Deporte

Ventura, el entrenador personal de tres generaciones de directivos: “Aquí se viene a desconectar, el teléfono está prohibido”

Ventura e Ino, responsables de END. (Uppers)
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En Valencia hay un lugar donde el entrenamiento no empieza con una mancuerna, sino con una pregunta. Ventura Gómez, el máximo responsable e ideólogo de END (Entrenamiento, Nutrición y Descanso), lo llama escuchar. Y no lo dice como frase bonita de cartel motivacional: lo dice porque, si no, no funciona. “La motivación se encuentra escuchando”, repite. La clientela llega a su centro con agendas llenas y con un estrés reflejado en que el teléfono es la prolongación de su mano. 

Algunos de los directivos más importantes de la ciudad pasan por allí varias veces por semana. Y en más de un caso, ya no sólo ellos o ellas, sino también sus familias. El mejor ejemplo es la familia Duart. Tres generaciones entrenando a la vez. Abuelo -Enrique Duart Peris-, hijas -Mónica y María José Duart- y nietos -Valeria Mocholí Duart y Álvaro Mocholí Duart-. 

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Un pequeño retrato del país dentro de una sala de entrenamiento. Cada uno con sus circunstancias, con sus necesidades, pero todos conscientes de que el movimiento es clave en sus vidas.

A Ventura, que dio forma a la idea de END junto a su hermano y socio Inocencio, ex jugador de Levante, Alavés o Elche, le gusta contarlo sin adornos, como vive cada uno ese momento en el que busca su mejor versión física: “Cuando entra un cliente me pongo en su lugar. Veo qué es lo que le gusta, qué necesita, qué le apasiona, qué le hace sentir esa chispa que perdemos a la larga”. 

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De este modo busca el método para que el entrenamiento no sea una condena sino una herramienta tengas la edad que tengas. Y así, una familia entera, como los Duart, han decidido convertirlo en rutina compartida. Mónica, una de sus miembros, tiene muy claro los beneficios del entrenamiento para todos ellos: "Es lo mejor porque no sólo incide en nuestro aspecto físico sino también en nuestra salud y capacidad mental".

Cuando entra un cliente me pongo en su lugar. Veo qué es lo que le gusta, qué necesita

Ventura no habla de “machacarse”. Al contrario: su primer “no” suele ir dirigido a la cultura del exceso. “Aquí más no es mejor. Aquí tenemos que hacer lo concreto y a ciertas edades buscamos más calidad que cantidad”, confiesa. Lo cuenta desde la experiencia y desde un método en el que todo queda registrado: “Lo llevamos todo parametrizado. Medimos todo: la carga total de entrenamiento, la máxima, la adaptativa, la recuperable. Hacemos un testeo de cómo estás, vemos cómo vas y cómo avanzas y qué te hace falta en cada momento”, explica.

Pero esto no sólo debe suceder el primer día sino todos. Por eso explica una escena que cualquier entrenador de verdad debería reconocer a la primera: “Cada día es diferente y hay que estar alertas para adaptar el trabajo. Tienes que ser capaz de fijarte en las ojeras, en la respiración alta… Eso nos puede llevar a medir la tensión, a charlar sobre el descanso… y a que el entrenamiento no va a adaptar a la musculación ese día, va a ayudar su descanso. La razón es simple: no sumar gasolina al fuego porque si yo le añado un entrenamiento de carga cuando viene fundido, no va a dormir, no va a regenerar”.

Po ahí también encuentra los beneficios Mónica: "El entrenamiento influye muy directamente en mi nivel de estrés y mi capacidad de concentración. Yo me noto más cansada y con menos foco cuando falto algunos días a END. A mis hijos también les pasa", explica.

Cada día es diferente y hay que estar alertas para adaptar el trabajo. Tienes que ser capaz de fijarte en las ojeras, en la respiración alta…

El objetivo es encontrar el punto exacto. Sin quedarse corto, sin pasarse. Esto explica bien la diferencia entre entrenar y entrenar con cabeza. Define también por qué alguien puede sostenerlo durante años: “Tenemos gente que lleva 12 años con nosotros. Eso es altamente improbable en este mundillo”. Y ahí aparece otra pista: él no vende una rutina sino un marco donde la gente aprende a entrenar, se entiende a sí misma y se regula. “Es un elemento consciente. Es una mezcla entre entrenar y aprender a entrenar”, apunta Ventura.

En la sala de END se escucha música tranquila, con volumen lineal y sin estridencias. Allí, por supuesto, están prohibidos los móviles. “Hay personas a las que tienes que quitarle el teléfono al entrenar en sala. Está prohibido. Yo les pongo unas normas y ellos tienen que cumplirlas. Hay gente que solo está acostumbrada a poner normas y no a acatarlas, pero aquí no les queda otra”, zanja. 

Hay quien no cede

“Al principio cuesta, porque es gente que no cede. Hay quien me ha pedido mantener reuniones durante el entrenamiento y, por supuesto, les he dicho que no”, añade. Y, aun así, se puede llegar a un acuerdo. Se negocia, se entiende el contexto y se pone un límite. “Si tienen una llamada importante, la hacen y después entrenamos. No hay problema. La clave es que haya un trabajo consciente. La hora de entrenamiento la aprovechan como si fuera una catarsis. Les hago un paréntesis grande. Aquí vienen a desconectar, a entrenar, a conectar consigo mismos. Desconectar para conectar con uno mismo”, explica.

Ese tipo de cliente le interesa especialmente: el que parece que no tiene hueco para nada y, sin embargo, necesita justo eso, parar: “Estamos hablando de personas acostumbradas a llevar a cabo reuniones potentes, con gente potente, pero ellos cuando ven el beneficio de levantarse, tener más energía o dormir mejor se dan cuenta de que necesitan entrenar también para rendir mejor ahí”, asegura. 

Así ha conseguido cambios de hábitos en ocasiones impensables. “Gente que antes no hacía nada, o prácticamente nada, se va a viajar fuera, tiene la agenda repleta de reuniones, y lo primero que hace es levantarse y entrenar en el gimnasio del hotel”, narra.

La idea, por si alguien no lo ha percibido aún, no es “quemar calorías” como castigo, sino poner a punto la maquinaria de la que disponemos estemos en la etapa vital que estemos. “No siempre es necesario quemar calorías, sino que hay que buscar el ejercicio exacto para que muscularmente estemos sanos. Nosotros lo que buscamos es activación, estimulación. Lo que hay que desmontar aquí es que más no es mejor. No tienes por qué tener unas agujetas brutales, no tienes por qué ir al fallo siempre, no tienes por qué salir destrozado”, apunta Ventura. Y lo justifica con una observación que, en su boca, suena casi escandalosa: la gente puede gastar más energía sentada que entrenando. 

No siempre es necesario quemar calorías, sino que hay que buscar el ejercicio exacto para que muscularmente estemos sanos

“Hay personas cuyas calorimetrías dictaminan que consumen más gasto energético a nivel de trabajo cognitivo que en un entrenamiento”, dice. Como muestra, un botón: “Hay clientes que en cuanto piensan en su negocio y leen cuatro correos, se les dispara el consumo calórico de un modo brutal. Les suben las pulsaciones y se dispara todo”.

Por eso Ventura defiende que el entrenamiento sirve, también, para estar sentado y con foco. “Es complicado entender que estando sentado en una silla con otras personas vas a rendir mejor por haber entrenado”, justifica. Pero ahí está el punto, ya que el cuerpo aprende entrenando a tolerar tensión: “Lo que vamos a buscar es que en situaciones extremas así tu cuerpo ya esté adaptado, sea más tolerante. Después de ejercitarte, en una reunión puedes ser más consciente y ser capaz de dar una contestación más adecuada”.

Pero dejemos a un lado lo genérico y recuperemos el caso de la familia Duart. Ellos resumen en tres generaciones de entrenamiento consciente todos los perfiles y trabajos que son necesarios a lo largo de las décadas.

Distintos perfiles, distintos objetivos

Enrique —“el fundador y todo”— entra con un perfil reconocible: liderazgo con desgaste físico. Ventura le ‘diagnostica’ con precisión quirúrgica: “Le vi una carencia de equilibrio, que iba hacia una falta de movilidad, así que le adapté todo para que él se sienta útil y vivo”. No habla de marcar abdominales, habla de sentirse vivo. 

La hija, en cambio, llega con otro reto: el cuerpo en transición y Ventura no romantiza: nombra la biología como parte del plan: “Está en una etapa de menopausia y le hago otro tipo de entrenamiento. Cada persona es un mundo así que le hacemos unos piquitos de un HIIT, activarla otra vez… que las catecolaminas se disparen un puntito”.

Valeria, la nieta, que entrena junto a su hermano, llega con otro objetivo. No es mejor ni peor; es diferente: “Está buscando un trabajo de pierna, un trabajo de glúteos, sentirse bien, bajar un poquito de peso y notarse bien”, resume. 

Lo importante es lo que viene después: “Ahí tienes la diferencia: tienes tres conceptos de entrenamiento diferentes, tres planes distintos, tres conversaciones distintas, tres edades, tres puntos vitales, tres energías”.

1% al día

Y, aun así, un hilo que une a toda la familia. “Todos sienten que es importante entrenar, tienen un trabajo adaptado y una alimentación ajustada a cada uno. Yo no quiero que mejoren un 100 día a día, yo quiero el 1% al día”, comenta Ventura.

“Si el entrenamiento se convierte en castigo, cada generación lo abandona por un motivo diferente. El abuelo por dolor, la madre por agotamiento, la nieta por aburrimiento”, añade para también matizar: “Cuando hacemos una cosa en un tiempo prolongado, muy repetitivo es como comer arroz todos los días. En el primer mes está bien, pero luego…”.

Por eso en END buscan también ir de la mano de los médicos que tratan o conocen el historial de cada cliente. “Voy siempre en relación con sus médicos, les pido una anamnesis… Yo lo estudio todo”, asegura. La frase importa porque la familia de tres generaciones no llega con un único historial: llega con tres: “Esto no es sota, caballo y rey”, resume.

La historia de tres generaciones entrenando juntas no es solo una anécdota bonita; es una prueba de concepto. Si el abuelo se siente útil y vivo, si la hija atraviesa su etapa sin pelearse con el cuerpo, si la nieta se mira con ganas en el espejo y no con culpa, el entrenamiento ha cumplido su misión.