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Lorena Cos, psicóloga deportiva, sobre cómo enseñar a perder: “Celebramos solo cuando ganan y ahí empieza el problema”

Un padre y su hijo, juntos y sonrientes después de un partido. LA
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Llega el fin de semana. Partido de tu hijo mayor el sábado por la mañana. Ni él ni tú os lo queréis perder. El turno del pequeño será unas horas después. Tampoco faltaréis. Tu objetivo, que se diviertan, que disfruten del deporte en equipo, que hagan amigos, que hagan ejercicio al aire libre y que se desarrollen aún más como personas. El suyo… Tú tratas de que sea todo eso y más, pero ellos no pueden evitar querer ganar sí o sí. 

Perola derrota está mucho más presente en nuestras vidas de lo que parece y hay que saber gestionarla porque, no nos engañemos, a nadie le gusta perder. La derrota pasa de puntillas por los vestuarios, se cuela en el coche de vuelta a casa y se instala —sin pedir permiso— en el sofá del salón. Es en ese momento cuando empieza otro partido, el que se juega fuera del campo.

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Lorena Cos, psicóloga, lo tiene claro: “No nos enseñan a perder, no nos enseñan a tener dolor; nos enseñan a callar”. Su libro, Perder también es de campeones, no pretende ser una arenga motivacional para entrenadores, padres y adolescentes, sino un “golpecito encima de la mesa para contar lo que suele quedarse en silencio”. Porque, dice, “no estamos acostumbrados a escuchar ni a leer todas las historias de derrotas, de pérdidas, de soledad, de silencios, de sufrimiento, de incomodidad que llevan todas las historias de éxito en el deporte”.

No estamos acostumbrados a escuchar ni a leer todas las historias de derrotas, de pérdidas, de soledad, de sufrimiento, que llevan todas las historias de éxito en el deporte

“Hay una base de cómo nos educa la sociedad actual, preparándonos para alcanzar el éxito, para ser el mejor médico, el mejor futbolista, el mejor periodista, pero se habla poco del coste, de los días malos, de lo que se rompe por el camino. Nadie quiere fracasar, nadie quiere perder”, insiste, y por eso el título de su libro funciona como provocación suave: Perder también es de campeones. No para romantizar la derrota, sino para ponerla en su sitio.

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Cos lo explica con una idea que atraviesa toda la entrevista: la conversación pública está descompensada. “Si te das cuenta, abrimos el periódico, abrimos una revista, abrimos los medios de comunicación… la mayoría de historias que nos cuentan son solo las de la cima. Aquí es así”. La cima, el paisaje bonito, la sonrisa. Y, como mucho, “se va metiendo un poco más el llanto” porque “está cambiando” la manera de contar en redes. Pero incluso ese llanto a veces se maquilla, se tapa o se justifica: “Tenemos historias de un deportista que lo está pasando mal y dicen que tiene una gastroenteritis porque hay una tendencia a evitar el dolor”.

Para explicar la situación actual, Lorena es capaz de retroceder hasta los orígenes, hasta nuestra etapa de bebés: “Cuando somos pequeños y nos caemos, lo primero que hace nuestro entorno es decirnos que no lloremos, que no pasa nada. Pero ese niño se ha hecho daño, tiene una herida, tiene que llorar”, comenta.

Esa frase —“tiene que llorar”— es la base de una educación emocional normalizada que deja huérfana a la derrota. “Esa batalla es la que nos vulnerabiliza frente a la derrota y de alguna manera también nos enseña a ocultarla o a callar cuando sucede”. 

“A mi juicio, el mayor error es evitarles la incomodidad, evitarles el sufrir, el dolor… esa incomodidad es crecimiento”, apunta Cos, que también puntualiza: “Por supuesto que no se trata de romantizar el daño físico. Si hay un dolor físico, médico, ahí vamos corriendo al hospital”.

El mayor error es evitarles la incomodidad, evitarles el sufrir, el dolor… esa incomodidad es crecimiento

Pero no estamos hablando de un esguince o de un mal golpe. Estamos hablando del dolor por la derrota: “La incomodidad es la señal de que estamos en expansión. Nadie crece desde el confort absoluto. Nadie crece desde las zapatillas de estar en casa y su manta amorosa… el crecimiento viene desde el barro. Desde el momento que aparece la incomodidad queremos que desaparezca. Y no: hay que darle espacio, hay que mirarla”.

En el deporte adolescente, el pospartido es un escenario sensible. Si hay victoria, todo fluye. Si hay derrota, caras largas. Y ahí entra el padre o la madre con la frase que cree responsable, pero que a veces solo mete más presión. Cos lo describe con precisión: “Hay familias que entienden la presencia como preguntas que suenan a evaluación: ‘¿Qué ha pasado? ¿Por qué no te ha pasado el balón? ¿Y el entrenador?’”.

Para ella, el problema no es hablar, sino cuándo y desde dónde. “Cuando salimos de un partido, el niño está activado, haya ganado o haya perdido, emocionalmente y a nivel físico. Nadie toma reflexiones desde la agitación. Primero hay que bajar pulsaciones. Necesitamos dar espacio para que la emoción se vuelva a regular y desde la regulación poder sacar un aprendizaje”, explica.

Cuando salimos de un partido, el niño está activado, haya ganado o haya perdido, emocionalmente y a nivel físico. Nadie toma reflexiones desde la agitación. Primero hay que bajar pulsaciones

Por eso recomienda algo concreto, casi un guion: “Después de los partidos, espacio. ‘Estoy aquí, ¿necesitas algo? ¿Hay algo que quieras hablar conmigo?’”. Y añade una idea que muchos entrenadores y padres agradecerían tener escrita en la puerta del vestuario: “En ese momento ni para reforzar cosas buenas porque haya ido bien, ni para sacar conclusiones porque haya ido mal. No es el momento”.

Y luego está el cambio de preguntas. Cuando celebramos solo el resultado, el adolescente aprende rápido cuál es la moneda de cariño. Cos lo plantea sin rodeos: “Si haces una celebración especial porque se ha ganado, está claro que estamos reforzando el resultado”. Por eso ella propone girar la conversación: no “quién ha marcado” sino “qué has podido poner en práctica esta semana”, “dónde te has visto más atento”, “con qué te has divertido más”. La primera pregunta “está asociada al resultado”, la segunda “a su bienestar emocional” y a “su desarrollo como humano y como deportista”.

“Acompañar no es exigir”: el amor no puede depender del marcador

Cos insiste en una idea que parece obvia… hasta que te ves en la grada: “Lo ideal sería mantenernos en un equilibrio: que mi amor por mi hijo o mi respuesta emocional hacia mi hijo no dependa de un resultado favorable o desfavorable”.

Y aquí asoma una de las grandes confusiones de la crianza deportiva: creer que “acompañar” es corregir. Y menos, en caliente. Ella lo redefine: “El papel del padre es acompañar y acompañar no es exigir, no es presionar, no es preguntar. Es simplemente: ‘Estoy aquí. Lo que necesites, cuenta conmigo. Y te quiero por encima de lo que haya pasado’”.

Lorena, no obstante, también se pone del otro lado: “Los hijos siempre queremos agradar a los padres cuando somos pequeños y, cuando somos más mayores, queremos devolverles el esfuerzo que hacen por nosotros”. Con esa base, es fácil que el deporte deje de ser disfrute para convertirse en examen permanente.

Con este escenario tan reconocible en tantas casas, preguntamos a la experta por las señales que nos hagan sospechar que existe una presión excesiva (sea voluntaria o inconsciente. Cos no se va a lo espectacular. Se va a lo que se instala sin ruido: “Un exceso de silencio es una señal clara de que algo no va bien. Cuando hay mucho silencio, cuando hay un niño que habla poco, es habitual que se esté escondiendo algo, alguna vulnerabilidad”.

Un exceso de silencio es una señal clara de que algo no va bien

La presión, en cualquier caso, no llega sólo desde la parte lúdica del deporte. También puede aparecer por la académica y, claro, tocar aunque sea de rebote al deporte. “En muchas casas, cuando las notas no son buenas se castiga con el deporte. Cuando un castigo se lleva a cabo solamente para incomodar o para ridiculizar, no estamos castigando, estamos humillando. Prohibir entrenar por suspender no tiene sentido. ¿Qué quieres conseguir? ¿Va a estudiar más por no llevarlo a entrenar?… Igual hace lo mismo o peor. Pero lo más relevante es lo que se enseña: que el compromiso con el equipo se rompe cada vez que una madre o un padre decide que su hijo no va a entrenar”, explica.

Pero no podemos charlar con una experta psicóloga y quedarnos sólo en el 50% de las posibilidades. También existe la opción de ganar. Cos también nos alerta de los riesgos de la victoria. No quiere bajar el soufflé, pero sí ayudarnos a disfrutar de él lo más posible. Ella desmonta la fantasía de que ganar lo arregla todo. “Hay muchos casos de deportistas que han ‘muerto de éxito’ y no han sabido gestionar estar en el punto de mira. También hay otros, los campeones que ganan con recurrencia, que se aburren de ganar”.

Aburrirse de ganar. Parece poco probable. Inexplicable. “Cuando siempre estás en la foto, cuando siempre ganas la copa, ese estado de motivación ya no tiene el mismo efecto en tu cuerpo. Pero hay algo más. Lo peor del éxito es no saber cómo lo has alcanzado. Estoy ganando, pero no sé decirte por qué estoy ganando… y cuando deje de ganar no voy a saber reestructurar mi plan”, analiza Cos.

Pequeñas victorias, gran blindaje emocional

Así las cosas, en un mundo que casi exclusivamente aplaude el título, Cos reivindica lo pequeño. “Es importante celebrar lo pequeñito, esa construcción de confianza, de fortaleza. La confianza no nace el día que levantas un trofeo, sino el día que reconoces que has hecho un buen entrenamiento, que has sido constante, que has mejorado un detalle. Eso nos fortalece y luego podemos mirar con más firmeza la derrota precisamente por esa construcción”.

Antes de finalizar, pedimos a Lorena que nos eche un cable con alguna rutina que nos pueda ayudar para gestionar las derrotas. Tanto para los pequeños de la casa, como para los mayores, que en ocasiones las llevan incluso peor. Cos propone un ejercicio simple: “Todos los días o al menos una vez por semana, compartir en familia algo en lo que nos hayamos equivocado y el aprendizaje que nos ha generado. Esto lo deben hacer tanto los hijos como los padres. Para naturalizar la derrota hay que exponerla. No solo las derrotas de nuestros hijos: las derrotas de los adultos”.

En el fondo, Perder también es de campeones va de eso: de poner voz a lo que se calla, de sostener lo incómodo sin convertirlo en vergüenza, de aprender a seguir con determinación después de caer.