Bienestar

Cómo afecta a tu personalidad el sitio donde creciste

Sénior con internet
Gran parte de los rasgos de personalidad suelen formarse en la infancia. (Getty)
Compartir

Hay una pregunta que muchos adultos se hacen sin saber que la ciencia ya tiene pistas claras sobre su respuesta: ¿por qué tendemos a comportarnos de cierta manera en función del lugar en el que crecimos? La respuesta es compleja pero se encuentra en la intersección entre la genética, las experiencias y el ambiente físico y social que nos rodea desde la infancia. Un conjunto de factores que va dejando huellas profundas en nuestra forma de ser a medida que envejecemos.

La psicología contemporánea reconoce que la personalidad no es un ente estático y cerrado al nacer, sino un producto dinámico de la interacción entre genética y entorno, donde el contexto donde crecimos, incluyendo el lugar, la cultura y las experiencias vividas, juega un papel clave en cómo pensamos, sentimos y actuamos durante el resto de nuestra vida.

PUEDE INTERESARTE

Cuando el contexto importa

Aunque los genes aportan una base biológica sobre la que se construye la personalidad, con estudios estimando entre un 30% y un 60% las diferencias individuales en rasgos que pueden atribuirse a la genética, el ambiente en el que creces interviene de manera decisiva en matizar esos rasgos.

Por ejemplo, se ha documentado cómo los valores culturales del lugar que llamamos hogar dan forma a las prioridades, normas sociales y estilos de relación. Por ejemplo, en sociedades orientadas al individualismo, como pasa en Estados Unidos o en buena parte de Europa, se tienden a fomentar rasgos de autonomía, competencia y autoexpresión, mientras que aquellas culturas más colectivistas tienden a promover la empatía, la interdependencia y el sentido comunitario.

PUEDE INTERESARTE

La forma en que las familias crían a los hijos, incluyendo cuestiones como qué se espera de ellos, cómo se educan o la forma de celebrar los logros, se inscribe en estos valores culturales y deja huellas duraderas: no solo modela comportamientos tempranos, sino que construye formas de interpretar el mundo y relacionarse con otros.

Más allá de la cultura, el lugar físico donde vivimos también deja huella. Investigaciones recientes sugieren que características geográficas como el clima, la densidad urbana o incluso el paisaje pueden estar correlacionadas con rasgos de personalidad en la población. Por ejemplo, en zonas rurales con naturaleza abundante se ha observado una mayor tendencia a la apertura a la experiencia y a la exploración, mientras que entornos urbanos densos pueden moldear la sociabilidad y la conducta adaptativa en contextos de alta estimulación.

Las investigaciones que comparan regiones dentro de un país o entre países muestran que no se trata de una relación anecdótica, hasta el punto de que distintos lugares tienden a asociarse con patrones reconocibles de rasgos de personalidad a nivel poblacional.

Por otra parte, estudios en psicología del desarrollo subrayan que las interacciones tempranas con padres, cuidadores y pares moldean aspectos esenciales de la personalidad como la estabilidad emocional, la empatía y la forma de afrontar retos.

La teoría ecológica del desarrollo humano propuesta por Urie Bronfenbrenner es especialmente útil para entender este proceso. Según esta teoría, el desarrollo de una persona es el resultado de múltiples capas de influencia ambiental, desde el núcleo familiar hasta las estructuras sociales más amplias, que actúan de manera interconectada a lo largo del tiempo.

Esto explica por qué quienes comparten genes pero crecen en ambientes distintos pueden desarrollar personalidades diferentes, y por qué quienes comparten un mismo entorno pero tienen predisposiciones genéticas distintas también pueden divergir en sus formas de ser.

Niños jugando en un parque.

Más allá de la infancia

Una visión común errónea es pensar que la personalidad se “congela” al terminar la infancia. En realidad, persiste una interacción continua entre el individuo y el entorno. Así, tus experiencias adultas, el lugar donde vives ahora, tu trabajo, tus relaciones e incluso cómo respondes a eventos estresantes o placenteros siguen influyendo en quién eres.

Hoy en día, a ciencia, en lugar de ver la personalidad como algo fijo e inmutable, la concibe como una trama en constante reconfiguración, donde tus primeros años constituyen una base importante pero no la única. Esta dinámica de “reciprocidad” entre individuo y entorno apunta a que no solo el ambiente te moldea, sino que tú también actúas sobre tu ambiente y tu personalidad evoluciona con el tiempo y la experiencia.

Por tanto, de dónde eres no es un testamento que marca tu destino de forma irrebatible. Crecer en un lugar específico no te condena a tener un determinado perfil de personalidad. Lo que la evidencia sugiere es que el entorno actúa como un molde que puede enfatizar ciertos rasgos y amortiguar otros, pero la personalidad es el resultado de muchas fuerzas que interactúan a lo largo de toda la vida.

En última instancia, la ciencia nos recuerda que trabajar conscientemente sobre nuestra forma de ser no es solo posible, sino una parte natural de crecer y adaptarse a lo largo de la vida.