Psicología

¿Se pueden heredar los traumas? Preguntamos a los expertos

La fisionomía de los traumas a veces es compleja. Getty Images
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Hay una escena que muchos reconocerán como propias: la de un padre que no hablaba nunca de un tema, una madre que se ponía nerviosa al escuchar sirenas, unos abuelos que guardaban comida por si acaso, hermanos mayores que aprendieron a bajar la voz. En muchos hogares españoles, existe una herencia no deseada que queda igualmente como poso en las generaciones venideras, y que es capaz de perpetuarse dentro de las familias. La generación sandwich, esa en torno a los 50 que cuida de sus mayores y también de sus hijos, sufre a menudo este llamado 'trauma transgeneracional' sin ser muy conscientes de ello. 

Durante décadas, la psicología no supo muy bien cómo llamar a ese fenómeno. Ahora empieza a tener nombre científico, trauma transgeneracional, y también, por primera vez, se han descubierto evidencias biológicas que sugieren que las experiencias extremas pueden dejar huella no solo en la conducta o en la memoria colectiva, sino en la propia maquinaria molecular con la que expresamos nuestros genes.

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Lo que sí se transmite (y lo que no)

La respuesta de la ciencia, sin embargo, tiene ciertos matices que conviene manejar con precisión antes de llegar a conclusiones de andar por casa. Alicia Álvarez García, doctora en Psicología Clínica por la Universitat Autònoma de Barcelona, formula la advertencia principal en una imagen fácil de recordar, al decir que el trauma "no es como un jarrón que vaya pasando intacto de generación en generación". Lo que puede transmitirse, subraya, no es el trauma en sí, sino una mayor susceptibilidad a desarrollar un trastorno de estrés postraumático, respuestas aprendidas o dinámicas familiares y sociales marcadas por hechos traumáticos no elaborados.

Álvarez propone distinguir con nitidez entre dos planos que la conversación popular tiende a confundir. Por un lado, el trauma individual o relacional de una persona expuesta a violencia familiar, abusos, guerra o encierro que desarrolla un TEPT. Sus hijos y nietos pueden heredar, no la patología, sino una vulnerabilidad

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Por otra parte estaría, el trauma social, que afecta a poblaciones enteras. "El trauma social hablaría de esos cambios en el ámbito social que se transmiten de generación a generación debido a que toda la población ha vivido un mismo hecho potencialmente traumático que ha modificado la forma de comportarse", explica. En España, matiza la psicóloga, el llamado guerracivilismo, muchas de las formas de funcionamiento político actual e incluso el "pacto del olvido" que caracterizó la Transición podrían leerse desde esa clave.

El estudio que ha cambiado el debate

Este tema está candente durante los últimos meses gracias a un trabajo reciente, liderado por la Universidad de Yale. El equipo analizó 131 personas de 48 familias sirias refugiadas en Jordania, compuestas por abuelas, madres y niños, y examinó 850.000 puntos de metilación del ADN, la modificación epigenética más común. La conclusión es contundente: identificaron 21 regiones del genoma con metilación alterada en personas directamente expuestas a la violencia, y otras 14 en descendientes cuya abuela había estado embarazada durante la guerra. Los niños expuestos prenatalmente presentaban además una aceleración de la edad epigenética. 

Esta es la primera evidencia intergeneracional de una firma epigenética asociada a la violencia bélica en humanos. Como aclara Álvarez, "no es que el trauma cambie la genética, sino que cambia la epigenética". El ADN no se reescribe, pero sí puede modificarse la forma en que se expresa, especialmente en sistemas ligados al estrés y la alerta.

Ese cambio en la expresión génica tiene una relación bien estudiada: la amígdala, la estructura cerebral que la doctora compara con "una alarma contra incendios". Cuando una persona crece con esa alarma alterada por vulnerabilidad heredada, puede detectar amenaza donde otros ven neutralidad. 

Pero esta transmisión no siempre es biológica, ya que si un progenitor desarrolla una fobia o una conducta de evitación tras un episodio traumático posterior a haber sido padre, los hijos aprenden esa forma de funcionar. Es el aprendizaje vicario. Y explica probablemente por qué tantos hijos de padres marcados por la guerra reproducen, sin haber vivido nada semejante, una relación tensa con la comida, con el ahorro, con la autoridad o con el ruido.

La era digital abre un nuevo frente

A esa herencia se le suma ahora, según la experta, un frente completamente inédito debido a la exposición reiterada a imágenes traumáticas a través de las pantallas. Esto hace que no necesiten ayuda solo quienes vivieron los hechos, sino también los que los vieron a través de una pantalla. Este fenómeno se acentúa aún más debido a la IA y la exposición aún mayor a todo tipo de imágenes, suponiendo nuevas formas de daño psicológico.

En cualquier caso, conviene quedarse con la idea de que la vulnerabilidad no equivale a destino. Dos personas pueden vivir el mismo acontecimiento y responder de forma radicalmente distinta según su historia previa, su entorno afectivo, sus estrategias de afrontamiento y su acceso a atención psicológica especializada.

Saber que uno arrastra una mochila heredada, permite hacer justo lo contrario a resignarse. Por eso, que la ciencia empiece por fin a demostrar que aquellos silencios de la sobremesa dejaban rastro no es una condena. Es, más bien, el principio de un mapa para salir de ese laberinto.