Una nutricionista, tajante acerca del sobrecoste de los productos con etiqueta proteica: "No se justifica si no hay mejora clara"

Algunos análisis de mercado muestran diferencias de hasta un 54% entre la versión convencional y la etiquetada como proteica
Suplementos de proteína: ¿una moda o una tendencia saludable?
El desayuno es un momento del día idóneo para que la industria alimentaria despliegue toda su artillería comercial. Lo llevamos viendo en anuncios de televisión y prensa desde que éramos pequeños.
Primero fueron los productos enriquecidos, después llegaron las versiones reducidas en azúcar y de un tiempo a esta parte, la palabra proteico se ha convertido en el nuevo imán para captar la atención del consumidor.
Envases llamativos, mensajes de energía y promesas de salud se repiten en los spots comerciales y en los lineales de los supermercados, especialmente en productos dirigidos a familias y niños.
Se trata de un fenómeno que no surge de la nada. La preocupación creciente por la alimentación y la salud ha empujado a los consumidores a buscar opciones supuestamente mejores, mientras las marcas compiten por posicionarse como aliadas del bienestar pero, ¿qué hay detrás del boom de los productos proteicos?
El auge de lo proteico como estrategia comercial
La palabra proteico se ha convertido en uno de los reclamos más potentes del marketing alimentario actual. Según explica Lucía Villalba, nutricionista diplomada en nutrición, “sabemos que las proteínas son necesarias para mantener y desarrollar masa muscular, y al ver un producto que se presenta como rico en proteínas tendemos a asumir que es automáticamente más sano y nutritivo”.
Esa asociación rápida entre proteína y salud ha sido aprovechada por la industria para reposicionar productos tradicionales sin modificar sustancialmente su composición.
El mundo fitness y saludable ha calado con fuerza en el imaginario colectivo. El problema, como señala la especialista, es que añadir proteína a un alimento no implica corregir otros aspectos clave como el contenido en azúcar, grasas o el grado de procesamiento.
El resultado es una percepción de mejora que no siempre se sostiene cuando se analiza la etiqueta con detenimiento.
Cuando añadir proteína no mejora el producto
Uno de los ejemplos más ilustrativos de esta tendencia se encuentra en cereales de desayuno que han lanzado versiones 'protein' manteniendo prácticamente intactos sus niveles de azúcar.
En algunos casos, el porcentaje de azúcar sigue siendo superior al de proteína, lo que cuestiona el valor nutricional real del producto. “Añadir proteína a un cereal o a un desayuno azucarado no lo convierte en saludable, sigue siendo un alimento procesado con los mismos problemas de base”, comenta la experta.
Este tipo de reformulaciones mínimas se presentan como grandes avances, cuando en realidad el impacto sobre la calidad nutricional es limitado. El consumidor, sin embargo, suele quedarse con el mensaje principal del envase y no con la información completa que aparece en la tabla nutricional.
El sobreprecio y su justificación
Uno de los aspectos más polémicos es el aumento del precio asociado a estos productos. Algunos análisis de mercado muestran diferencias de hasta un 54% entre la versión convencional y la etiquetada como proteica. Desde el punto de vista industrial, se suele justificar este incremento por la incorporación de ingredientes adicionales, generalmente proteínas aisladas.
Villalba es clara al respecto y señala que “puede existir un pequeño sobrecoste por añadir un ingrediente más, pero la cantidad incorporada no justifica subidas tan elevadas si no hay una mejora clara del conjunto del producto”.
O lo que es lo mismo, el reclamo proteico funciona como argumento comercial para elevar el precio, más que como reflejo de un valor nutricional superior.
El caso de los lácteos y bebidas del desayuno
El fenómeno no se limita a los cereales. Las leches y bebidas proteicas han ganado protagonismo en los desayunos, especialmente entre quienes buscan opciones rápidas y funcionales.
En teoría, estos productos deberían ofrecer una relación favorable entre proteína y azúcar, pero la realidad es más desigual.
Al comparar distintas referencias del mercado, se observa que algunas mantienen ratios poco equilibrados, con cantidades de azúcar similares o incluso superiores a las de proteína.
Curiosamente, las opciones con mejores proporciones no siempre coinciden con las marcas más visibles en campañas publicitarias o redes sociales, lo que refuerza la idea de que el marketing pesa tanto como la formulación.
Cómo leer una etiqueta sin caer en el reclamo
Ante este escenario, la clave está en saber interpretar correctamente la información nutricional. “Las etiquetas hay que leerlas siempre igual, ignorando los mensajes publicitarios del frontal”, explica la especialista. Fijarse en el listado de ingredientes, ordenados por cantidad, y analizar la tabla nutricional permite tener una visión real de lo que se está consumiendo.
En este análisis, conviene prestar especial atención a la relación entre proteínas, azúcares y grasas, así como al grado de procesamiento del producto.
¿Necesitamos realmente productos proteicos?
La popularización de estos alimentos plantea una pregunta de fondo sobre su necesidad real. En personas sanas con una dieta equilibrada, la nutricionista recuerda que no es imprescindible recurrir de forma habitual a productos altos en proteínas. Alimentos comunes como huevos, pescado, legumbres o carnes magras cubren sin dificultad los requerimientos diarios en la mayoría de los casos.
El auge de los desayunos proteicos no es negativo en sí mismo, pero se vuelve problemático cuando se utiliza la proteína como coartada para maquillar productos ultraprocesados y justificar precios más elevados.
