Joan Piñol, psicólogo: "La ira fría es más peligrosa para las relaciones que los gritos"
Joan Piñol y Joan Miquel Capell nos cuentan cómo gestionar el miedo, la ira y la frustración en 'Kit de supervivencia emocional' (Kairós)
'La mesa de la vida', el método para no sufrir sin necesidad: "La frustración sirve para ser feliz"
Hay personas que nunca gritan. No dan portazos, no levantan la voz ni montan escenas. Y sin embargo, están furiosas. Llevan meses, quizás años, rumiando lo que les molesta, acumulando silencios cargados, respondiendo con sarcasmo donde antes había conversación. Esta es, según Joan Piñol, psicólogo y coautor, junto a Joan Miquel Capell, del libro ‘Kit de supervivencia emocional’ (Editorial Kairós), la forma de ira que más estragos causa a partir de los 50. Y la que menos se ve.
Una ira que no explota, pero corroe
Lo que observa en consulta no son tantos estallidos como distancias. "La ira fría es más peligrosa para las relaciones, porque aparece como sarcasmo, distancia emocional, silencios largos o resentimiento acumulado", explica Piñol. "No hay pelea abierta, pero la relación se va erosionando poco a poco."
La diferencia con la ira explosiva es que esta última, al menos, pone el conflicto sobre la mesa. La versión silenciosa lo entierra. Y lo que se entierra, fermenta. El resentimiento actúa como un veneno lento para las relaciones: surge cuando los problemas quedan sin resolver y, con el tiempo, puede hacer que resulte imposible reconstruir la confianza, generando una desconexión emocional que lleva a ambos miembros a cerrarse progresivamente.
Pero el daño no es solo relacional. Un estudio del Duke University Medical Center ha demostrado un aumento del 19% en el riesgo de enfermedad coronaria en personas que conviven con la ira de forma crónica. Por otra parte, un estudio reciente publicado en el Journal of the American Heart Association va más lejos, afirmando que los breves arranques de ira pueden reducir la capacidad de los vasos sanguíneos para dilatarse, lo que se cree que es un precursor del endurecimiento de las arterias. De esta manera, enojarse miles de veces a lo largo de la vida podría causar daño permanente en las arterias.
Por qué los 50 son un punto de inflexión
A partir de esta década, la ira cambia de forma. "Suele volverse menos explosiva pero más acumulativa", señala Piñol. "La gente estalla menos por impulso, pero puede quedarse más tiempo rumiando lo que le molesta." Y aparece un patrón muy claro, el de tener menos tolerancia a lo que se percibe como injusto o absurdo. "Muchas personas sienten que ya han vivido suficiente como para perder tiempo con ciertas situaciones."
En el adulto mayor, la cólera aparece cuando el mundo "lógico y ordenado" que se ha construido tras años de lucha se ve alterado por algo que no encaja. Lo que la desata es aquello que resulta ilógico, inesperado y carente de sentido, y se acrecienta ante el propio sentimiento de impotencia. De este modo, Piñol identifica tres detonantes típicos en esta etapa: la sensación de pérdida de control ante cambios laborales, físicos o familiares; la falta de reconocimiento después de años dando mucho; y el cansancio acumulado, que baja drásticamente la tolerancia al estrés.
Aunque, eso sí, hay que tener presente que no toda ira es un problema. "La ira sana protege un límite. Aparece ante algo concreto, se expresa y luego se disipa", explica el psicólogo. El problema es cuando se vuelve desproporcionada respecto a lo que ocurre, se repite constantemente en situaciones distintas y no resuelve nada, sino que deja más desgaste. "Muchas veces esa ira está conectada con agotamiento, estrés crónico, ansiedad o incluso duelo."
La emoción que subyace
Lo más revelador de la perspectiva de Piñol es lo que hay debajo de la rabia. En la mayoría de los casos, no es lo que parece. Las emociones más habituales que la ira encubre son el miedo —a perder seguridad, salud, trabajo o relaciones—, la tristeza por pérdidas o cambios vitales, y el sentimiento de injusticia o humillación.
La clave para identificarlo en plena tormenta emocional es sencilla pero poderosa: "Preguntarse: '¿Qué me dolió realmente aquí?' Muchas veces la respuesta no es rabia, sino miedo o dolor." Es el punto de partida para dejar de reaccionar y empezar a entender. Algo que, como apunta el propio libro, no requiere tres consejos milagrosos, sino una herramienta mucho más difícil y más valiosa: la mirada honesta hacia uno mismo.
