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Los Enemigos: "El rock and roll es imperfecto para que te parezca perfecto"

Los Enemigos, con Josele Santiago el segundo por la izquierda.
Los Enemigos, con Josele Santiago el segundo por la izquierda.. Uppers
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En 1985, cuando Los Enemigos empezaron a tocar en Madrid, la Movida ya había producido sus principales estrellas y la ciudad estaba cambiando de piel. Había grupos para todos los gustos, pero la industria musical y buena parte de la prensa habían aprendido a reconocer determinadas estéticas, ciertas maneras de vestir y unos códigos que facilitaban distinguir a los modernos de los que no lo eran. Los Enemigos no parecían especialmente preocupados por entrar en aquella clasificación: les interesaban las guitarras, el rock and roll, el rhythm and blues y unas canciones en las que cabían los perdedores, los borrachos, los desengaños y esa clase de personajes que nunca han tenido demasiada suerte ni demasiadas ganas de fingir lo contrario.

Ganaron el concurso Villa de Madrid aquel año, y al siguiente publicaron Ferpectamente, un primer disco que ya contenía algunas de las constantes de su carrera. Después llegaron Un tío cabal (1988), La vida mata (1990), La cuenta atrás (1991), Sursum corda (1994), Gas (1996) y Nada (1999). En una época dominada por la búsqueda de grandes éxitos, Los Enemigos construyeron una reputación más lenta, sostenida por el directo y por las letras de Josele Santiago, un compositor capaz de encontrar humor en la desgracia y cierta ternura en personajes a los que la vida no había tratado precisamente con delicadeza.

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La banda se separó a comienzos de los dos mil y volvió a reunirse en 2012. Hoy la integran Josele Santiago, cantante y guitarrista; Fino Oyonarte, bajista; Chema «Animal» Pérez, batería; y David Krahe, guitarrista. Su nuevo álbum, Canciones chulas, aparece seis años después de Bestieza, publicado en marzo de 2020, apenas unos días antes del confinamiento. Entre ambos discos han sucedido suficientes cosas como para que el título del nuevo trabajo, aparentemente despreocupado, resulte casi provocador.

La experiencia acumulada no ha convertido a Los Enemigos en fabricantes de canciones mediante procedimientos infalibles. Cuatro décadas de escenarios y estudios de grabación no bastan para explicar por qué una composición funciona y otra se queda por el camino. «Tener una buena letra siempre es fundamental —dice Oyonarte— , que tenga un contenido personal y sus imágenes, porque Josele suele trabajar con imágenes muy potentes, y que te haga reflexionar. Una canción que también nos estimule y que la sintamos como una vivencia. Que te mueva de alguna forma, que te haga estar vivo. Que musicalmente también tenga un riff... Pero si supiéramos una fórmula... Fórmulas no existen. En realidad, después de cuarenta años seguimos sin tener ni puta idea».

En una industria que dispone de herramientas digitales para corregir prácticamente cualquier imperfección, Los Enemigos siguen considerando que una interpretación debe conservar las huellas de quienes la ejecutan. «Hoy en día hay mucha virtualidad en las producciones, en las interpretaciones. Mucha perfección. A veces se busca demasiado la perfección, y a veces en la imperfección es donde está la magia. Porque en los discos que a nosotros nos han gustado siempre, de los sesenta, de los setenta, no todo está en tocar bien y ser virtuoso y tener un sonido perfecto. Ahora puedes manipular mucho y editar, pero el alma, el swing, cómo lo transmites, la interpretación... Todo eso en Los Enemigos es fundamental».

«Los Enemigos son un grupo de rock and roll. El rock and roll al final está basado en el caos. Es un caos con un cierto orden. La imperfección está en la vida. Si tú miras el Partenón, el Partenón no es recto. El horizonte no es recto. Entonces el Partenón no es recto para que te parezca recto. Eso es el rock and roll: el rock and roll es imperfecto para que te parezca perfecto», dice Chema Pérez.

El folio en blanco de Josele Santiago

Bestieza llegó a las tiendas el 6 de marzo de 2020. La pandemia frustró su presentación en directo y, cuando finalmente pudieron recuperar los escenarios, Los Enemigos dedicaron buena parte de su actividad a tocar aquellas canciones. La composición de un nuevo álbum quedó aplazada por una circunstancia mucho menos previsible: Josele Santiago, responsable de las letras y principal compositor del grupo, había dejado de encontrar canciones.

«Josele tuvo una crisis a nivel de composición y estuvo dos o tres años sin escribir», explica Oyonarte. «Cada uno tenía sus cosas y compatibilizábamos los otros proyectos que tenemos. Yo saqué un disco en solitario que también me ocupó mi tiempo. No queríamos forzar la máquina. Lo que queríamos era, por lo menos, ofrecer Bestieza, porque nos habíamos quedado con esa frustración. Era un disco muy potente que vino en un momento de nuestra vida muy complicado».

Para Josele, nacido en Madrid en 1965, escribir nunca ha sido una actividad accesoria. Sus letras han proporcionado a Los Enemigos una personalidad que los distingue de buena parte de los grupos de guitarras españoles: humor negro, observación callejera, personajes que se mueven entre la fanfarronería y el fracaso y una capacidad singular para introducir una verdad incómoda en medio de una frase aparentemente disparatada. «Después de la pandemia no hubo manera de escribir una puta canción», reconoce Josele. «Enfrentarte al folio en blanco y que te gane todos los días. Sigue en blanco, sigue en blanco, sigue en blanco. Muy estresante, muy frustrante, jodido».

A la frustración se sumaba una dificultad propia de los compositores veteranos: la necesidad de encontrar algo que todavía no hubieran escrito. «Yo me he puesto todos los días delante del puto folio blanco. Lo que pasa es que, claro, ya tienes sesenta años, has hecho diez discos, procuras no repetirte demasiado. Entonces encontrar nuevas perspectivas cada vez es más jodido porque hay menos opciones». El confinamiento había afectado también a su estado de ánimo. «A mí me tocó jodida la cosa. Me dejó muy descolocado, muy despistado».

Añade: «Cuando tienes un montón de ruido alrededor y a la vez necesitas encontrar cierta pausa, tienes encima la presión de decir: ya, pero es que tengo un folio en blanco, esto hay que rellenarlo. Y dices: hostia, vale, ¿y entonces cuándo descanso? Te vas a la cama con esa presión. Eso genera mucha tensión, mucho estrés, y se vuelve contraproducente. Trabajar pasivamente es ir por la calle y mirar, observar, escuchar y dejarte empapar por los estímulos que te vienen de fuera. Puedo sacar la antena, como siempre, pero si la antena no coge nada, por el ruido, por las interferencias, o no hay nada, o la antena está estropeada... Pero la antena la sacas siempre».

Las primeras maquetas comenzaron a llegar en la primavera de 2024. El grupo inició entonces un proceso de ensayos, revisiones y pausas que se prolongó mucho más que la preparación de sus anteriores discos. «Te vuelves más exigente. Haces el análisis retrospectivo y dices: coño, fíjate los discos que hay detrás. Entonces no se trata de decir: tengo que sacar un disco. ¿Por qué? ¿Porque la industria te obliga? ¿Por tus necesidades? No, joder. Al final son las canciones. Si hay canciones, adelante».

Cuando la salud es más importante que el grupo

La trayectoria de Los Enemigos no ha sido precisamente una línea recta. A los cambios de formación y la separación de comienzos de siglo se han añadido problemas personales y de salud que en distintos momentos obligaron a modificar sus planes. En 2024, durante un concierto en Caravaca de la Cruz (Murcia), Josele sufrió un episodio agudo de desorientación y pánico escénico; solo veía luces y escuchaba un ruido ensordecedor. Fino Oyonarte le ayudó a abandonar las tablas al notar que no se encontraba en condiciones de continuar. La gira hubo de ser suspendida.

«Si hay algo que no está funcionando y está en juego la salud, saltan las alarmas. No somos unos chavales de veinte años. Hemos tenido muchas etapas, algunas difíciles, complicadas, otras no tanto. Somos gente ya madura y nos dimos cuenta de que si hay un problema hay que solucionarlo. Estamos ahí arrimando el hombro para lo que haga falta», indica Oyonarte. «Los Enemigos somos un ente vivo y cada uno de nosotros es como un órgano. Si alguno se pone un poco pocho, pues todo el ente se detiene. La salud es lo primero. Aquí la toalla no se tira. Si hay que tomar otro rumbo, se toma, pero no se tira la toalla», dice Chema Pérez.

La suspensión de las actuaciones permitió dedicar tiempo a las canciones sin tener que interrumpir continuamente el trabajo para salir de gira. Habla Oyonarte: «Hay veces que es difícil cuando tienes la cabeza llena de obligaciones, conciertos, viajes, y a la vez estás en un proceso creativo. Hay demasiadas interferencias. En esta ocasión tomamos la decisión de centrarnos. Lo más importante era ver qué canciones podía escribir Josele, que pudiera concentrarse en escribir, y a partir de ahí ponernos a trabajar en el local. Ensayábamos las canciones, dejábamos pasar un tiempo, volvíamos a retomarlas y ya las veías de otra forma. No es lo mismo que meterte a saco con las canciones y grabarlas».

El nuevo álbum toma su nombre de una de sus canciones, la cual reivindica el papel de la música en la vida de quienes la escuchan. La aparente ligereza de Canciones chulas no es, según Josele, una ironía. «Un puntito irónico siempre viene bien, pero en este caso de ironía no hay nada. Hay un poquito de sentido del humor, de desdramatización y de todo eso, pero de irónico no tiene nada. Es una cosa muy seria». El faro de la portada representa esa función orientadora. El rock and roll, que para los integrantes del grupo fue primero una pasión adolescente y después una profesión, continúa siendo una forma de comprender lo que les ocurre.

Una banda en tierra de nadie

Los Enemigos nunca pertenecieron del todo a la Movida madrileña ni a la generación indie que se consolidó durante los noventa. Surgieron entre ambas escenas y desarrollaron una identidad musical ajena a sus principales códigos. Aquella independencia, hoy convertida en una de sus señas de identidad, no siempre les facilitó las cosas. «Estar en tierra de nadie supone que no tienes que pertenecer a nada, no tienes que recurrir a unos estereotipos para seguir ahí. Nosotros tenemos nuestra forma de hacer las cosas, que sería nuestro estereotipo, que es nuestro, único. Entonces, al no estar en ninguna etiqueta, a largo plazo sí te viene bien. Pero en aquel momento no pertenecer a ningún grupo era complicado, porque era muy típico decir: estos son estos y los demás son aquellos».

«Era muy difícil», añaden, hablando de cuando era complicado. «Nos metían en festivales de blues o en festivales indies, pero no cuadrábamos en ningún sitio, porque no estábamos en ningún sitio realmente. Estábamos en nuestro sitio. No te ubicaban en ningún lado. No podías entrar en ciertos festivales porque no pertenecías a esa etiqueta, o te metían en festivales a los que no correspondíamos. ¿Qué hacíamos, tocar el blues "Qué bien me lo paso" todo el rato? Era un poco absurdo. Teníamos que abrir camino. Nosotros éramos el rompehielos».

Los Enemigos nunca pertenecieron del todo a la Movida madrileña ni a la generación indie que se consolidó durante los noventa

Su experiencia también cuestiona la idea de que el éxito comercial permite establecer una jerarquía definitiva entre los artistas de aquella época. «Yo me he hartado de oír —dice Krahe— que de aquella generación solo sobrevivieron los mejores, los que tenían algo que contar, para dar valor artístico y creativo a una serie de artistas. Yo, que generacionalmente no lo viví porque era pequeño, pero lo he vivido muy de cerca, delante de mis ojos, niego la mayor. Absolutamente. No es que sobrevivieran los mejores. Precisamente los que se quedaron en el camino, muchos de ellos eran los mejores, o como mínimo tenían el mismo valor y talento que algunos de los que sobrevivieron». Y menciona a Eduardo Haro Ibars y Las Costus, nombres que ocuparon un lugar importante en la cultura madrileña de los ochenta sin alcanzar la proyección comercial de otros contemporáneos.

Cuatro versiones de una misma vida

Durante los años sin canciones nuevas, Josele publicó Desde el jergón, un libro autobiográfico que reconstruye su infancia, su formación musical y buena parte de la historia de Los Enemigos. Para alguien acostumbrado a condensar relatos en tres o cuatro minutos, el paso a la narración extensa supuso una experiencia literaria diferente.

¿Qué les pareció a sus compañeros? «Está muy bien el libro», responde Oyonarte. «Puede haber algunas diferencias de visiones de algunas historias que han sucedido, porque cada uno puede tener una visión. Pero en general creo que es un libro impresionante. Yo no había leído un libro así de música. Él hace una biografía de su vida, sus reflexiones, sus ficciones, sus episodios desde que era pequeño y después todo el trayecto de Los Enemigos. Ha dedicado su vida a eso, y que lo haga a través de las canciones me parece una obra de arte».

Krahe continúa: «Lo que más me impresionó es cómo una persona con una trayectoria, con un recorrido, es capaz de escribir sobre lo que es cumplir un sueño. Para mí, de eso va el libro. Habla de cómo un chaval se enfrenta a un sueño y cuál es el camino que cree que tiene que recorrer para poder cumplirlo. Y poder escribir de eso sin nostalgia, con la visión de hoy y a la vez con esa visión tan efervescente que solo tiene una persona con veinte años, me impresionó mucho. Tiene ese nervio narrativo, pero también el conocimiento y el pozo de una persona que ve las cosas con perspectiva».

¿Ha vendido el libro más que algunos de sus discos? «¡Y tanto!», exclama Josele, reconociendo la incoherencia: el músico que tiene más éxito con una obra literaria que con sus canciones. El tema económico es importante: el tiempo sin concierto tuvo consecuencias. Los Enemigos pertenecen a una generación que conoció el negocio de las ventas de discos y ha tenido que adaptarse a un mercado donde los ingresos procedentes de la música grabada han cambiado radicalmente. Las actuaciones siguen siendo fundamentales para muchos músicos profesionales.

Durante aquella etapa, Josele vendió varias guitarras de su colección. «Tenía demasiadas. Pero venía bien un poquito de pasta también. No tenía sentido tener tantas. Tenemos las casas cada vez más pequeñas y, en vez de tener doce, mejor cuatro», dice, quitando hierro al asunto. «Antes, la carrera de músico era frágil con respecto a las otras opciones. Ahora son todas frágiles: la de músico, la de arquitecto, la de lo que sea. Son una mierda de opciones que están a punto siempre de caerse».

La edad de los músicos de rock dejó de ser una anomalía hace décadas. Abundan nombres ilustres que han prolongado sus carreras mucho más allá de lo que sus primeros seguidores habrían imaginado. Pero la posibilidad de seguir actuando no elimina los efectos físicos del paso del tiempo ni la presión social por conservar una apariencia juvenil. «Intentar desesperadamente parecer joven», responden cuando les planteo qué resulta peor, si envejecer o tratar de disimularlo. «Tu actitud ante la vida puede ser de comerte el mundo, de estar todo el día queriendo hacer cosas, pero no porque quieras ser joven, sino porque tú eres así. Muchas veces el DNI y tu forma de ser no cuadran. Pero no porque quieras parecer joven».

«El rock and roll se sigue asociando a la juventud», dice Chema Pérez. «No sé muy bien por qué. Eso pasaba en los años cincuenta. Pero es que en los años cincuenta no había rockeros mayores. Desde que apareció, este género ha ido envejeciendo. De pronto ves a Dylan, a Paul McCartney o a Bruce Springsteen con ochenta años haciendo conciertos y dices: hostia, qué fuerte. Pero no intentan ser jóvenes. Nosotros no intentamos ser jóvenes. Una cosa es intentar aparentar ser joven y otra sentir esa energía de la juventud a la hora de tener ilusión y querer hacer cosas. Tú oyes la canción. No pienses quién la está tocando. Después los ves y entonces verás la energía que tienen, si tienen una energía de señores decrépitos o si tienen una energía joven, tengan la edad que tengan».

«El problema lo tienes cuando te enfrentas a ese momento en el que quieres, por lo que sea, tapar las consecuencias del paso del tiempo. Eso que hacían las vedettes en la tele: pner una media a la cámara. Como caigas en eso, estás jodido. El baño de realidad es esto. Esto es lo que hay».

Los Enemigos no han llegado hasta aquí porque hayan encontrado la manera de evitar el desgaste, sino porque han aprendido a convivir con él. Después de cuarenta años, un bloqueo creativo, problemas de salud y una pausa que pudo haber puesto en peligro su continuidad, han publicado un disco nuevo sin necesidad de fingir que siguen siendo los chavales que grabaron Ferpectamente.