Contribuir con la crianza de los nietos sin agobiar: "Ayudar puede dejar de ser una ayuda"
María José Más Salguero es neuropediatra y autora del blog y libro 'Neuronas en crecimiento'
Consejos para no discutir con tus hijos sobre cómo educar a tus nietos
En España, el 85% de los abuelos y abuelas participan en el cuidado de sus nietos en algún momento, y casi la mitad, el 46,7%, lo hacen de forma habitual, dedicando una media de 16 horas semanales a esa tarea. De este modo, queda claro que son una pieza clave del sistema familiar, y no un recurso ocasional. Y sin embargo, en muchas ocasiones nadie les explica qué es lo que pasa exactamente en el cerebro de un niño mientras juegan con él en el parque, le cantan una canción o simplemente están con ellos.
La neuropediatra María José Mas Salguero, autora de Neuronas en crecimiento, lleva décadas traduciendo la neurociencia al lenguaje de las familias. Esta es su respuesta a la pregunta que muchos abuelos nunca han podido formular con precisión.
Estar disponible de verdad es la base de todo
Lo primero que subraya Mas Salguero desmonta cualquier expectativa de método sofisticado. "Lo más importante suele ser también lo más sencillo. Estar disponibles de verdad. Mirar al niño cuando habla, responder a sus gestos, mantener rutinas tranquilas y compartir tiempo sin prisa. El cerebro infantil aprende relacionándose con otros."
La neuropediatra es taxativa en cuanto a qué tipo de presencia necesita el cerebro en desarrollo: "Los niños necesitan adultos presentes, previsibles y emocionalmente disponibles, no animadores permanentes." Un paseo comentando lo que se ve, preparar la merienda juntos o leer un cuento en el sofá, afirma, "tienen mucho más valor para el neurodesarrollo que cualquier actividad sofisticada."
Tres gesto sencillos que construyen cerebro
Cuando se le pide que concrete en tres gestos cotidianos al alcance de cualquier familia, Mas Salguero responde sin titubear. El primero: hablar con el niño desde el nacimiento, aunque todavía no responda con palabras, porque "el lenguaje organiza el pensamiento antes incluso de que aparezca el habla." El segundo: permitir el movimiento y la exploración, porque mientras el niño gatea, alcanza objetos o trepa, "está experimentando y cada intento construye el cerebro." Y el tercero: compartir tiempo sin pantallas de fondo. "Comer juntos, pasear, leer, cantar o simplemente conversar mientras se hacen tareas domésticas. El cerebro infantil aprende en la vida real, a través de vínculos reales."
Además, hay frases heredadas que la neurociencia ha desmentido con claridad, y la neuropediatra no las elude. Ante el clásico "no lo cojas tanto, que se acostumbra", su respuesta es directa: "Un bebé no se acostumbra a los brazos, se regula en ellos. El cerebro inmaduro del recién nacido necesita la contención que le ofrece el cuerpo del adulto para organizar funciones básicas como gestionar el estrés, el sueño, la temperatura o incluso el ritmo cardíaco."
Mas Salguero explica que lejos de generar dependencia, ese contacto es la base desde la que más adelante el niño podrá separarse y explorar con confianza. "Los brazos generan seguridad y esa seguridad es precisamente la base desde la que más adelante podrá ganar autonomía."
Cuándo ayudar demasiado frena el desarrollo
Los abuelos tienen fama de resolverlo todo con rapidez, y en ese instinto afectuoso se esconde un riesgo que la especialista no pasa por alto. "Ayudar deja de ser una ayuda cuando sustituye constantemente lo que el niño ya podría intentar por sí mismo. Si el adulto siempre anticipa, resuelve o lo hace por él, el niño pierde oportunidades de practicar la planificación, la tolerancia a la frustración y la sensación de competencia."
La conclusión es tan sencilla como difícil de aplicar: "Tardar más en ponerse una chaqueta es precisamente lo que permite aprender a hacerlo."
El problema de las pantallas
Mas Salguero introduce aquí un giro que pocas veces se menciona en los debates sobre pantallas e infancia. "Curiosamente, los adultos de más de 50 años son los que ahora están teniendo más dificultades para desentenderse de la pantalla del móvil. Y si estos adultos tienen pequeños a su cargo, esto es un problema: se pierde la 'presencialidad'." Cuando el adulto divide su atención entre el dispositivo y el niño, le habla menos, le responde peor y se pierden las pequeñas interacciones cotidianas que son, precisamente, las que más alimentan el neurodesarrollo.
Su posición es clara: antes de los dos años, cuanto menos pantallas, mejor. "No se trata de demonizar la tecnología, sino de entender qué necesita un cerebro en desarrollo. A partir de ahí, si aparecen, deberían ser pocas, bien elegidas y acompañadas."
La neuropediatra cierra con una reflexión generacional que sitúa a los abuelos en un lugar privilegiado. Lo que conviene recuperar es concreto: "Tiempo compartido real. Contar cuentos aunque se repitan muchas veces, cantar juntos, disfrutar del aire libre, la cultura de la sobremesa, menos prisa, menos estímulos vacíos y más presencia adulta."
Y lo que conviene dejar atrás incluye algunas de las ideas con las que muchos de esos abuelos fueron criados: que un niño pequeño "manipula" cuando en realidad el adulto no le entiende, que el llanto sin consuelo fortalece cuando lo que hace es manifestar que la situación le sobrepasa, o que la obediencia inmediata es sinónimo de buena crianza. "Hoy en día entendemos mucho mejor cómo se desarrolla el cerebro infantil y sabemos que aprender, explorar y relacionarse depende en gran medida de sentirse seguro, acompañado y comprendido."
