamos metidos en el mismo saco, nos hemos visto un montón de veces, hemos coincidido en un montón de festivales donde ya predominan más las canciones que de dónde venías o la tribu urbana de donde eras en su momento. Todo eso ya se ha ido integrando».
La nostalgia tiende a lijar las aristas de cualquier juventud y a dejar los ochenta españoles convertidos en una sucesión interminable de bares, creatividad, libertad y canciones estupendas. Casañ conserva algunos recuerdos bastante menos fotogénicos. «Sí que es cierto que en muchas ocasiones, de hacer conciertos mal enfocados, como juntar grupos heavy con grupos punk o grupos de rockers y tal, hemos salido escaldados en muchas ocasiones. Sobre todo en los 80, en los primeros 80. No te voy a decir nombres ahora, pero a mí me han roto vasos en la espalda en directo. Yo he seguido cantando. He tenido que salir de pueblos esquivando bastonazos porque querían lincharme. O sea... bueno. En los 80 nosotros los tenemos así como un poquito... Sí que es cierto que hubo mucha creatividad y mucha historia, pero eran duros los 80. Eran muy duros. La verdad es que en aquella época tuvimos varias broncas, pero muchas. Pero bueno, todo pasaba, afortunadamente, y el tiempo lo ha suavizado muchísimo».
El calendario le ha proporcionado una cifra redonda para mirar todo aquello desde cierta distancia. Seguridad Social cumplirá 45 años en 2027 y lo celebrará con una larga gira y un concierto especial el 1 de mayo en el Roig Arena de Valencia, en esa ocasión acompañado de artistas invitados. Para entonces habrán pasado cuatro décadas y media desde aquellos muchachos que hacían punk en Benetússer mientras alguien en Madrid daba por supuesto que tenían que ser vascos. Por el camino llegaron "Comerranas", "Quiero tener tu presencia", "Chiquilla", "Acuarela", discos de platino, América, cambios de músicos, estilos, formatos y una industria que vio aparecer el CD y después lo vio convertirse casi en arqueología. Casañ sigue al frente.

