Psicología

Joan Piñol, psicólogo, sobre soportar mejor la frustración a partir de los 50: "No es mal carácter"

No siempre es fácil entender bien lo que a alguien (o a uno mismo) le sucede. (Getty Images)
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Hay una frase que muchos se repiten como si fuera una sentencia inapelable e inalterable: "Yo soy así, tengo mal carácter". Joan Piñol, psicólogo experto en gestión emocional y director general de la Fundación Salud y Persona, no la acepta. Para él, la mayor parte de lo que interpretamos como temperamento es, en realidad, un patrón de respuesta construido durante años. Y lo que se ha construido una vez, puede volver a reconstruirse. Esa es, precisamente, una de las ideas centrales del libro ‘Kit de supervivencia emocional’ (Kairós), que Piñol firma junto a Joan Miquel Capell, comisario de los Mossos d'Esquadra con décadas de trabajo en situaciones de alta tensión.

La obra nace de una alianza poco frecuente: unir la perspectiva clínica de un psicólogo y la experiencia de campo de un policía que ha visto de cerca cómo el miedo, la ira y la frustración pueden tanto paralizar como destruir a una persona. El resultado es una guía práctica que no trata las emociones como enemigos, sino como señales que hay que aprender a leer.

El peso acumulado de los años

Una de las preguntas que nos ayuda a responder es por qué la frustración se vuelve más difícil de gestionar con la edad. La explicación de Piñol tiene que ver con lo que la psicología denomina expectativas acumuladas. A medida que pasan los años, las expectativas no cumplidas pueden llevar a sentimientos de frustración y arrepentimiento. 

Esto se une a un elemento que añade Piñol, el de la carga narrativa que viene con la madurez, y que, a partir de cierta edad, actúa como detonante: la convicción de que determinadas cosas ya deberían estar resueltas. Cuando la realidad no coincide con ese relato, la frustración se vive no como un contratiempo, sino como un retraso vital o una injusticia personal.

Como se supone que la mayoría de trayectorias profesionales ya han llegado a su "techo" alrededor de los 50 años, cruzar ese límite de edad supone experimentar la presión social de compararse con el resto de personas y valorar si ese recorrido ha sido exitoso o no. Esa presión comparativa no desaparece sola, sino que se cuela en cada pequeño fracaso cotidiano y lo magnifica.

Frustración y rabia no son lo mismo

Uno de los matices más útiles que ofrece Piñol es la distinción entre frustración y rabia, dos emociones que con frecuencia se confunden porque suelen aparecer juntas. La frustración, explica el psicólogo, surge cuando algo no sale como esperábamos. La rabia, en cambio, aparece cuando la mente añade una interpretación del tipo “alguien tiene la culpa”, o “esta situación es injusta”. El punto de ignición es casi siempre el mismo: la frase mental "esto no debería estar pasando".

Las investigaciones científicas sobre el cerebro humano concluyen que la forma en la que interpretas lo que ocurre determina la vivencia y las emociones que tienes en ese momento. Piñol lo traduce a tres frases automáticas que disparan la escalada emocional: "Esto no debería estar pasando", "Otra vez lo mismo" y "No lo soporto". No es tanto lo que ocurre fuera, insiste, sino la interpretación de que el cerebro aplica en décimas de segundo, antes incluso de que seamos conscientes de ello.

El perfeccionismo que muta

Existe otro factor que el psicólogo identifica como especialmente activo en la mediana edad: el perfeccionismo. El perfeccionismo no se trata solo de querer hacer las cosas bien, sino de sentir que cualquier error es inaceptable. Lo que cambia a partir de los 50, según Piñol, es la dirección de esa exigencia, cuando muchas personas pasan de dirigirla hacia sí mismas a proyectarla sobre el entorno. Aparece entonces la sensación de que todo funciona peor que antes, de que los demás no están a la altura, de que el mundo ha bajado sus estándares. Es una trampa sutil: la comparación social y la evaluación en niveles extremos, tanto de uno mismo como de los demás, en ocasiones son difíciles de tomarse con cautela y serenidad. 

El problema es que el mundo real nunca satisface estándares tan altos, lo que convierte al perfeccionista en un candidato permanente a la frustración crónica.

Reentrenar lo que se entrenó

La buena noticia, según Piñol, es que el carácter es mucho menos fijo de lo que creemos. Saber identificar respuestas "automáticas" a estímulos o situaciones concretas permite ser capaz de anticipar que algo generará una reacción intensa y aplicar estrategias preventivas. El primer paso, antes de cualquier técnica, es aceptar que esas respuestas no son rasgos inamovibles, sino hábitos forjados durante años de práctica inconsciente.

A través de estrategias terapéuticas como el entrenamiento en habilidades, la persona aprende a tolerar la angustia y a relacionarse de manera más eficaz. Con práctica sostenida, muchas personas cambian sustancialmente su forma de responder a la frustración. No se trata de eliminar la emoción, advierten, sino de no dejarse arrastrar por ella. Al fin y al cabo, se trata de señales. Y las señales, cuando se aprenden a leer, dejan de mandar.