El miedo a perder la identidad al quedarnos sin trabajo o tras la jubilación: “Somos más que una tarjeta corporativa”
Vicente Ferrio, autor de ‘Soy más que mi trabajo’, da las claves para construir nuestro yo fuera del ámbito laboral
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Arranquemos por el final, que es donde duele. Por ese momento en el que el trabajo desaparece —porque llega la jubilación, porque te empujan fuera o porque el mundo cambia— y uno se queda mirando al vacío como si le hubieran retirado el suelo. Ahí es donde Vicente Ferrio coloca el foco de su discurso: “esa identidad que yo propongo, ese ‘soy más que mi trabajo’, no tiene fecha de caducidad; va a permitir a muchísimos profesionales seguir activos con algo que les gusta, con algo que encaja con su forma de ser, más allá de los sesenta, setenta y tantos”. No es una frase bonita. Es una advertencia.
Durante décadas, explica, hemos aceptado un pacto tácito: ser alguien equivale a tener un cargo. Y cuando ese cargo se desvanece, se deshilacha también la idea que teníamos de nosotros mismos. “El problema de muchos jubilados, de las últimas generaciones, es que se quedaban desorientados; hay que ver el cuerpo lo inteligente que es, fue a jubilarse y se murió, claro, el cuerpo baja la guardia, se enferma, y cuando no tienen algo complementario en su carrera se encuentran con ese aburrimiento crónico de no saber qué hacer con su vida”. No es solo aburrimiento. Es la pérdida de una narrativa personal.
La propuesta de Ferrio es casi subversiva en su sencillez: levantar una identidad paralela mientras todo va bien. No cuando llegan mal dadas. Antes. “Ese ‘soy más que mi trabajo’ no tiene fecha de caducidad y va a permitir seguir de una manera activos con algo que nos gusta, hasta que tengamos capacidad para entregar al mundo algo”. En un mundo donde la esperanza de vida se estira, la jubilación ya no puede ser un apagón.
Pero para que eso ocurra hay que tener algo propio. Algo que no dependa de una tarjeta corporativa. Ferrio lo reduce a tres activos: “todos, absolutamente todos, tenemos tiempo, conocimiento y red de contactos; imagínate el conocimiento acumulado de cada uno de nosotros, es que es brutal, que no nos ponemos a pensarlo, y si somos capaces de poner en orden esos tres pilares podemos construir un proyecto que no va a girar en torno a nuestra vida profesional a partir de ese momento”. Tres pilares invisibles sobre los que podría construirse una vida entera.
Evitar el abismo cuando no hay trabajo
La pregunta no es qué harás cuando te jubiles. Es qué estás haciendo hoy para que ese día no sea un abismo. Porque el problema no es la falta de trabajo. Es la falta de sentido. “Nos vamos a encontrar con un problema humano, ya no tecnológico, de qué hacer con tantas personas que no tienen una misión vital todos los días al levantarse por la mañana, o no tienen un encargo social”. Aunque todo lo demás esté cubierto, queda lo esencial: tener un para qué.
Ahí aparece la bifurcación que plantea: elegir entre dos dolores. “El dolor de la disciplina hoy presente, de empezar a construir algo que te haga sentir realizado, basado en tu talento, en tu propósito, en tu experiencia, o no hacerlo y tener el dolor del arrepentimiento futuro, de encontrarte que no tienes nada que te motive”. No hay escapatoria elegante.
Pero ¿cómo hemos llegado hasta aquí? “La sociedad se da por satisfecha con ese título o ese cargo o ese puesto o esa titulación académica; es la sociedad de la titulitis que da por válido que con eso ya tienes un pasaporte social. Pero somos más que una tarjeta corporativa”. Durante un tiempo funciona. El problema es que limita y simplifica lo que somos.
La raíz está en un modelo heredado de la industrialización. “Necesitaban una gran masa social formada en disciplinas distintas para engrasar la maquinaria productiva brutal que se organizó y que sigue funcionando”. Y lo consiguieron. Pero algo se perdió: la iniciativa individual. “El ser humano ha traído una iniciativa desde que apareció sobre la Tierra, lo llevamos en el ADN, pero en estas generaciones nos han dicho no te hagas muchas preguntas”.
El resultado es incómodo: personas formadas, con empleos dignos, pero desconectadas. “La gente necesita algo más, necesita algo que llevan dentro, una iniciativa que está llamando a su puerta y que muchas veces no le hacemos caso”. No necesariamente cambiar de trabajo. “Porque al final te enfrentas a tu realidad”. Esa realidad tiene que ver con una pregunta que suele llegar tarde: ¿qué soy más allá de lo que hago? Y cuando llega, no siempre encuentra respuesta. Porque nadie enseñó a buscarla. Y sin preguntas, no hay identidad propia, solo la prestada.
En ese terreno entra el ego. “Ese ego, nuestro falso yo, lo que quiere es protegernos, nos pone una máscara para armonizar en la sociedad, pero si confundimos ese falso yo con nuestra identidad real, tenemos un problema porque no tienen la misma intencionalidad”. Vive de comparaciones, de estatus, de lo que falta.
Controlar el ego
La alternativa no es eliminarlo, sino controlarlo. “Tenerlo en corto, como una mascota, porque si buscamos desde el ego lo hacemos desde el miedo, la carencia, la comparación, pero si buscamos desde nuestro yo auténtico, desde el agradecimiento y la conciencia de lo que ya tenemos, nos liberamos”. Ese cambio de lugar lo transforma todo. “Cuando te liberas del ego es como cuando te quitas una mochila llena de piedras; de repente dices wow, soy otra persona, estoy libre”. Menos peso, más libertad. Y la posibilidad de ser “tu propio referente”, sin compararte con nadie más.
Todo esto tiene una traducción práctica: construir algo propio mientras todo sigue en marcha. “Ese proyecto paralelo va a funcionar como un amortiguador para cuando vengan cambios, para no quedarte colgado de la brocha, y va a ser lo que te sostenga cuando lo que hay alrededor se caiga”. Y también una fuente de oportunidades. La clave está en no esperar a tener tiempo. “Cuando alguien me dice no tengo tiempo, le digo eso no es cierto, porque si no tuvieras tiempo estarías muerto; todos tenemos tiempo, la cuestión es dónde lo ponemos”. Es cuestión de prioridad.
En el fondo, todo se reduce a una pregunta: “¿qué puedo hacer hoy con lo que ya sé y ya soy y que estoy dejando de vivir por seguir buscando lo que no tengo?”. Si se responde con honestidad, desmonta el mito de la identidad única. Y entonces ocurre algo: el trabajo deja de ser el eje absoluto. Pasa a ser una parte. La vida se ensancha. Y con ella, la capacidad de resistir los cambios.
Porque llegarán. Siempre llegan. La cuestión es si, cuando lo hagan, habrá algo más sosteniendo el mundo propio. O si todo dependía de una tarjeta de visita.
