FÚTBOL

Juanjo Brau, 18 años como fisio del Barça: “Tener a Messi en la camilla... ¡Eso sí es presión!"

Hablamos con Juanjo Brau ahora que Lamine Yamal sufre una lesión. (Foto: cedida)
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Juanjo Brau ha vivido 25 años en el Barcelona y casi 20 en el vestuario del primer equipo. Llegó allí de una manera que él mismo considera su mayor orgullo profesional: no lo fichó la dirección deportiva, sino que lo pidieron los propios jugadores. Venía del Barça B, y cuando una cadena de lesiones de cruzado dejó al primer equipo sin recursos, fueron los propios futbolistas quienes reclamaron su presencia al capitán, Carles Puyol. Así subió. Así se quedó.

Desde esa camilla privilegiada y discreta, Brau convivió con algunos de los mejores jugadores de la historia del fútbol —Messi, Ronaldinho, Neymar, Iniesta, Xavi, Puyol— en los años en que el Barça lo ganaba todo o casi todo. Lo que vio, lo que escuchó y lo que nunca contó hasta ahora es el material de Lo que el fútbol no ve, su primer libro, publicado por la editorial Magazín con prólogo del propio Puyol. Una obra que, dice, no es técnica ni táctica: es de personas. Porque las lesiones, según Brau, no se tratan. Se gestionan.

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Casi dos décadas en el vestuario del Barcelona y siete años como máximo responsable de tu área. Da para muchas confesiones y aún más anécdotas, pero una de las virtudes del fisio es la discreción...

Total. La relación que se tiene con el jugador es muy diferente a cualquier otra parte del club. Y si el jugador siente que le has traicionado —aunque no lo hayas hecho— estás muerto. El vestuario es muy corporativista: hay cosas que son códigos internos que no se pueden tocar. Si señalan a alguien de dentro, todo el vestuario se une. Lo he vivido.

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Un jugador lesionado es un jugador vulnerable.

Claro. El jugador lesionado está solo: puede que entrene aparte, que no pueda participar con el grupo, que vea el partido desde la grada. No sabe cuándo va a volver. Hay un cúmulo de cosas. Y además, cuando está lesionado, el resultado no depende de lo que él haga: depende de lo que tú le pongas. Por eso es tan vulnerable. Recuerdo cuando empezamos con los GPS: el jugador al principio no se lo quería poner, le parecía un estorbo. ¿Con quién empezamos a usarlo? Con el lesionado. Porque en ese estado acepta cualquier cosa que le pueda ayudar a volver antes. Tú eres su guía, su referencia.

¿Y esa confianza implica que te contaban cosas del vestuario que no deberías saber?

Sí, pero tienes que tener una ética y unos códigos. Puedes perder toda tu carrera si eres el que filtra: no te llaman de ningún otro vestuario. Y el corporativismo no es solo interno: si saltas al Valencia, alguien del Barça ya habrá hablado antes de llegar allí.

Has coincidido con entrenadores muy distintos. ¿Cuál recuerdas como más exigente en este tipo de decisiones médicas?

La verdad es que todos tuvieron mucha confianza en nosotros. Los siete últimos años en el Barça fui jefe del área médica del primer equipo y ningún entrenador cuestionó el trabajo desde un punto de vista de '¿qué pasa con este, por qué no está?'. Y sabes por qué: cuando estás en un equipo grande, nadie tiene que exigirte; te tienes que autoexigir. Yo era más exigente conmigo que los propios entrenadores.

Luis Enrique, por ejemplo, tiene fama de querer controlarlo todo.

Sí, eso es cierto. Él quiere estar encima de todo. Empecé con Rijkaard —que era un tipo que dejaba hacer— y luego Guardiola, que era igual: confianza máxima. No te exigía desde fuera; era más bien 'tenemos que tenerlo todo controlado', pero sin cuestionar el trabajo del área médica. 

¿Recuerdas algún jugador que estuviera especialmente encima de su recuperación, que quisiera saber exactamente qué estabas haciendo?

El jugador de ahora a veces se sube a la camilla con el móvil y se aísla, pero yo insistía mucho en explicarles: 'Hoy vamos a hacer esto; si no te da buenas sensaciones, dímelo y lo cambiamos.' 

Pero también hay momentos muy particulares. Te llega Leo (Messi) en el descanso, se sube a la camilla y te dice: 'Juanjo, tócame aquí, ¿qué ves?'. Y ahí es un sí o un no tuyo. Luego que decida él, pero tú tienes que ser honrado. Muchas veces le decía: 'Oye, si en una carrera o dos ves que esto te limita, pide el cambio'. Y otras veces: 'Estate tranquilo, que es del golpe que te han dado'. En la segunda parte estaba muerto de miedo, no te voy a engañar. Tener a Messi en la camilla en el descanso, ¡eso es presión! Es tener a todos los ojos del vestuario encima.

¿Y cuando le decías que no podía jugar y él sentía que sí?

Cuando un jugador de ese nivel te sube a la camilla ya sabe que si viene es porque algo le preocupa. Mi premisa siempre era: '¿Tú te ves para jugar o no?' Si dudas, ya decido yo en función de lo que veo. Pero si me dice 'no, tranquilo, estoy bien', ahí ya no había nada que hacer. La decisión final siempre es del jugador.

¿Y físicamente cómo era Leo para trabajar en la camilla?

De los jugadores más fuertes que he tenido en toda mi carrera. Tenía un tren inferior brutal. Lo podías ver lesionado, cojo, pero te plantaba el culo y no lo movías. Era impresionante la fuerza que tenía ahí.

Leo es de los jugadores más fuertes que he tenido en toda mi carrera

Quiero que me desmontes —o no— un mito: se dice de los futbolistas brasileños como Neymar o Ronaldinho, que tienen otro perfil, menos comprometidos con la recuperación. Lo del carnaval y las lesiones convenientes...

Te lo desmonto. Yo no viví eso en el club. Con el que más tiempo estuve fue con Ronaldinho, y le tengo un cariño enorme. Rony era un espectáculo, cambió la historia del Barça. Y la historia del propio club la terminó de cambiar Leo, que lo puso en el mundo. Con Neymar, sus preparadores privados —Ricardo y Rafa— son dos profesionales de primera y como personas igual. Todo lo que no hacía en el club lo hacía en casa, pero siempre coordinándonos perfectamente y buscando el mismo objetivo. El futbolista brasileño quiere jugar; su pasión es el fútbol y tienen que estar bien para ello. Sinceramente, no me encontré con ninguna situación que justificara ese tópico.

Ronaldinho era un espectáculo, cambió la historia del Barça. Luego Leo la terminó de cambiar poniéndolo en el mundo

¿En el fútbol de hoy, hay que prestar más atención a la recuperación que al entrenamiento?

Hoy en día si juegas cada semana dos partidos y no tienes tregua para nada. El entrenamiento en el fútbol moderno es para los que no juegan. No puedes mantener a un jugador en carga continua. Y lo que no te da el entrenamiento, aunque entrenes mil horas, es el estímulo de la competición. Por eso lo máximo que puedes hacer con el que no juega es darle aunque sea 20 minutos de competición real. Guardiola lo hacía brutalmente bien con las rotaciones, aunque él mismo decía que le daba dolor de cabeza decidir quién se quedaba en el banquillo.

¿Y el jugador 'limpio', sin ninguna molestia, existe?

Pocas veces. Lo que tienes que controlar es si esa molestia puede derivar en patología o en lesión. La herramienta es modular las cargas. Y hay una diferencia grande: al que no juega habitualmente es más fácil decirle 'para una semana'; al titular, con los partidos que se vienen encima y el miedo a perder la titularidad, convencer de que pare es mucho más difícil. Me he equivocado mucho más cuando he dicho sí que cuando he dicho no.

¿Has tenido previas de partido en que no hayas podido dormir por estas decisiones?

Sí. Y muchos partidos no los veía bien porque sabía que un jugador estaba bajo mínimos. Con Leo, tenerlo o no tenerlo podía significar el 70% de ganar o de perder. Pero no solo por lo que él hacía: por lo que generaba en los compañeros. Si Leo estaba tocado, el estado de ánimo del equipo bajaba. Y cuando salía al campo, aunque fuera al límite, todo el mundo creía.

Muchos partidos no los veía bien porque sabía que un jugador estaba bajo mínimos

¿El momento más duro que has vivido en un vestuario?

Con Víctor Valdés, cuando se rompió el cruzado. Se le fue todo: la Eurocopa, el fichaje por el Mónaco, y apenas quedaban dos partidos. Era un currante brutal, con una personalidad tremenda; para mí, el mejor portero de la historia del Barça. Le acompañé desde el campo hasta el vestuario, nos encerramos los dos en el box, y estuvimos mucho rato en silencio. Hablaba él y yo escuchaba. No sabía qué decirle para tranquilizarle; lo único que se me ocurrió fue estar a su lado. Me dijo: 'Juanjo, sabía que me pasaría algo así'. No como reproche, sino como presentimiento. Verle derrumbado, siendo alguien con esa personalidad tan fuerte, me impactó mucho. No era solo la lesión: era todo lo que se le venía encima.

Ver a Víctor Valdés derrumbado, siendo alguien con esa personalidad tan fuerte, me impactó mucho

¿Y el momento más feliz?

La Intercontinental que ganamos en Abu Dhabi con Leo. Vino de una lesión en el tobillo en el partido de Champions contra el Dinamo de Kiev, en diciembre, y a las dos semanas teníamos el Mundial de Clubes. Lo tuve entrenando yo solo —creo que hay imágenes en internet entrenando en la playa—. Salió la segunda parte, Pedro marcó de cabeza para llegar a la prórroga, y cuando llegó la prórroga Guardiola me preguntó qué hacíamos con Leo. Le dije: 'De aquí no lo sacas. Pregúntaselo a él'. Era la primera vez que el Barça podía ganar la Intercontinental; tenían todos los títulos menos ese. Y ganamos.

También el partido contra el PSG...

Exacto. Se lesionó en el partido de ida y no estaba del todo para la vuelta, pero cuando salió a calentar el estadio se fue abajo. Era el PSG de Unai Emery. Yo le dije: 'Leo, no estás para correrlas todas; corre la buena, la que tú veas que es la buena.' Y corrió la buena: le dio el pase a Neymar y marcamos el gol que nos metió en la remontada. Ese día yo estaba muerto de miedo, aunque ahora lo cuente con una sonrisa.

Con todo lo que has vivido, ¿has tenido que pedir permiso a alguno de los protagonistas para contar algo?

No. Son cosas mías. Además, no nombro a mucha gente; cuento casos que se pueden explicar sin identificar necesariamente a nadie.

El prólogo es muy emotivo. ¿Por qué escogiste a Puyol?

Tenía muy claro que el prólogo tenía que hacerlo él. Para mí es el símbolo del Barcelona. Cuando se lo pedí y lo leí, casi me caen las lágrimas. Él me dijo: 'He contado la verdad, lo que pienso y lo que siento'. Y hay algo que da mucho valor al libro: cuenta que yo llegué al primer equipo no porque lo dijera él, sino porque los propios jugadores lo pidieron. Cuando se rompieron los cuatro cruzados —Larsson, Motta, Edmilson y Gabri— los jugadores que yo había tenido en el Barça B dijeron que tenían que subir a Juanjo Brau. Se lo transmitieron a Puyol como capitán, y él lo trasladó. Yo he tenido dos orgullos en el Barça: que los jugadores me llevaran al primer equipo y que Leo me eligiera para acompañarle en sus inicios cuando aún no había ganado nada.

¿Te sientes partícipe de lo que ha sido Leo?

No. Lo único de lo que me puedo sentir orgulloso es de haberle acompañado cuando lo necesitaba. Si mi presencia a su lado le repercutió en algo positivo, me alegra. Pero atribuirme algo de él, no. Jamás. No es falsa modestia: es que delante de esa grandeza no cabe. Lo que sí puedo decir es que en esos inicios tuve la suerte de ser una persona de confianza para él, alguien a quien podía contarle las cosas con hermetismo absoluto. Y quizás, cuando estás creciendo de esa manera, tener a alguien así al lado es bueno. Pero nada más.