Un pequeño ajuste en la vitrocerámica basta para reducir el consumo al cocinar cada día
Apagar la vitrocerámica cinco o diez minutos antes de que la comida esté terminada reduce el consumo eléctrico sin que el resultado cambie
Realizar una serie de pequeños cambios en la cocina puede reducir el consumo energético durante todo el año
Apagar la vitrocerámica cinco o diez minutos antes de que la comida esté terminada reduce el consumo eléctrico del cocinado sin que el resultado del plato cambie. El truco no forma parte de la superstición, ni es un consejo genérico. Está respaldado por las recomendaciones oficiales del IDAE y por las fichas técnicas de los principales fabricantes españoles. Y su rendimiento es sensiblemente mayor de lo que se podría creer..
La razón está en la física de la propia vitrocerámica. A diferencia de las placas de inducción, que se enfrían al instante en el momento en que se apagan porque calientan directamente el metal del recipiente por electromagnetismo, la vitrocerámica tradicional funciona por radiación infrarroja emitida desde una resistencia interna. Esa resistencia acumula calor durante toda la sesión de cocinado, y ese calor no desaparece cuando el usuario pulsa el botón de apagado. Persiste durante varios minutos, atraviesa la placa cerámica y sigue transmitiéndose al recipiente que reposa sobre ella. La energía consumida en el último tramo de la cocción, por tanto, es dinero pagado por una tarea que la placa ya podía completar por su cuenta.
El experimento más citado es un ensayo de Nergiza que midió el calentamiento de dos litros de agua en una vitrocerámica convencional con un límite de cien vatios hora. La placa alcanzó cuarenta y dos grados y medio en seis minutos, momento en que se agotaron los cien vatios hora asignados y se apagó. La temperatura del líquido, sin embargo, siguió subiendo durante ocho minutos adicionales hasta los cincuenta y un grados por efecto exclusivo del calor residual. Es decir, el aparato pasó de un rendimiento del 48,8% al 68,5% cuando ese calor se dejaba trabajar. Un incremento de casi veinte puntos porcentuales de eficiencia con un gesto que no cuesta nada.
La recomendación depende del tipo de receta. El tiempo aprovechable varía en función de distintos factores entre los 2 y los diez minutos, según el volumen de líquido en el recipiente y la naturaleza del alimento. Un guiso con abundante agua o una sopa retienen el calor mucho tiempo y admiten apagados anticipados generosos. Un salteado con poco aceite o un huevo frito, en cambio, no. Por tanto, no existe una fórmula mágica, sino que debemos experimentar y comprobar por nosotros mismos en función de nuestros platos.
Existe, sin embargo, una excepción tajante. Los aparatos de inducción no admiten este ahorro. Su tecnología los enfría al instante. La confusión entre ambas tecnologías es más frecuente de lo que parece, sobre todo desde que muchas cocinas modernas incorporan superficies visualmente idénticas a la vitrocerámica pero funcionalmente distintas.
Otros gestos para aprovechar el truco
Al ajuste principal se le pueden añadir otros dos gestos que multiplican su efecto. El primero es la tapa. Cocinar con la olla o la sartén tapada, salvo en los procesos que exigen evaporación deliberada, reduce el consumo hasta un quince por ciento según el fabricante Brandt, y hasta un veinticinco por ciento según las estimaciones, con dos efectos añadidos: el agua alcanza antes el punto de ebullición y la temperatura interior se mantiene más estable, lo que permite reducir la potencia seleccionada en la placa durante la mayor parte del cocinado.
El segundo es la correspondencia entre el diámetro del recipiente y el de la zona de calor. Una olla con la base más pequeña que el círculo de la placa desperdicia el calor emitido en la corona exterior, que se disipa al ambiente sin llegar al alimento. El IDAE recomienda que el diámetro del fondo del recipiente coincida con el de la zona de cocción o sea ligeramente superior.
A estos gestos conviene sumar dos rutinas de mantenimiento que también afectan al consumo. Mantener la superficie de la placa limpia, sin restos de comida quemada que actúen como aislante térmico y desperdicien parte de la energía emitida. Y comprobar de vez en cuando que el fondo de las sartenes y ollas más usadas se mantiene plano y en contacto perfecto con la placa: un fondo ligeramente abombado por desgaste —muy común en menajes antiguos— pierde el contacto directo con la superficie caliente y obliga al aparato a trabajar durante más tiempo para lograr el mismo resultado.
Nada de todo esto exige un desembolso, pero la rentabilidad del conjunto, sin embargo, es medible desde la primera semana. En un hogar que cocina a diario, apagar cinco o diez minutos antes, cocinar con tapa cuando sea posible y utilizar recipientes con el diámetro adecuado reduce el consumo de la placa entre un quince y un veinticinco por ciento a lo largo del mes. Traducido a la factura, son entre unos cuantos euros y una decena al mes, según la intensidad del uso. Traducido a la ergonomía culinaria, ninguno de los platos sale peor: en la mayoría de los casos, salen exactamente igual. Solo cambia el momento en que la cocinera o el cocinero pulsan un botón.