De generación en generación: el viaje rojiblanco de un padre y un hijo a la final de la Copa del Rey

Luis Aznar, periodista y rojiblanco, nos cuenta cómo el fútbol ha servido para unir los lazos con su padre y su hermano
Las mejores anécdotas de Simeone y Luis Aragonés: “Son leyendas del Atlético pero los dos pudieron ir al Real Madrid”
Una de las imágenes que recuerdo si rebusco en mi memoria mis primeros recuerdos relacionados con el fútbol soy yo, sentado en el suelo de mi casa, en León, con unos seis o siete años, mirando sin pestañear la página del teletexto un domingo por la tarde. De fondo, la radio, probablemente García, recorriendo España saltando de campo en campo.
Mi único objetivo era detectar cómo parpadeaba el marcador del Atlético en la tele para anunciar el gol antes de que lo cantara el narrador de turno. Era un ritual que me mantenía ocupado una hora y media, con mi padre leyendo en el sillón a mi espalda y, probablemente, en ocasiones incluso más atento que yo al teletexto. Jamás lo reconocerá.
El Atlético ha sido, es y será para siempre una religión en casa. No lo pone en nuestros DNI, pero podría. La tradición la comenzó mi abuelo paterno, la continuaron todos y cada uno de sus siete hijos (unos con más interés que otros) y la mantuvimos los nietos. Cierto es que con los bisnietos no estamos teniendo tanta suerte.
Y no la tenemos porque, al contrario de lo que sucede ahora, hace 40 años tú no elegías de qué equipo eras cuando eras pequeño. Podía gustarte el fútbol o no, pero tanto si te gustaba como si no, eras del mismo equipo que tu padre. Si no, ‘mira qué rebelde me ha salido el crío’.
Intentos de terceros
Por eso, uno no puede decir que se hizo del Atlético. Mentiría. Uno nació con sangre rojiblanca y con sangre rojiblanca morirá. Más de un intento de terceros hubo para reclutarme para este o aquel bando porque ‘¿no ves que ganamos más?’, pero con idéntico éxito tanto por un lado como por otro.

Ahora, cuarenta años después -se dice pronto-, puedo asegurar que no he perdido ni un ápice de aquella pasión que me llevaba a pelear con mi madre por un segundo más de Estudio Estadio para intentar llegar a ver los goles de Baltazar, de Futre, de Manolo y los paradones de Abel, que me encantaba.
-“A las 9 a la cama y me da igual cómo haya quedado el Atlético”, decía ella.
-“Me duele la barriga y no sé si podré ir al cole mañana”, respondía yo.
-“Vale, han vuelto a perder… pero tú vas a ir al cole”, zanjaba.
‘Iré, pero que no se me olvide meter la camiseta en la mochila’, pensaba yo porque llevarla puesta no era ni siquiera negociable con mi madre porque ‘¡cómo vas a llevarla puesta si es de plástico!’.
Al llegar el lunes al autobús sabías que te esperaban bromas, risas teñidas generalmente de blanco y la complicidad de un pequeño reducto de atléticos irredentos (pocos, muy pocos) que aún hoy nos retroalimentamos de vez en cuando entre nosotros. La distancia no es el olvido.
Uno de esos momentos de retroalimentación llega en semanas como esta, en las que disfrutamos y sufrimos casi a partes iguales. Mucho de ambas. Muchísimo. La empezamos en Neptuno, cómo no. Después… Que si hay muchas bajas, que si el esfuerzo del martes (aunque mereció la pena), que si mira la Real cómo ha podido preparar el partido, que si es casi mejor no ir, que si son el Brasil de Pelé o se parecen mucho… Está en el escudo.
Días eternos
Son semanas en las que los días se te hacen eternos por muy liado que estés (que lo estás), en las que el sábado no llega nunca, en las que de vez en cuanto tiras de Sabina, de Leiva, de Dani Martín o de no sé qué otro cantante ‘que me han dicho que también es del Atleti’.
Pero esta semana, no podemos olvidarlo, comenzó a prepararse nada más que el árbitro pitó el final del partido del Camp Nou en el que el Barcelona iba a remontar sí o sí el 4-0 de la ida pero al final fue que no. Ahí, en ese justo instante, levanté el teléfono para llamar a mi padre, como casi siempre que juega el Atlético y no podemos verlo juntos, ya sea en el Metropolitano o por la tele: “Luiki, nos vamos a Sevilla sí o sí. Ya veremos cómo pero nos vamos a Sevilla”.
Al terminar la llamada, y después de discutir si fulano no puede jugar ni un minuto más, si mengano no está dando el nivel y ‘cómo vamos a echar menos a Antoine’, comenzó una aventura que terminará esta noche. Que mis amigos de la Real, que tengo varios, me perdonen, pero espero que bien, con la Copa del Rey camino de Neptuno.
Primer problema, la antigüedad como socio para optar a una entrada. Yo no tengo motivo para preocuparme. Me toca la entrada en el sorteo seguro. 25 años me contemplan. Desde que llegué a Madrid y el Atlético descendió a Segunda. Un verano entero trabajando para ahorrar y pagar el abono. Estuve años enteros sin poder ir a los partidos como aficionado (lo hacía como profesional), pero nunca renuncié al carné.
O todos o ninguno
Pero mi padre y mi hermano no lo tienen tan fácil. Ellos se abonaron años más tarde, cuando llegaron a Madrid. La solución, agruparnos y cruzar los dedos. O los tres a Sevilla, o ninguno… o pedir favores hasta al mismo diablo (menos mal que no hizo falta).
Hubo suerte e incluso nos sobraron un par de años de antigüedad. A por el siguiente escollo. Este es doble. Viaje y alojamiento. El viaje, después de comprobar cómo los precios se han puesto por las nubes para todo lo que no sea conducir, decidimos hacerlo en coche aunque nos dé mucha pereza la ida y más aún la vuelta con, esperemos, la resaca emocional (o no) de la final.
Para el alojamiento jugamos una baza con la que no contábamos pero que se saldará, comida mediante, con uno de mis mejores amigos desde que nos conocimos en una redacción hace ya más de 20 años. Rodri, previsor él, había reservado un apartamento hacía meses en Sevilla calculando cuándo podía ser la final por si llegaba su Athletic. En cuanto supo que no, lo puso a mi disposición con la condición de que no diéramos opción a su eterno rival. Veremos. Yo cumpliré con mi parte desde la grada.
No será la primera vez que vea al Atlético en una final. Estuve en Hamburgo, en la tribuna de prensa, con la mirada perdida durante horas por los nervios previos al choque (Alberto bien lo sabe, que estaba a mi lado). Allí ganamos.
También estuve en Lisboa, también como enviado especial. Allí no. Una herida que sangra desde entonces. A la capital portuguesa, por cierto, mi padre viajó en autobús desde León y mi hermano en coche con su cuñada, pactando previamente que el que ganara (ustedes sabrán) conducía de vuelta.
Y en Milán. Allí también salió cruz.
Y en Lyon, en aquella Europa League maravillosa. Y en Mónaco, con ‘El niño’ disfrazado de azul y deseando unirse a la fiesta, a su fiesta.
Hoy, unos cuantos años después, volvemos a una final que mi abuelo verá desde el tercero y que yo disfrutaré como si estuviera mirando el teletexto… con mi papá de la mano. Nunca dejes de creer.
PD. Confieso que ya tengo un apartamento reservado con cancelación gratuita en Budapest.

