¿Por qué las personas mayores de 70 años empiezan a regalar sus cosas?
Es una experiencia normal, en la que ciertos objetos operan como parte del yo extendido de la persona mayor
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Sucede en decenas de miles de hogares. Una madre de setenta y cinco años entrega a su hija una pulsera que llevaba treinta años en el joyero. Un padre reparte entre sus tres hijos las herramientas que usó durante toda su vida profesional. Una abuela cita a su nieta favorita para regalarle el álbum de fotos que conservaba de sus años de universidad.
Se trata de un tipo de escena que suele leerse con una explicación funcional, aquello de que quieren hacer sitio en casa, o que se están mudando a un piso más pequeño, o que se preparan por si acaso… Sin embargo, la psicología del envejecimiento lleva tres décadas documentando que este tipo de interpretación se queda muy corta. Regalar objetos personales después de los setenta no es, en la mayoría de los casos, un ejercicio de logística, sino de identidad, de memoria y de transmisión.
El convoy material y la teoría del apego
La psicología del envejecimiento ha acuñado un concepto útil para nombrar este fenómeno. Se llama convoy material, y describe el conjunto de objetos que acompaña a una persona a lo largo de su vida y que funciona como registro tangible de sus etapas, relaciones y logros. Se puede tratar de fotografías, cartas, joyas, herramientas, primeros regalos de novios, muebles heredados de los padres, cuadernos escolares de los hijos. Cada uno de esos objetos actúa como punto de anclaje de una parte de su historia. Y precisamente porque ese anclaje es algo tan personal, la decisión de a quién se entrega se convierte en una acción cargada de simbolismo.
La psicóloga Mary E. Dozier, de Mississippi State University, y la investigadora Catherine R. Ayers, de la Universidad de California en San Diego, publicaron en 2021 un artículo titulado Object attachment as we grow older (El apego a los objetos a medida que envejecemos), que ordena el campo con suma precisión. Su conclusión desmonta la primera intuición que muchos observadores externos aplican al fenómeno: el apego a los objetos en la vejez no es, salvo en casos concretos, un trastorno de acumulación. Es una experiencia normal, en la que ciertos objetos operan como parte del yo extendido de la persona mayor. Decidir su destino no responde tanto al deseo de deshacerse de ellos como a la necesidad de asegurar que la historia que contienen encuentre continuidad en manos de quien sabrá reconocerla.
El döstädning sueco
Desde Suecia, la cultura contemporánea ha aportado a este fenómeno un vocabulario propio que en los últimos años ha viajado por medio mundo. El döstädning, que es una palabra que resulta de la combinación de las palabras dö, muerte, y städning, limpieza, describe la práctica de ordenar y regalar deliberadamente las propias pertenencias antes de morir, no como un gesto luctuoso sino como un acto de responsabilidad afectiva hacia quienes van a quedar.
La artista sueca Margareta Magnusson, fallecida en marzo del año pasado en Gotemburgo a los noventa y un años, popularizó el término en su libro El arte sueco de ordenar antes de morir (Reservoir Books), traducido a más de treinta idiomas, e incluso adaptado como serie de Netflix. La regla que Magnusson repetía a lo largo del libro tiene una precisión que ninguna teoría clínica supera: hay que comprar menos, reutilizar más y acostumbrarnos a regalar las cosas que ya no usamos y que otras personas pueden necesitar. Más que por melancolía, la propuesta sueca sitúa el gesto en el terreno del alivio, al descargar el hogar futuro de una obligación que, a la muerte del propietario, recae íntegramente sobre los hijos.
La coincidencia entre la investigación académica anglosajona y la tradición cultural nórdica dibuja el mismo fenómeno desde ángulos distintos. La persona mayor de setenta años que empieza a regalar sus cosas no está renunciando, ni preparándose para desaparecer, ni resignándose. Está reorganizando conscientemente qué merece continuar y en manos de quién, y aprovechando la única oportunidad de acompañar cada objeto con su relato correspondiente, un componente narrativo que la propia herencia póstuma no permite transmitir con la misma precisión.
Cuándo es un gesto sano
Los especialistas coinciden en que este comportamiento no debe interpretarse automáticamente como signo de deterioro cognitivo, tristeza sobrevenida o depresión. En la inmensa mayoría de los casos es una manifestación de autonomía y de reflexión, no un síntoma.
La señal de alarma aparece únicamente cuando la entrega de pertenencias se combina con síntomas concurrentes como aislamiento social sostenido, confusión mental, cambios bruscos de personalidad, indicios de anhedonia o expresiones que sugieran ideas de despedida definitiva. Cuando esas señales no aparecen y la persona mayor conserva su vida social, su capacidad de decisión y su interés vital, el gesto de regalar objetos personales corresponde exactamente a lo que aparenta: un acto adulto de transmisión biográfica, ejecutado antes de que la biografía deje de admitir palabras que la acompañen.
