Cómo saber si te está dando un infarto aunque no lo parezca: "Los síntomas difieren en hombres y mujeres"
No siempre es obvio: en mujeres, el infarto puede contener la molestia en el pecho, pero venir rodeado de señales menos espectaculares
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La mitad de las muertes por infarto se producen durante las primeras tres o cuatro horas desde que empiezan los síntomas. No es una cifra menor ni una advertencia abstracta, sino que estamos ante la forma más directa de recordar que, cuando el corazón avisa, el reloj comienza una cuenta atrás que puede ser mortal. Además, el cuadro no siempre hace acto de aparición de forma tan evidente como en las películas. Y es que, las autoridades sanitarias ya avisan de que los síntomas pueden durar más de 20 minutos, ser intermitentes y empezar de forma gradual.
Por eso la regla de oro que da la Doctora Ana Pastor, cardióloga en HM CIEC, tiene tanto peso práctico: “ante un dolor o malestar opresivo en el centro del pecho, de nueva aparición, que dura más de unos minutos o no cede, hay que pensar en que se esté sufriendo un posible infarto”. Y más aún si ese dolor se irradia a hombros, brazos o mandíbula, o se acompaña de sudor frío, náuseas o sensación de falta de aire. En ese escenario, insiste, no hay que “esperar a ver si se pasa”, sino que lo que se debe hacer es llamar al 112.
El síntoma que sí comparten hombres y mujeres
Uno de los errores más persistentes con el infarto es creer que el dolor centrotorácico intenso, casi teatral, pertenece sobre todo al varón y que en la mujer el corazón siempre se manifiesta de otra manera. No es así. La American Heart Association subraya que la molestia en el centro del pecho sigue siendo el signo más común del infarto, y el NHLBI añade que tanto hombres como mujeres suelen tener dolor torácico.
En los hombres, explica Ana Pastor, ese patrón acostumbra a ser más reconocible: “opresión en el pecho, irradiación al brazo izquierdo o la mandíbula, acompañado de sudoración”. Es el cuadro que la imaginación colectiva ha convertido en “el infarto de manual”. El problema es que esa imagen tan cerrada ha terminado haciendo daño, y lleva a muchas personas a pensar que, si el dolor no es insoportable o no se parece a una escena de esas escenas de las películas, quizá no sea el corazón.
Lo que en mujeres suele despistar más
En mujeres, el infarto puede contener el mismo núcleo, es decir, la molestia en el pecho, pero venir rodeado de señales menos espectaculares y, por eso mismo, más traicioneras. La experta pone nombre a esas señales: “sensación de falta de aire, dolor en la espalda, el cuello o la mandíbula, malestar digestivo con náuseas o vómitos, y una sensación marcada de cansancio o debilidad”.
Eso encaja de lleno con lo que observa la cardióloga de HM CIEC en consulta, con mujeres que no describen un dolor brutal, pero sí “una presión extraña en el centro del pecho, un peso en la boca del estómago, una falta de aire rara, una fatiga súbita o una molestia en mandíbula y espalda que no se parece a nada habitual”. No existe una señal única e infalible; la clave, afirma, está en el conjunto y en el contexto. Cuando esos síntomas aparecen “de forma repentina, sin causa clara, y sobre el fondo de hipertensión, diabetes, colesterol alto o existen antecedentes familiares”, conviene pensar antes en el corazón que en la digestión o en los nervios.
La diferencia entre esperar y actuar
También conviene distinguir la angina del infarto, sobre todo a partir de los 50. El NHLBI explica que la angina suele aparecer con el esfuerzo físico y cede en pocos minutos con el reposo o la medicación; el dolor del infarto, en cambio, es más serio y no desaparece al descansar o medicarse.
Ahí se concentran muchos de los errores fatales, como “aguantar, tomarse un antiácido, atribuirlo a ansiedad, no querer alarmar a la familia o conducir por cuenta propia al hospital”. Ante dolor en el pecho o dificultad para respirar debe llamarse siempre a los servicios de emergencias. Esta llamada no es un exceso de dramatismo, sino una forma de ganar tiempo útil.
El mito más peligroso, concluye Ana Pastor, es “creer que el infarto siempre llega como una explosión inequívoca”. A veces empieza como una duda. Y precisamente por eso hay que tomársela en serio. Ante un pecho que oprime, una espalda o una mandíbula que duelen de forma extraña, una náusea con sudor frío o una falta de aire sin explicación, no hay premio por aguantar. En cardiología, la prudencia no es alarmismo: es llegar a tiempo.
