Iñaki Gabilondo: "Hacerse viejo tiene bastante buena fama, pero es un proceso de despedidas"

La gente cree que lo que dicen las personas mayores es sabiduría y a veces es cansancio" afirma Gabilondo
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A los 83 años y más de medio siglo de micrófonos a la espalda (fueron nada menos que 55 años en la radio que cerró en enero de 2021), Iñaki Gabilondo conserva intacto el atributo que definió su oficio, la voluntad de no ahorrar a la audiencia una verdad incómoda. Sentado ante Mara Torres, la periodista que empezó redactando para su antiguo programa y que hoy dirige el suyo propio en Cadena SER, conversaron en un intercambio que acabó derivando hacia un territorio poco frecuentado en la conversación pública: qué significa envejecer, pero visto desde dentro.
Por supuesto, la respuesta de Gabilondo se articuló con la misma cadencia reflexiva con la que en su día presentaba sus editoriales, y sirve para desmontar, uno a uno, los eufemismos con los que la cultura contemporánea intenta domesticar el paso del tiempo.
La coartada de la sabiduría
"Hacerse viejo tiene bastante buena fama", arranca. "La gente cree que lo que dicen las personas mayores es sabiduría y a veces es cansancio." Esta frase, formulada con la naturalidad de quien no está actuando ante un micrófono sino confesando algo a un interlocutor de confianza, invierte la narrativa consolatoria dominante.
La sociedad tiende a decorar la vejez con un discurso de reverencia hacia la experiencia acumulada, a otorgar al mayor una autoridad presuntiva por el mero hecho de haber vivido más. Gabilondo, con ese "a veces" introducido como matiz punzante, sugiere que una parte de lo que se toma por lucidez es en realidad el residuo verbal de un cuerpo y una atención agotados. "Es lo que los viejos solemos decir para que parezca algo", apostilla más adelante, con la ironía de quien se incluye en la operación que está describiendo.
El monte de Bergman y su reverso
La metáfora que rescata para explicarse tiene un firmante ilustre, que ya había aparecido en el discurso del propio Gabilondo en anteriores intervenciones sobre el envejecimiento: "Decía Ingmar Bergman que envejecer es como subir un monte grande, ¿no? Cada paso que das te cuesta más, pero cada vez es más claro el paisaje". La imagen ofrece consuelo por ambos flancos. Por una parte, legitima la fatiga, pero también promete a cambio una visión más nítida del conjunto.
Pero Gabilondo introduce enseguida un contrapunto que dinamita la lectura piadosa. "Algunas veces ves con claridad el paisaje. Y otras, puede el cansancio. Y aunque veas mucho paisaje, estás tan agotado, que casi ni miras". La sabiduría contemplativa que suele atribuirse a los años se revela, entonces, como una capacidad intermitente que a menudo llega demasiado tarde, cuando ya no hay energía para ejercerla.
Despedidas
Es aquí donde el periodista introduce la formulación que dará título a la conversación. "He perdido capacidad de asombro porque he perdido capacidad de todo. Lo dije un día y alguien se enfadó conmigo, pero no me debió entender. Es un proceso de despedidas. Estás permanentemente despidiéndote. Es un juego de despedidas". La reiteración léxica no es descuido, sino la insistencia de un articulista consciente de que la palabra encaja donde otras se resbalan.
Es una expresión que, con matices casi idénticos, ya había pronunciado en su adiós al micrófono en 2021, cuando definió hacerse mayor como "un proceso de despedidas sistemático e incesante". Es su categoría estable para nombrar el fenómeno.
"Vas despidiendo capacidades físicas que tuviste y ya vas perdiéndolas. Vas perdiendo amigos. Vas perdiendo gente que conoces. Vas perdiendo cosas. Y vas despidiéndote". Cada término de esta suerte de inventario corresponde a una dimensión distinta del envejecemiento: el cuerpo, el círculo íntimo, el círculo social ampliado y el mundo material de los objetos con los que uno se ha rodeado. Y al final, la que quizá sea la despedida más dolorosa por ser la menos advertida: "vas despidiéndote de esta especie de pequeña capacidad de fascinación. Porque casi nada ya te fascina tanto".
En cualquier caso, frente a este repaso de adioses, Gabilondo introduce la que quizá sea la única prescripción útil en su reflexión. "Hay que saber despedirse con dignidad y con serenidad, ¿no?". No hay aquí una promesa de recompensa, ni un consuelo escatológico, ni una invitación al carpe diem. Hay una destreza presentada como el gesto específico que los años exigen aprender. Una virtud tardía que no se enseñaba en ninguna asignatura y que la propia biografía convierte en materia obligatoria.

Desmontando el mito
El cierre del argumento, prácticamente aforístico, es donde el periodista consuma la operación. "Pero es cansancio, ¿eh? No es haber llegado a un punto de sabiduría superior. Que es lo que los viejos solemos decir para que parezca algo, ¿no? A veces es cansancio".
Se desmonta así la forma en que se suele tratar de blindar la vejez. Recupera, sin decirlo, la etimología misma de la palabra sabiduría: cuando lo que hay es agotamiento, llamarlo sabiduría es una piadosa impostura que no beneficia al que la profesa ni al que la recibe. Nombrar la cosa por su nombre tiene un valor propio, y es probable que ahí, en la voluntad de no maquillar el cansancio con el ropaje del oráculo, resida el único tipo de sabiduría que Gabilondo se concede.

