El fin de la anticipación, la sobreestimulación y la ruptura de rutinas pueden provocar un desbordamiento emocional
¿Qué pedían los niños en Reyes en las diferentes épocas?
Cada año, tras una ajetreada mañana de Reyes atiborrada de regalos y emociones, muchas familias terminan desconcertadas ante el comportamiento de los hijos el día después. No es raro tener que aguantar rabietas, irritabilidad, malas caras o apatía por su parte. Pero, aunque pueda parecer contradictorio, la psicología infantil ofrece explicaciones sólidas para estas reacciones.

Ante todo, conviene aclarar que estas actitudes no indican falta de educación ni ingratitud, sino una dificultad puntual para adaptarse al cierre de un periodo marcado por una alta intensidad emocional y cambios de hábitos o rutinas.
Durante las semanas previas a Reyes se genera un clima de expectación que altera las rutinas habituales y expone a los niños a un mayor número de estímulos y cambios contextuales: horarios irregulares, menos sueño, comidas diferentes y mayor actividad social. Y cuando se acumulan tantos estímulos a la vez, el resultado puede ser, paradójicamente, desbordamiento emocional. Cuando ese periodo se cierra de forma abrupta y se recupera la normalidad, algunos niños necesitan un tiempo para reajustarse emocionalmente.
“En la infancia, la anticipación tiene un peso relevante. Cuando desaparece de golpe, puede aparecer un descenso del estado de ánimo que se manifiesta en forma de irritabilidad o menor tolerancia a la frustración. Si además existe cansancio acumulado o falta de descanso, la regulación emocional resulta más compleja”, explica Jorge Buenavida, psicólogo de Blua de Sanitas.
Síndrome del 'niño hiperregalado'
Por otra parte, aunque no es un diagnóstico clínico oficial, el llamado síndrome del 'niño hiperregalado' se utiliza en psicología para describir un conjunto de reacciones observadas cuando los niños reciben demasiados regalos en un corto periodo de tiempo y pasan rápidamente de uno a otro. Psicólogos infantiles señalan que esta sobreabundancia puede provocar dificultades para concentrarse y disfrutar del juego, menor valoración emocional de cada regalo, aburrimiento rápido y frustración.
“Cuando el nivel de activación es elevado, cualquier límite se vive con mayor intensidad. Por ese motivo, resulta útil anticipar los cambios, acordar tiempos de juego y proponer alternativas más tranquilas cuando aparecen señales de cansancio”, añade Jorge Buenavida.
“Priorizar menos regalos y acompañarlos de tiempo compartido favorece una experiencia más rica desde el punto de vista emocional, ya que el valor del juguete no reside solo en el objeto, sino en la interacción durante el juego”, añade.
Expectativas vs. realidad
Otro factor clave es la disonancia entre expectativas y realidad. Durante semanas, los niños imaginan cómo será el día de Reyes y qué recibirán. Si un regalo concreto no llega, o no es exactamente como esperaban, la decepción puede ser intensa. La frustración ante recompensas esperadas pero no obtenidas es un potente desencadenante de reacciones emocionales intensas en la infancia, según se apunta en este artículo de 'Live Science'.
Por otra parte, la vuelta al colegio y a las obligaciones habituales puede percibirse como una pérdida. Además, el estrés parental durante estas fechas también influye. Estudios sobre dinámica familiar indican que los niños son especialmente sensibles al clima emocional de los adultos, y el cansancio o la tensión de los padres puede amplificar las reacciones infantiles.
Qué pueden hacer los padres
¿Qué podemos hacer los padres al respecto? En la mayoría de los casos, este proceso de ajuste se resuelve en pocos días, aunque hay que estar atento si el malestar se prolonga, afecta al sueño, interfiere en la vida escolar o se acompaña de ansiedad intensa. En estas situaciones, una valoración profesional, presencial o mediante videoconsulta, permite orientar a la familia y descartar otros factores.
Los expertos de Sanitas recomiendan algunas pautas sencillas para acompañar a los niños en estos días:
- Recuperar de forma progresiva los horarios habituales de sueño y comidas.
- Incorporar momentos diarios de calma, con actividades tranquilas y sin pantallas.
- Acordar tiempos de juego claros y avisar con antelación antes de finalizar cada actividad, incluso estableciendo horarios.
- Validar la emoción sin recurrir a castigos y ayudar al niño a poner nombre a lo que siente.
- Priorizar espacios de atención compartida que refuercen el vínculo y el aprendizaje emocional.
- Mantener expectativas ajustadas en los días posteriores, sin exigir una adaptación inmediata.
- Transmitir seguridad a través de la presencia adulta, con mensajes breves y coherentes.
- Acompañar el juego para reforzar valores como el cuidado del material, el compartir y el agradecimiento para integrar estos aprendizajes de forma natural en la experiencia diaria.


