Abuso sexual

El cuento que ayuda a prevenir los abusos sexuales en la infancia: "No suele ser un desconocido"

Detalle de la cubierta de 'Sansa sin secretos'. Duomo ediciones
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Hablar de las violencias sexuales en la infancia implica adentrarse en uno de los temores más profundos y difíciles de nombrar dentro de las familias. Y no es solo el miedo a un daño físico o emocional, sino también la angustia de no saber cómo prevenirlo, cómo detectarlo a tiempo o cómo acompañar al niño o niña si algo así ocurre. El silencio ha contribuido durante años a que el problema permanezca oculto, pero evitar el tema no lo hace desaparecer.

En nuestro país los abusos sexuales en la infancia afecta a entre un 20% y un 25% de los menores. Abrir espacios de conversación informada y sensible es clave para su protección. En ese sentido, Carla Vall, abogada especialista en prevención de violencia de género, tiene claro que una de las claves para prevenir estas violencias está en ayudar a familias, educadores niños y niñas a identificarlas. Por eso ha escrito 'Sansa sin secretos' (Duomo Ediciones), un cuento con ilustraciones de Laura Catalán que ofrece herramientas para transformar el miedo en conocimiento.

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La violencia sexual en la infancia es uno de los mayores miedos de las familias. ¿Cómo se puede abordar la prevención sin trasladar esa inquietud a los hijos?

De la misma manera en la que abordamos esas otras cosas que no queremos que les pasen a nuestros hijos e hijas; como sufrir una accidente de moto o que se ahoguen mientras comen. Miedos lógicos y legítimos para los padres, para los cuales buscamos soluciones razonables. Aquí el problema es que el autor no acostumbra a ser un desconocido -a diferencia de otras violencias que pueden sufrir los menores-, por lo que hay que mirar hacia dentro, hacia la familia, hacia el entorno más cercano, y tenemos que estar dispuestos a hacer algo cuando algo sucede.

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Y este es el primer problema que tenemos: nos duele tanto que no podemos ni hablar de ello. Y, de hecho, cuando lo podemos hacer, siempre es pensando en desconocidos: en el hombre del saco o el que da caramelos en la salida del colegio. Y os puedo decir, tras 15 años de ejercicio profesional, que esto es anecdótico si se compara con el número de casos donde el victimario es un conocido de la víctima.

Denos tres estrategias básicas que ayuden a niños y niñas a sentirse seguros para contar cualquier situación incómoda

La primera estrategia es tener un vínculo abierto con el que se puedan explicar cosas sin que surjan consecuencias negativas para ellos. Pongo un ejemplo que sirve hasta para los adolescentes: si tú pones unas normas y los niños las incumplen y luego les pasa algo, si les puede más el miedo a tu respuesta a su incumplimiento, entonces nunca te explicarán lo que les ha pasado y, así, no les podrás ayudar. Es por eso que creo que es importante tener un vínculo de confianza en el que el castigo no sea el elemento esencial de la relación.

La segunda: es esencial hablar de educación sexual. Si los menores no son capaces de identificar qué es la sexualidad, que su cuerpo tiene unas partes que son específicamente más privadas, que el número de personas que se puede acercar a ellas es limitado y que tan solo lo pueden hacer para algunas funciones muy concretas, como las revisiones médicas, no serán capaces de identificar que está pasando algo extraño.

Y aquí tenemos un problema nuclear, y es que hay familias que vetan que la escuela pueda hablar de ello. Esto es un problema grave, pues seguramente en estas casas no se ocuparán de la educación sexual de sus hijos más allá de decir “no tengas relaciones si no es con una pareja muy especial”, o una educación sexual muy dirigida a la prevención del embarazo y de las enfermedades de transmisión sexual, con lo que vetarán la única vía que tienen de recibir información de calidad. Entonces, lo único que recibirán es pornografía y ensayo y error.

Y tercera: pienso que es esencial poder hablar de la intimidad, del consentimiento, más allá de la esfera de la sexualidad. Si lo encerramos todo en esa esfera, es cierto que las conductas más extremas pueden ser identificadas por parte del niño o la niña, pero en cambio, en situaciones que pueden ser más ambiguas, sin contacto corporal, no podrán identificar las señales de alerta más primerizas. Son esas situaciones en las que el adulto anticipa que van a hacer algo muy especial, que nos lleva ya a la idea de secreto y de pecado compartido, al “eso es algo que estamos haciendo mal ambos”.

¿A qué edad conviene empezar a hablar de estos temas y cómo adaptamos el lenguaje para que sea comprensible para el menor?

Creo que estas conversaciones podemos empezar a tenerlas a muy corta edad, a partir de los tres años podemos explicar las diferencias entre las partes del cuerpo, mediante juegos o dibujos: señalar qué partes del cuerpo son privadas, los tocamientos en qué partes implican que avises a papá y mamá enseguida, o a una profesora. Creo que es importante adaptar la explicación de la idea a cada edad para poderlos proteger siempre, y a partir de ahí, ir introduciendo ideas más complejas.

El concepto clave de ‘Sansa sin secretos’ es enseñar a diferenciar entre “sorpresa” y “secreto”. ¿Por qué es tan relevante esta distinción?

Creo que esta distinción es clave, pues la estrategia del secreto es una que utilizan de forma muy habitual los autores de este tipo de delitos. Que el autor los ha convencido de que ambos han participado de esta situación y que no pueden explicárselo a nadie porque están los dos amenazados, y así, con el secreto, evitan preocupaciones innecesarias a sus padres o creen que así pueden proteger a sus hermanos pequeños. O bien porque les han hecho sentir culpables y creen que, como consecuencia, estos niños recibirán también algún tipo de reprimenda.

Hablamos de edades en las que los niños están descubriendo el mundo. No saben qué es normal, qué no lo es. Pueden saber que algo no les gusta, que es incómodo para ellos, que les genera angustia o que no quieren repetirlo. Pero, evidentemente, no tienen en mente la dimensión de lo que está pasando ni conocen las consecuencias que puede tener esto en un futuro para ellos. Por lo que es indispensable tener estas conversaciones incómodas para protegerlos.

¿Qué ejemplos cotidianos ayudan a que los niños entiendan cuándo algo no debe guardarse en secreto?

En los ejemplos cotidianos hay muchas formas de trabajarlo, hasta en la idea de que si ven algo que no está bien, aunque no les esté pasando a ellos, que lo puedan explicar a sus padres y lo puedan compartir. Esto es el mismo tipo de trabajo que se hace para combatir el bullying. Hacerles comprender que las personas que están sufriendo este tipo de situaciones merecen ser ayudadas y que, por eso mismo, las personas que les ayudan no es que sean malas ni chivatos, sino que son personas que están ayudando y que están rompiendo la soledad que impone el agresor. Lo que intento es trasladar que las personas cercanas también pueden hacer cosas que no están bien: qué cosas que están mal podemos hacer, en qué nos hemos equivocado… Estamos hablando de niveles de gravedad muy diferentes, pero yo creo que es importante introducir estas dinámicas.

Si un niño cuenta que alguien le ha pedido guardar un secreto, ¿cuál debería ser la reacción del adulto?

Es esencial tener unas pautas para no profundizar en el trauma, pues nuestra reacción puede ayudar a que nos cuente más, a que se explique mejor y a que podamos intervenir mejor, mientras que si nos asustamos o lloramos o reaccionamos con mucha rabia y mucha violencia puede hacer que el niño o la niña se cierre en banda y luego no sea posible hablar de ello. Hablamos de cambios familiares importantes. Aquí es esencial acompañar y que desde un primer momento nos perciba como una figura segura que puede estar a su lado. Algunos niños o niñas lo explican todo desde el principio, pero lo más habitual es que nos lo vayan contando a medida que se sientan seguros. Y también porque a veces nos explican situaciones extrañas, que no podemos acabar de entender porque les falta vocabulario. Nosotros imaginamos las agresiones de una forma muy diferente a cómo suceden realmente. Entre la expectativa entre cómo se cometen y cómo son realmente hay un espacio muy importante, y necesitamos que se nos explique muy bien, pues si no el adulto se imagina una situación muy diferente que la que realmente ha sucedido.

También se habla de enseñar a los niños que su cuerpo les pertenece. ¿Cómo se transmite este mensaje sin generar rechazo o miedo al contacto afectivo?

Trasladarles que su cuerpo es suyo es una idea importantísima. Insisto en que hay que trasladar la idea de consentimiento, de hasta dónde puede llegar alguien con nosotros más allá del contacto físico, teniendo en cuenta la psicología de la moral, del afecto, y poder entender que al final el grado de afectación puede darse en muchos ámbitos a la vez. Al final, si nos centramos solamente en los genitales quizá no podrá identificar que hay muchas fases previas que nos dan mucha información que nos puede ser útil para protegerlo.

¿Qué señales pueden alertar a los padres de que algo no va bien, sin caer en la sobreinterpretación?

Algunas de las señales que nos sirven es no centrarnos solamente en las marcas o en los genitales de los menores, que es lo que la gente a groso modo tiene en mente. En realidad, hay muchas otras señales que nos dan mucha más información. Primero, porque si hay marcas muy evidentes de violencia sexual es porque ya hemos llegado bastante tarde, y después porque, a veces, pueden presentar irritaciones que generan mucha inquietud pero no tienen nada que ver con una situación de violencia sexual.

En cambio, situaciones en las que el menor tiene un juego sexualizado, que haga que muñecas y muñecos tengan interacciones de carácter sexual, que represente escenas que no puede haber visto o que no pueda haber tenido conocimiento de ellas, o que hable de los genitales de las personas adultas y los describa, esto nos da mucha información, porque significa que ha pasado algo fuera de lo común. También es una buena señal cuando alguien ha tenido una muy buena relación con alguien y luego se aleja de esa persona. La clave es preguntar para ir desbrozando.

Si tenemos alguna sospecha es importante hablar con un profesional. Las abogadas nos dotamos de herramientas con psicólogas para poder hablar de ello. Los padres pueden hacer lo mismo, preguntarse cuál es la mejor manera de proteger al menor. Tanto si deciden disponer de este acompañamiento legal y psicológico como si no. Porque una idea muy mal entendida a nivel social es que si no se trata el tema, mejor, porque así la niña o el niño se olvidará de ello mucho antes. Que lo mejor es apelar a la amnesia infantil. La diferencia es que si tú acompañas a un menor, tomes la decisión que tomes, y lo haces de una forma razonada y acompañada, harás que entienda que sus progenitores tomaron decisiones destinadas a su protección.

Cómo pueden los padres gestionar sus propios miedos sin transmitir una ansiedad innecesaria

Es muy necesario repasar nuestros miedos y de dónde vienen para no transmitirlos como si fueran una profecía autocumplida, sobre todo en los casos en los que hay situaciones traumáticas familiares. También tenemos que pensar que los miedos son nuestros y no del menor, y que la manera de transmitir protección o de estar atento no es desde el miedo y sí desde el vínculo. También debemos entender que el mundo que vivimos de pequeños no es el mundo de nuestros hijos.

En un contexto cada vez más digital, ¿qué aspectos deben tener en cuenta las familias para proteger también a sus hijos en internet?

La clave de la prevención en casa es inculcar a los niños que tienen derecho a la intimidad, precisamente sabiendo que cerca del 75% de las fotografías que acaban en los archivos de pedófilos y pederastas han sido subidas voluntariamente por las familias de los menores afectados. Esto nos indica que padres y madres tienen muy poca conciencia de la huella digital y del sharenting. Y que no se están imaginando hasta qué punto pueden perjudicar la vida de sus hijos e hijas. Las fotos de niños en la playa y sin bañador pueden parecer inocentes, pero cuando las juntas con otros cientos y miles de fotos similares te das cuenta de que ahí hay algo que está mal. Por desgracia, he tratado con varios de estos archivos y es infernal, es terrible ver esto.

Los padres tendrían que ser los primeros en proteger a los menores evitando cosas como esta. En redes están todas sus rutinas, la matrícula del coche, todo… Y esto los pone en riesgo. A ellos y al resto de compañeros de clase con los que asisten. Tendríamos que partir de aquí: protección de sus datos personales y de su imagen, que nuestros hijos no se puedan asociar digitalmente con nosotros con facilidad y, por último, que tengan la oportunidad de hacer autocrítica. Hay que ser muy cuidadoso con los datos de nuestros hijos y los hijos de los demás.