El dilema del viejo rockero: lucir con orgullo las canas o teñirse para el show
Los grandes nombres del rock clásico se debaten entre la aceptación natural del paso tiempo y la conservación de su imagen más icónica
Bon Jovi, sobre cómo un rockero lidia con sus canas y las arrugas: "Odiaba teñirme el pelo"
Durante décadas, el imaginario del rock estuvo asociado al exceso, el peligro o la ruptura con todo lo anterior. No formaba parte del plan que la generación que lo fundó y lo alimentó fuese a envejecer en público. 'I hope I die before I get old', bramaba Roger Daltrey, de The Who, en 'My Generation'. Sin embargo, más de medio siglo después, muchos de sus protagonistas siguen vivos, activos y visibles. ¿Y cómo envejece una cultura originalmente diseñada para la juventud permanente?
La respuesta no es homogénea. Los grandes iconos del rock se dividen entre quienes se dejan las canas y asumen el paso del tiempo como parte de su verdad artística y quienes deciden conservar su imagen icónica como un elemento inseparable de su obra. Ninguna de las dos posturas es trivial. Ambas revelan tensiones generacionales profundas, formas distintas de entender la identidad, el legado y la relación con el público.
Los grandes nombres del rock clásico pertenecen mayoritariamente a la generación del baby boom. Crecieron en un contexto de expansión económica, ruptura cultural y redefinición de identidades. El rock fue, para ellos, una herramienta de emancipación frente a los valores rígidos de sus padres. Paradójicamente, hoy esa misma generación se enfrenta al desafío de aceptar la vejez sin traicionar el relato de rebeldía que los definió.
El envejecimiento asumido como coherencia artística
Figuras como Paul McCartney, Brian May, Bruce Springsteen o Jon Bon Jovi han optado por no combatir los signos visibles de la edad. Canas, arrugas y cambios físicos aparecen sin disimulo, pero no como dejadez, sino como una nueva forma de rebeldía, esta vez contra la dictadura contemporánea de la juventud eterna. Lejos de debilitar su figura pública, la decisión de no disimular el paso del tiempo refuerza la autoridad simbólica de quien ya no necesita demostrar nada.
Bon Jovi, de 63 años, revelaba recientemente el podcast 'How to Fail' que abandonó los tintes hace más de diez años porque no quería sostener una imagen artificial y ahora acepta sus arrugas y canas como parte de su identidad, al mismo tiempo que se enorgullece de no haberse sometido nunca a operaciones, cirugías ni inyecciones de bótox.
No está claro que Springsteen (76 años) o McCartney (83) no se hayan hecho retoques estéticos, pero en sus casos el paso del tiempo se integra también en el discurso artístico. Especialmente en figuras como el 'Boss', la edad no solo se acepta físicamente sino que se convierte en materia creativa: memoria, pérdida, legado o revisión del pasado, tal y como quedaba documentado en las canciones de su álbum 'Letter to You', que hablaban desde la experiencia y no desde la promesa.
En estos casos, ocultar la edad sería casi una incoherencia estética. Aquí, las canas no son un fallo del sistema, sino una prueba de pertenencia a una generación que no ha desaparecido, sino que se ha transformado y ha sobrevivido. Su público, que también ha envejecido con ellos, reconoce en estos artistas un espejo generacional, un reflejo de su propio tránsito vital.
La otra vía: preservar la imagen como parte del mito
Frente a esta aceptación explícita del envejecimiento, existe otra tradición igualmente legítima. La de los artistas que mantienen su imagen icónica como un elemento esencial de su obra, incluso recurriendo a tintes, estilismos o artificios visuales.
En estos casos, no se trata tanto de negar la edad como de proteger un personaje. Artistas como Mick Jagger (82), Alice Cooper (77), Robert Smith (66), los miembros de Kiss o el eterno colegial Angus Young (70) -aunque este sí que haya terminado luciendo sus canas- no presentan su imagen como un reflejo biográfico, sino como un símbolo escénico. Su apariencia pertenece más al terreno del espectáculo que al de la confesión personal. El icono no debe envejecer porque no pertenece al tiempo real, sino a un tiempo simbólico que debe mantenerse estable para seguir operando.
Aquí, el envejecimiento se gestiona como un desafío a la continuidad del mito. Y el mito, en términos sociológicos, cumple una función estabilizadora, la de ofrecer continuidad en un mundo en permanente transformación. Mantener el look clásico es, por tanto, una manera de preservar el compromiso con su público.
¿Podría Robert Smith renunciar a su sempiterno pelo enmarañado y al maquillaje gótico sin romper el pacto generacional con sus fans? Hacerlo equivaldría a desmontar el imaginario que ha construido durante décadas. Porque gran parte de su público no buscar ver a estas figuras como 'hombres mayores', sino como encarnaciones vivas de una era. El tinte, el maquillaje o el estilismo funcionan como mecanismos de suspensión del tiempo. Todo está bien si podemos seguir viendo a Alice Cooper con su pintura de guerra, sus serpientes y sus decapitaciones.
Envejecer sin volverse irrelevante
Lo interesante es que se trata de dos formas de gestionar el legado dentro de una misma generación. Ambas responden a presiones distintas. La autenticidad personal, por un lado; la expectativa colectiva, por otro. Aunque, en el fondo, ambas tendencias se hacen la misma pregunta: ¿qué significa ser auténtico cuando el cuerpo ya no coincide con la imagen que te convirtió en leyenda?
La respuesta no puede darse sin tener en cuenta al público, los fans históricos del rock que han crecido, amado, sufrido y vivido junto a sus ídolos. Para muchos, ver a sus referentes aceptar el paso del tiempo tiene un efecto normalizador y casi terapéutico, en el sentido de que legitima su propio envejecimiento.
Pero otros espectadores buscan refugio en la imagen inmutable del mito como forma de resistencia frente a la pérdida y el cambio. El error sería interpretar una postura como más 'honesta' que la otra. En última instancia, las canas -o la ausencia de ellas- no determinan la autenticidad en el rock, sino la coherencia entre lo que se es, lo que se ha sido y lo que se sigue ofreciendo al público. Y quizás ahí resida la última gran aportación generacional del rock: demostrar que envejecer también puede ser un gesto radical, incluso -o sobre todo- en una cultura obsesionada con no hacerlo.
