MÚSICA

José Luis, experto ‘sabinero’: “Mi mujer me mandó al sofá cuando metí mi colección en la habitación”

José Luis posa con Joaquín Sabina en una de sus docenas de fotos juntos. (Foto: cedida)
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José Luis empezó su colección sin saberlo, como empiezan las obsesiones que no se quieren llamar así. Una entrada que no se rompe, una puerta de servicio, un gesto mínimo que, sin saberlo, le cambió la vida para siempre. Fue en el 87. Por aquel entonces él no sabía ni quién era Joaquín Sabina. Ahora su habitación matrimonial en su casa del barrio de Pumarín, en Gijón, alberga una de las mayores recopilaciones de objetos relacionados con el artista de Úbeda.

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Él recuerda aquel día como si fuera ayer. Su hermano mayor estaba en Protección Civil. Voluntario, de paisano, brazalete naranja con el logotipo, servicio en conciertos y eventos. “El Ayuntamiento les daba una entrada, entraban todos juntos y, al principio, la historia era la de siempre: entregaban la entrada y se la rompían. Pero un día cambió el protocolo y les mandaron por detrás, por la entrada del servicio y sin romperles la entrada, así que me dijo si quería ir con él. Le dijo a mi madre: ‘me lo llevo y lo devuelvo pronto’”, rememora.

Aquella noche tocaba “un tal Joaquín Sabina con Viceversa, que yo no los conocía, pero aquello me encantó, me conquistó”. Y ahí ya no hubo vuelta atrás. Ahí arrancó una colección que está a punto de cumplir 40 años sin parar de crecer. 

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El primer objeto fue un cassette de Hotel, dulce hotel. Pero José Luis no es de los que se quedan en el primer objeto. Con el tiempo, lo que al principio ocupaba un rincón pasó a ser después una pared, luego media habitación… y una vida entera. 

“Estamos hablando de una habitación matrimonial”, explica. Y ahí aparece la otra mitad del relato, la mitad que nunca sale en las fotos. Su esposa Laura, la que convive y sobrevive al mismo tiempo con la pasión de José Luis. “Yo a veces digo ‘mi mujer odia a Sabina’… y ella me dice: ‘No digas eso. Yo no odio a Sabina. Odio tu colección’”, explica con una sonrisa en el rostro un José Luis que no esconde que cuando reformó su dormitorio para acomodar la colección le pidió a Laura que durmiera unos días en el sofá del salón.

Aquella reforma la llevó a cabo para que su colección no se convirtiera únicamente en acumulación. Hay método. Hay orden. Hay liturgia. “La colección la voy contabilizando”, cuenta. Cada vez que entra algo nuevo, lo pone sobre la cama, coloca un número en una tablilla de letras (“última adquisición colección sabinera”), fotografía, recorta, edita, publica. Y el marcador sube. “Voy por la 1.757”, dice. “Me faltan todavía unas cuantas por apuntar”, añade.

Pendiente de las redes

Y las adquisiciones que aún están por llegar. No en vano, José Luis está pendiente a diario de lo que se mueve en la red sobre Sabina. “Todos los días miro Wallapop y además hay mucha gente que se pone en contacto conmigo porque tienen cosas y prefieren que las tenga yo a que terminen tiradas por ahí. Me dicen que yo sabré valorarlo como merece”, explica.

Mucha gente que se pone en contacto conmigo porque tienen cosas y prefieren que las tenga yo a que terminen tiradas por ahí

Cuando uno echa un vistazo a las paredes de ese dormitorio, al menos a la ‘mitad Sabinera’, se puede percatar de mil y un detalles. Cada puerta de cada vitrina está decorada con una frase de Sabina. Dentro, llaveros, merchandising, libros, discos, casettes, películas de vídeo, carteles, CDs, muñecos, anillos, sombreros, botellas de cerveza o cajetillas de cigarros. De todo. 

Y en ese universo hay piezas con biografía. “Del Hotel, dulce hotel tengo una joya”, apunta José Luis, y no habla del cassette. Habla de un muñeco de promoción, de esos objetos que existen para durar lo que dura una campaña y que luego desaparecen: “Ese muñeco, el del botones que aparece en la portada del disco, se usó para meter discos en promociones y estuvo ligado al Hotel Wellington. Después acabó en casa de Paco Lucena, el manager que acompañó a Sabina durante 22 años, y él me lo regaló a mí. Me dijo: ‘¿Donde va a estar mejor que en tus manos?’”. 

Una persecución

Pero la colección no se construido a base de comprar en tiendas, mercadillos o Wallapop. José Luis se ha currado cada foto, cada autógrafo. Uno de ellos lo recuerda con especial cariño. Lo consiguió en 1997 después de perseguir a Sabina en bicicleta por medio Gijón. Lo cuenta con detalle, como quien repasa una escena que ha visto mil veces en su cabeza. “Sabina vino dos días a actuar a Gijón, al Teatro Jovellanos, con la gira En paños menores. Yo fui al hotel el primer día, pero lo único que logré fue que me firmara el disco de Malas compañías. No hubo foto porque le metieron en un taxi y se marchó”, comienza. 

“Pero yo sabía que dormían aquí así que al día siguiente me volvía a plantar en el hotel con una bicicleta de montaña, de esas BH de cuando las bicicletas eran un tanque con pedales. Esperé, vi subir músicos y bajar gente hasta que, de repente, vi salir del parking un Peugeot 405. Sabina iba de copiloto, leyendo un periódico así que entré corriendo al hotel, puse acento andaluz para preguntar dónde iban y me dijeron que a Las Delicias, un restaurante cercano”, continúa.

Lo que sigue a continuación es una persecución sin demasiado glamour. Subidas, cuestas, decisiones de callejero. “Ellos no son de aquí, no lo conocen”, dice, y se aprovecha del terreno como en una carrera clandestina. Había un punto en el que él sabía que si giraba en una calleja concreta los iba a encontrar en la paralela de bajada. Y los encontró. Sin fans, ni prensa, ni circo. “Sabina se quitó unas gafas, se puso otras, las de 19 días y 500 noches, y nos hicimos la foto”, zanja antes de añadir un último detalle curioso. “Yo recuperé el aire como pude y mientras le pedía una firma, él me dijo: ‘¿Qué pongo, para Indurain?’”. 

Lo de Mick Jagger entra en esta misma categoría de anécdotas de esas que sólo pueden conocer los fans de verdad de un artista. Sí, han leído bien, Mick Jagger. José Luis lo cuenta como quien revela una manía que explica un carácter. Sabina, en otra de sus visitas a Gijón, “se encaprichó con dormir en el mismo hotel y en la misma habitación en la que había dormido Mick Jagger cuando los Rolling Stones actuaron en Gijón. Y sé que lo consiguió”. 

Pero no sólo de anécdotas y autógrafos de hace décadas vive José Luis. Él ha acompañado al artista de Úbeda hasta su retirada. Le ha visto actuar en docenas de ocasiones e incontables escenarios. En Santander es en el único que le ha llovido. Aquel concierto, por cierto, le sirvió para conocer a la banda Muse, que coincidió con Joaquín en la ciudad cántabra. “Me los encontré en un castillo, uno de los hoteles más lujosos de la zona. Yo creía que allí estaba Joaquín, pero eran ellos. Cuando un grupo de fans me dijeron que si quería hacerme una foto con la banda les dije que no sabía ni quiénes eran y resulta que eran un grupo internacional famosísimo, pero yo iba a lo que iba”, cuenta.

Cuando un grupo de fans me dijeron que si quería hacerme una foto con Muse les dije que no sabía ni quiénes eran

La cara B de admirar y seguir a alguien durante tanto tiempo es que vives en primera persona también su envejecimiento: el cambio físico, el paso de los años. José Luis estuvo en San Sebastián en el estreno del documental. Había famosos, alfombra, zona VIP. Y cuando vio a Sabina moverse, le dio un vuelco. “Para subir y bajar tenía que ir acompañado con alguien de la mano”, cuenta para después hacer una reflexión: “Ahí ya dices… ¿merece la pena seguir así?”.

San Sebastián, sin embargo, también le trae buenos recuerdos ‘sabineros’ porque, por probar suerte, se colocó una hora antes junto a una valla por donde iban a entrar los artistas. Sabina, cuando llegó, se bajó del coche, lo vio, “sabía quién era”, y se arrimó directamente a él para firmarle. José Luis cuenta el detalle como se cuentan las reliquias: el rotulador con el que firmó “ya está jubilado”. Guardado. Intocable. “Si lo tocó Dios ya no lo toca nadie”, dice.

Con esa misma lógica en Madrid se le fue la mano, y él mismo lo reconoce. El portal de Sabina estaba abierto. Entró. Por la curiosidad del fan. Sabía que en cada descansillo, encima del ascensor, hay una chapa metálica con un dibujo suyo. Se hizo un selfie con cada uno. Y llegó a la puerta. Y ahí estaba el felpudo: “¿Qué horas son estas de llegar?”. José Luis confiesa que le dieron ganas de robarlo. Obviamente, no lo hizo.

Lo que sí hizo fue investigar dónde comprar uno igual: “Está descatalogado. Era de Fnac. Lo estoy buscando para ponerlo delante de la colección, pero aún no lo he encontrado”, apunta..

Este lance nos lleva a charlar sobre el fenómeno fan y cómo lo vive José Luis, que no huye de la autocrítica. “Los fans somos muy pesados, y yo el primero”, reconoce sin esconderse y con cierto tono de resignación.

Los fans somos muy pesados, y yo el primero

Su colección, sin embargo, es el reflejo de una admiración sin condiciones, de una pasión elevada a la enésima potencia. Cuando uno le pregunta por el valor, él vuelve a lo mismo: “Esto no es un negocio. Es una pasión… y muy cara”. 

No miente, ya que entre sus objetos ‘sabineros’ hay libros (él compra la primera y segunda edición de cada uno que sale sobre el artista o que él mismo publica) cuyo valor ronda las cuatro cifras, o un bombín original que perteneció al propio Joaquín y que él mismo se lo firmó. Mientras lo revisa con mimo, José Luis no puede evitar soltar un chascarrillo: “Tiene una buena almendra el bueno de Sabina, eh”.

Y luego está lo que lo sostiene todo: la conciencia de límite. José Luis lo dice sin drama: “Si hiciera falta, vendería mi colección. Si mi familia necesitara el dinero, sin dudarlo. La pasión la lleva dentro (y en la piel, ya que lleva varios tatuajes ‘sabineros’). Lo otro es material. Pero mientras no haga falta, mientras pueda, aquí seguiré sumando objetos”, termina.