La olla que eliges para cocinar también influye en la factura energética
La diferencia entre tener una olla bien elegida puede suponer una diferencia del 30 al 40% del consumo de energía asociado
Un pequeño ajuste en la vitrocerámica basta para reducir el consumo al cocinar cada día
La conversación sobre eficiencia energética doméstica suele girar en torno a puntos como el frigorífico, la lavadora, el aire acondicionado o el propio contrato eléctrico que tengamos contratado, pero raramente aborda uno de los factores que más impacto tiene sobre el consumo de cualquier cocina: la propia olla que se coloca sobre el fuego cada día.
La diferencia entre tener una olla bien elegida y otra escogida sin criterio operativo puede suponer una diferencia del 30 al 40% del consumo de energía asociado a la propia cocción. Si este error se mantiene invariable a lo largo de un año, cocinando tres comidas diarias, la diferencia puede alcanzar varios cientos de euros de gasto adicional que habría sido perfectamente evitable.
La campeona indiscutible del ahorro
El tipo de olla que elijamos importa. La olla a presión reduce los tiempos de cocción entre un 50% por ciento respecto a una olla convencional. La olla rápida acorta aún más los tiempos de cocción hasta un setenta por ciento respecto al tiempo normal de cocinado. La diferencia responde a los bares de presión distintos que cada categoría alcanza en su interior.
Al reducir el tiempo de cocción se reduce automáticamente el consumo de gas o de electricidad asociado a la operación, con el consiguiente ahorro directo en la factura. Fabricantes españoles del segmento como Magefesa y Monix reivindican ahorros energéticos que en algunas gamas específicas alcanzan hasta el 75% en placas de inducción.
Esa reducción no se produce solo en el consumo eléctrico. La olla a presión permite además cocinar con menos agua y sin necesidad de mantener el fuego alto durante toda la cocción, lo que en guisos, legumbres y carnes que tradicionalmente exigen dos o tres horas de fuego permite completar la operación en veinte o treinta minutos con el mismo resultado. Adquirir una olla a presión moderna representa una inversión inicial entre cincuenta y ciento cincuenta euros que se amortiza en los primeros meses de uso por el ahorro energético agregado.
El fondo importa más que el cuerpo
El segundo factor decisivo es el material específico de la olla y, sobre todo, la calidad concreta del fondo. Los mejores conductores térmicos disponibles en el mercado doméstico son el cobre, el hierro fundido y el acero inoxidable, cada uno con propiedades específicas.
El cobre ofrece la mejor conductividad pero resulta caro, exige mantenimiento continuo y no siempre encaja con las placas de inducción modernas. El hierro fundido distribuye el calor de forma extraordinariamente uniforme, mantiene la temperatura durante largo tiempo tras retirarlo del fuego y funciona con cualquier tipo de cocina, pero pesa considerablemente más que otras opciones y exige curado periódico. El acero inoxidable combina durabilidad, resistencia a la corrosión, compatibilidad con placas de inducción cuando incorpora núcleo ferromagnético y buena distribución del calor cuando el fondo dispone de varias capas termodifusoras.
El grosor y lo plano del fondo son quizás las variables más determinantes. Una base demasiado delgada calienta rápido pero genera puntos calientes localizados que obligan a subir el fuego para compensar. Una base gruesa y plana distribuye uniformemente el calor recibido, aprovecha mejor la energía suministrada y reduce el tiempo total de cocción. En placas de inducción, además, que el fondo sea plano es imprescindible para el correcto funcionamiento del campo electromagnético, ya que una base ligeramente cóncava o deformada reduce mucho la eficiencia de la transferencia térmica.
A la hora de elegir una olla en función de su eficiencia hay que fijarse en varios aspectos muy concretos:
- Un tamaño de olla igual al tamaño del fuego, la resistencia o la bobina: una olla más pequeña que el fuego desperdicia parte del calor generado en el aire circundante. Una olla más grande que el fuego recibe calor solo en la zona central y calienta con dificultad los bordes, alargando el tiempo total.
- Usar siempre tapa: mantener la tapa puesta durante la cocción retiene el calor en el interior del recipiente, minimiza la pérdida de vapor, permite cocinar a temperaturas más bajas y reduce sensiblemente el tiempo total. La diferencia energética entre cocinar con o sin tapa puede alcanzar el 20 y 30% del consumo energético.
- Aprovechar el calor residual: apagar la cocina unos minutos antes de completar la cocción permite terminar de cocinar con el calor almacenado en la propia olla y en la propia placa, sin consumir energía adicional.
Compatibilidad con cada tipo de cocina
Las placas de inducción presentan una particularidad decisiva que la mayoría de propietarios españoles ha experimentado alguna vez al cambiar de cocina, ya que solo funcionan con recipientes ferromagnéticos. El acero inoxidable con núcleo específico, el hierro fundido y el acero esmaltado sí funcionan. Sin embargo, el aluminio puro, el cobre y algunos aceros inoxidables sin núcleo ferromagnético no. Para saber si tus ollas caen de un lado o del otro de la balanza, basta con acercar un imán a la base de la olla. Si se queda pegado, la olla es apta para inducción. Si no se agarra, deberá sustituirse con el cambio de placa.