Herencias

Cambio generacional: así se convertirán los millenials y gen Z en los que más patrimonio heredarán

Las herencias deciden el futuro de las nuevas generaciones.. (Guetty)
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Los boomers en el centro de todo. La generación más numerosa de la historia de España, la que construyó la democracia, alimentó los sistemas de protección social, impulsó la economía acercándonos a los países más desarrollados de Europa y que ahora se jubila y pone en jaque los sistemas de pensiones, deja sobre la mesa su última carta: un patrimonio poderoso con algunas sombras detrás.

En España se está gestando una paradoja generacional: los hijos pueden acabar siendo, en promedio, más ricos que sus padres… y al mismo tiempo vivir en un país más desigual. La transferencia masiva de patrimonio que dejará la generación del baby boom amenaza con cambiar el “ganarás el pan con el sudor de tu frente” por el “heredarás el pan de tus padres y empezarás la vida con ventaja”. La herencia de los boomers puede llevarnos a un país donde las oportunidades dependan cada vez más de lo que se recibe, que de lo que se gana.

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La mayor transferencia de riqueza

El punto de partida es demográfico y patrimonial. En España, los ‘baby boomers’ —los nacidos entre 1955 y 1975— representan más del 30% de la población y son, también, el grupo que ha acumulado más riqueza a lo largo de su vida.

Su patrimonio se apoya, sobre todo, en ladrillo: vivienda en propiedad y activos inmobiliarios que se han revalorizado durante décadas. Ese efecto riqueza ha sido especialmente intenso en un país donde la vivienda pesa mucho en la cartera familiar y donde el valor de los inmuebles se ha disparado respecto a principios de siglo.

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“A los baby boomers y a las generaciones previas les tocó la lotería con la entrada en el euro, lo que indujo una fuerte caída de los tipos de interés y una revalorización histórica de la vivienda”, explica Daniel Manzano, socio de Analistas Financieros Internacionales (Afi) en el informe Finanzas de los hogares 2000- 2022Tres cuartas partes del patrimonio total de las familias españolas está constituido por vivienda, cuyo valor se ha triplicado en poco más de 20 años, de los dos billones de euros a más de seis billones.

El contraste con la trayectoria de sus hijos es llamativo. Los jóvenes (y no tan jóvenes) que hoy intentan emanciparse lo hacen en un mercado de vivienda mucho más hostil, con salarios más bajos y carreras laborales más discontinuas. Mientras que a finales de los años 80 bastaban menos de 3 años de sueldo íntegro para comprar una vivienda, ahora hacen falta 7,3 años.

Esa diferencia se refleja en la riqueza acumulada: según datos del Banco de España, la riqueza media de los menores de 35 años pasó de 108.000 euros a 68.000, un recorte del 40%. En cambio, los hogares con cabeza de familia de 55 a 65 años superan de largo la media patrimonial.

La consecuencia es que, para una parte creciente de esa cohorte, la herencia empieza a funcionar como “plan de vivienda”: no como el final lógico de una vida próspera, sino como el mecanismo que permitirá acceder —por fin— a propiedad, ahorro y estabilidad.

La desigualdad que viene

A primera vista, podría parecer que esta “gran sucesión” aliviará la brecha entre generaciones: si los hijos heredan viviendas y ahorros, su balance patrimonial mejorará. Pero ese argumento pasa por alto un matiz decisivo: no todos los ‘boomers’ son igual de ricos, ni todos los hijos heredan lo mismo.

De hecho, los análisis sobre riqueza apuntan a una estructura muy concentrada: en España, el 10% más rico reúne más del 56% de la riqueza, y el 1% concentra alrededor del 23%; el 50% de la parte baja se queda con menos del 7%.

Los datos refuerzan la idea de una economía donde la herencia desplaza al trabajo como motor de posición social. Casi el 70% de la desigualdad de la riqueza en España se explica por las herencias, y casi el 75% sumando la riqueza no financiera, como viviendas o terrenos según se explica en un informe de los economistas Pedro Salas-Rojo y Juan Gabriel Rodríguez. Eso agrava una movilidad social ya estancada y una desigualdad donde el 1% de los hogares más ricos ya tiene el 22% de la riqueza, de acuerdo con una encuesta de 2022 del Banco de España.

En la práctica, los recursos familiares transmiten riqueza de manera continua, desde el acceso a la educación, al mercado laboral y la capacidad de hacer inversiones, hasta recibir la herencia. A medida que la riqueza se concentra más en el 1% más rico, aumentan los mecanismos que permiten a este grupo asegurar las ventajas de sus hijos: mejor educación, acceso a oportunidades exclusivas y redes laborales cerradas.

Por el contrario, para las familias más desfavorecidas es un camino vital de desigualdades acumuladas. En este contexto, el ideal del ascensor social por méritos propios pierde fuerza y, con él, la promesa de que el esfuerzo personal pueda romper el techo de cristal de las desigualdades heredadas.

Hay herencias y herencias

La desigualdad no está solo en quién hereda, sino en cuánto. Según datos de la OCDE, la herencia media para el 20% más pobre ronda los 5.000 euros, mientras que para el 20% más rico supera los 300.000 euros.

Esa diferencia transforma la herencia en una palanca estructural: para unos será un colchón; para otros, un salto de clase (o la posibilidad de comprar vivienda sin décadas de ahorro). Y ahí aparece el riesgo principal: la transferencia masiva de patrimonio puede convertir a millennials y ‘centennials’ en las cohortes con más riqueza agregada, pero también ensanchar la desigualdad dentro de su propia generación.

Un estudio de la Fundación Afi Emilio Ontiveros estima que la generación milenial podría heredar de media 250.000 euros por persona entre 2042 y 2062, un 41% más que los baby boomers, debido a la fuerte reducción del número de herederos en relación con los donantes. Sin embargo, esa riqueza se concentrará en las capas mejor situadas, en contraste con los hogares con menos ingresos, en especial los de origen inmigrante. Por tanto, esta realidad no sólo acentúa la desigualdad intergeneracional, sino también las intrageneracionales, que continuarán expandiéndose y tendrán consecuencias sobre la siguiente generación.

Herederos viejos

Otro detalle relevante es el timing. Si la esperanza de vida sube, la herencia suele llegar cuando el heredero ya es mayor. El heredero medio podría situarse en torno a los 55-60 años, una edad en la que la herencia sirve menos para asumir riesgos (emprender, estudiar, cambiar de ciudad) y más para consolidar patrimonio.

Desde un punto de vista productivo, esa concentración de capital en edades avanzadas puede reducir dinamismo económico: la riqueza pasa, pero no necesariamente se convierte en inversión, innovación o movilidad social.

El debate fiscal

Ante ese horizonte, vuelve a escena una herramienta clásica: el impuesto de sucesiones. En los países de la OCDE que lo aplican, su peso recaudatorio es modesto —en torno al 0,6% de los ingresos fiscales totales—. En España, se sitúa alrededor del 0,7%, unos 3.500 millones de euros anuales, con grandes diferencias entre comunidades autónomas.

La discusión no es solo cuánto recauda, sino qué corrige: si el objetivo es frenar la desigualdad de origen, los expertos apuntan a que la fiscalidad ayuda, pero no cambia por sí sola la estructura de la riqueza. De ahí que aparezcan otras propuestas, desde revisar la tributación del capital hasta explorar ideas como una “herencia universal” pública que iguale oportunidades en el punto de partida.

El dilema de fondo

Lo que asoma tras los números es un dilema político y social: si el acceso a vivienda y seguridad económica depende cada vez más de la familia, el ascensor social se ralentiza. La “Gran Sucesión” puede aliviar la vida de muchos hogares, sí, pero también consolidar un país donde el destino económico se escribe cada vez más en el árbol genealógico.