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Recorriendo el mundo

A lomos del Transiberiano: por qué hay que hacer este viaje una vez en la vida

El Transiberiano, a su paso por el lago Baikal
El Transiberiano, a su paso por el lago Baikal. Wikipedia (CC)
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Sí, es posible viajar al pasado. No, no hace falta un Delorean como el de Regreso al Futuro (y menos mal, porque nadie lo ha hecho funcionar aún en la vida real). Para viajar atrás más de un siglo solo hay que pagar un pasaje en el Transiberiano, la mítica línea que atraviesa lo que era la antigua Unión Soviética: casi 10.000 kilómetros que conectan Moscú con Vladivostok.

La línea del Transiberiano comenzó a construirse en 1891, durante el reinado del zar Alejandro III, con el objetivo de unir la parte europea de Rusia con los territorios más remotos de Siberia y el océano Pacífico. En su momento fue un reto de ingeniería: requirió que miles de obreros trabajaran durante años en zonas muchas veces azotadas por un clima extremo. Fue en 1916 cuando se consiguió que el tren hiciera el viaje ininterrumpidamente entre Moscú y Vladivostok.

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Lo que espera dentro de sus vagones evoca una época en la que el trayecto importaba incluso más que el destino. Entrar en el Transiberiano es retroceder a una época sin aviones, en la que atravesar un continente tomaba bastante más de seis horas. Sobran las razones para embarcarse en esta aventura, pero aquí te traemos unas cuantas.

Su aire 'vintage' lleno de encanto

Los vagones clásicos, los samovares siempre encendidos, los compartimentos de madera y el suave balanceo del tren evocan el encanto romántico de los grandes viajes del siglo pasado. Sí, hay muchos toques modernos que nos conectan con el ahora, pero también mucha parafernalia retro que nos recuerda donde estamos montados.

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Es una lección de historia (muy) inmersiva

El Transiberiano atraviesa territorios marcados por siglos de historia, desde la Rusia imperial hasta la era soviética. Cada estación, ciudad y paisaje -porque hay paradas, claro- cuenta algo sobre las transformaciones políticas, culturales y sociales de un territorio que sigue siendo un pequeño desconocido.

Significa atravesar un continente

El tren une Europa y Asia, en un trayecto que permite apreciar los contrastes a un ritmo de otro tiempo. Moscú, el inicio del viaje, mezcla modernidad con la monumentalidad de su pasado imperial; la ciudad de Irkutsk conserva la esencia tradicional rusa y sirve de puerta de entrada al impresionante lago Baikal; y Vladivostok aparece como un puerto lejano y casi mítico frente al Pacífico.

El lujoso interior del Transiberiano

Los paisajes son de película

La ventana del tren se convierte en un mirador a un mundo que se va modificando ante nuestros ojos. Al salir de las grandes ciudades aparecen extensos bosques de abedules, llanuras infinitas y pequeños pueblos de casas de madera que hacen dudas sobre en qué años estamos. En Siberia, la naturaleza se vuelve inmensa y salvaje, con kilómetros y kilómetros de taiga, ríos gigantescos y horizontes que parecen no terminar nunca.

Uno de los momentos más impresionantes del trayecto es el paso junto al lago Baikal, considerado el lago más profundo y antiguo del mundo. En invierno, el blanco de la nieve es deslumbrante; y en verano, el verde adquiere una tonalidad espectacular y casi irreal.

Permite conocer lugares remotos 

En un mundo como el actual, en el que la masificación turística impide disfrutar de los destinos más populares, el Transiberiano propone todo lo contrario: parar en ciudades grandes y pequeñas, fuera del radar de los circuitos de viaje más trillados. En muchas estaciones aparecen vendedores ofreciendo comida casera, fruta, pan, pescado ahumado o especialidades regionales. Ese contacto cotidiano con la vida local convierte cada parada en un pequeño descubrimiento.

Es un viaje en tren, sí, pero hay lujo y comodidad

Hay diferentes categorías y tipos de tren, pero el Transiberiano es una experiencia que se adapta a muchos presupuestos diferentes. Y lo hace manteniendo una atmósfera de confort sin estridencias. La exclusividad, además, la marca aquí el dejarse llevar por el trayecto, sin prisas, con un ritmo pausado que invita a compartir comidas y mantener conversaciones. El verdadero lujo aquí es disponer de tiempo.

Es un lugar perfecto para forjar nuevas amistades

El Transiberiano favorece encuentros que rara vez ocurren en otros viajes. Compartir días enteros en un mismo vagón da lugar a conversaciones espontáneas, intercambios culturales y hasta alumbra amistades inesperadas. Entre tazas de té, partidas de cartas y silencios compartidos frente a la ventana, se genera una convivencia especial que muchas veces termina siendo uno de los recuerdos más valiosos de un viaje que remite a otra época.