María Berdasco, experta en terapias epigenéticas: “El cuerpo aprende, cambiar de hábitos puede rejuvenecernos”
“La sobreexposición a luz artificial y a pantallas altera nuestros relojes biológicos y tiene consecuencias en la salud metabólica, cardiovascular y cognitiva”
“Los hábitos saludables pueden rejuvenecer nuestra edad biológica y evitar la activación de genes que provocan enfermedades asociadas al envejecimiento”
“Lo que hacemos en la tierra tiene su eco en la eternidad”. La frase de Gladiator viene al pelo para explicar uno de los mensajes claves que la bióloga y experta en epigenética María Berdasco nos deja en su último libro Reescribirnos: nuestros hábitos no solo condicionan nuestra buena o mala salud, sino que pueden condicionar la de nuestros hijos y nietos. La experta en epigenética sostiene que el cuerpo aprende y que cambiar los hábitos rejuvenece y retrasa el envejecimiento. Entrevistamos a la científica asturiana para que nos explique si, al comer un torrezno, no solo debemos tener cargo de conciencia por el colesterol, sino también por la salud de nuestros hijos y nietos.
—Decía Carl Sagan que hay un universo dentro de nosotros. ¿Usted qué piensa?
—Exactamente es así. Somos así de complejos. Cada ser humano adulto tiene unos 30 billones de células, y cada célula 3.200 millones de letras que codifican nuestro genoma así es que sí, tenemos todo un universo dentro de nosotros.
—Y ¿cuánto conocemos de este universo?
—Una parte muy pequeña. De hecho, hemos empezado a conocer la secuencia del genoma a raíz del proyecto Genoma Humano, que tuvo los primeros resultados en el año 2003. Esperábamos tener muchas respuestas a cómo nos configuramos a través de la genética, pero la realidad es que nos generó más preguntas. Por ejemplo, hemos visto que, de estos 3.200 millones de letras solo un 2% codifican para proteínas que son las encargadas de transmitir órdenes a los genes. El resto lo llamamos el genoma oscuro, en realidad no sabemos para qué sirve.
—Dice en su libro que la genética es la partitura y la epigenética, el director de orquesta. Explíqueme esa idea.
—La genética es la secuencia del ADN, los 3.200 millones de letras de nuestro genoma. Es una información que, en esencia, está escrita y no podemos modificar con nuestros hábitos. La epigenética, en cambio, es la forma en que se lee ese genoma: decide qué genes están activos y cuáles permanecen silenciados en cada momento. Por eso suelo decir que es el interruptor del genoma o el director de orquesta que coordina qué se enciende y qué se apaga.
—¿Y eso explica que, teniendo una base genética tan parecida, seamos tan distintos?
—Exactamente. Los seres humanos compartimos el 99,6% de nuestra secuencia genética y, sin embargo, somos diferentes. También lo vemos en los gemelos monocigóticos: comparten prácticamente la misma genética, pero con el tiempo desarrollan diferencias físicas y también en la predisposición a ciertas enfermedades. Lo mismo ocurre dentro de nuestro propio cuerpo: una célula del corazón y una de la retina tienen el mismo ADN, pero expresan genes distintos. Esa diferencia la marca la epigenética.
—¿Y de qué depende ese encendido y apagado de genes?
—De señales que reciben nuestras células. Muchos cambios epigenéticos están influidos por el estilo de vida y por el entorno: la alimentación, el sueño, la actividad física, el estrés o determinadas exposiciones ambientales. Ahí está una de las claves más importantes: aunque no podamos cambiar nuestra genética, sí podemos influir en cómo se expresa.
—Entonces, ¿podemos modificar nuestra salud a través de los hábitos?
—Sí. La gran diferencia es que la genética es relativamente estable, mientras que la epigenética es reversible. Eso abre una ventana muy importante: nuestros hábitos pueden favorecer una expresión génica más saludable o, por el contrario, acelerar procesos asociados a la enfermedad o al envejecimiento.
—En el libro habla mucho del envejecimiento biológico. ¿Qué significa exactamente?
—Una cosa es la edad cronológica, la que marca el calendario, y otra la edad biológica, que refleja cómo están realmente nuestras células y nuestros órganos. No todos envejecemos al mismo ritmo, e incluso dentro de una misma persona cada órgano puede hacerlo de forma distinta. Hoy sabemos que ciertos cambios epigenéticos sirven como marcadores para medir ese envejecimiento biológico y para ver cómo influyen en él nuestros estilos de vida. Los hábitos saludables pueden rejuvenecer nuestra edad biológica y evitar la activación de genes que provocan enfermedades asociadas al envejecimiento
—¿Qué hábitos considera más decisivos?
—El sueño es uno de los grandes olvidados. Tenemos relojes biológicos internos que regulan nuestros ciclos de actividad y descanso, y la luz es uno de sus principales sincronizadores. La sobreexposición a luz artificial y a pantallas, especialmente por la noche, altera esos ritmos y puede tener consecuencias en la salud metabólica, cardiovascular y cognitiva. Más que una cifra universal de horas, lo importante es respetar, en la medida de lo posible, el ritmo biológico de cada persona y cuidar la calidad del sueño.
—¿Y en la alimentación?
—No existen dietas milagro, pero sí patrones alimentarios favorables. Y ahí la dieta mediterránea sigue siendo una referencia extraordinaria. No solo por lo que comemos —frutas, verduras, legumbres, grasas saludables—, sino también por cómo comemos: de una forma más pausada, más social, más consciente. Además, conviene recordar que no hay una dieta universal. La alimentación debe adaptarse a la edad, al nivel de actividad física y a las condiciones de salud de cada persona.
—Uno de los asuntos más fascinantes que plantea es si nuestros hábitos pueden afectar a hijos y nietos.
—Es uno de los campos más interesantes y también más controvertidos de la epigenética. Hay indicios de que el estilo de vida de los padres puede dejar huellas biológicas que influyan en la salud de las siguientes generaciones, pero en humanos todavía necesitamos más evidencia. Aun así, existen estudios muy sugerentes, como los realizados tras la hambruna de los Países Bajos durante la Segunda Guerra Mundial, que mostraron efectos duraderos en la salud de los descendientes de mujeres embarazadas expuestas a aquella situación extrema. En modelos animales, además, este tipo de transmisión se ha observado con mayor claridad.
—Todo esto también plantea una cuestión social: sabemos bastante bien qué hábitos nos convienen, pero no siempre los seguimos. ¿Hasta qué punto es responsabilidad individual?
—Ese es un punto fundamental. No debemos caer en la culpabilización. A veces damos por hecho que todo depende de la voluntad individual, pero no siempre es así. Hay personas que no disponen de la misma educación en salud para comprender la información, y otras que, aun entendiéndola, no pueden permitirse económicamente llevar esos hábitos a la práctica. Basta pensar en la diferencia de precio entre muchos productos frescos y los precocinados.
—Entonces, ¿qué papel deberían tener las instituciones?
—Un papel decisivo. No se trata de obligar, sino de facilitar e incentivar. La salud no puede descansar solo en la responsabilidad individual. Hace falta reforzar las políticas públicas: campañas de educación en salud, medidas que mejoren el acceso a alimentos saludables y espacios urbanos que favorezcan la actividad física. La epigenética nos muestra precisamente eso: que nuestra salud surge del diálogo constante entre la biología y el entorno. Y, por tanto, mejorar el entorno también es una forma de mejorar la salud.
