Psicología

¿Qué hacer si no te gustan los amigos de tu hijo?

Fotograma de "El club de los cinco". Redacción Uppers
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Cuando un padre observa que su hijo de quince años empieza a llegar tarde a casa, se salta las clases del jueves, huele a tabaco al abrazarle o ha reemplazado a sus amigos del barrio de toda la vida por un grupo nuevo cuya composición no acaba de gustar, la reacción que sale casi como acto reflejo suele ser siempre la misma. Se le prohíbe verlos, se retiran privilegios y se descarga la sospecha sobre los otros. Y sin embargo, según viene sosteniendo la profesora y divulgadora Diana Al Azem, esta forma de abordar la situación suele empeorar exactamente lo que pretende arreglar. La cuestión no arranca en los amigos. Arranca antes.

Al Azem formula el diagnóstico con la claridad de quien ya ha tenido esta conversación centenares de veces tanto desde el aula como desde la consulta familiar: "No te gustan las amistades de tu hijo, pero debes saber que el problema empezó antes que sus amigos. El problema empieza cuando el adolescente necesita sentirse aceptado". Y es precisamente el punto en el que la mayoría de los adultos se equivocan de blanco al reaccionar.

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No es capricho, es biología

La base de esta afirmación es clara para Al Azem: "Durante la adolescencia, pertenecer a un grupo no es solo un capricho, es una necesidad biológica. Su cerebro está programado para buscar su sitio". Esta es una realidad respaldada por la neurociencia, que ha documentado cómo el cerebro adolescente atraviesa una remodelación intensa del sistema de recompensa que hace que el reconocimiento del grupo de iguales active áreas cerebrales con una potencia comparable a la que en la vida adulta activaría un incentivo económico significativo. 

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La pertenencia, de este modo, no es un adorno emocional. Es, durante esos años, un sistema de regulación del yo. El adolescente que encuentra un grupo en el que se siente escuchado, importante y valorado (independientemente del perfil sociológico de ese grupo) tiende a permanecer en él porque, en términos neurológicos, ese entorno le está proporcionando lo que su organismo pide con más urgencia.

Y ahí Al Azem introduce la parte que resulta más incómoda para muchos padres: "Y si su grupo le hace sentir importante, escuchado y valorado, pues es muy probable que se quede ahí. Aunque ese grupo fume, aunque falten a clase, aunque hagan cosas que saben que no están bien". No es que los adolescentes carezcan de criterio moral. Es que ese criterio moral queda temporalmente supeditado a una función más profunda, la de encontrar un sitio propio, que la evolución hizo prioritaria en esta etapa de su desarrollo. "No porque esos chicos sean más fuertes que tú, sino porque en ese momento están cubriendo una necesidad que tu adolescente siente como urgente".

Por qué la prohibición es un mal instrumento

De esa premisa se deriva su siguiente aviso, dirigido a los padres que optan por la vía directa: "El error no es solo decirle 'no quiero que vayas con ellos'. Porque si le quitas el grupo sin ofrecerle otro lugar donde sentirse aceptado, solo conseguirás que quiera volver todavía más con ellos".

Cuando se le retira al adolescente el único proveedor disponible de un bien que su cerebro considera indispensable, en este caso la pertenencia, sin ofrecerle un sustituto equivalente, la demanda no desaparece, sino que se intensifica. Y el mercado más accesible sigue siendo, casi siempre, el que se le acaba de prohibir. El adolescente vuelve, además, cargado del resentimiento adicional que la prohibición ha añadido a la ecuación.

La solución puede ser un cambio de enfoque

El giro que Al Azem propone al padre no es una técnica, es un cambio de enfoque. "La verdadera pregunta no es '¿quiénes son tus amigos?'. La pregunta aquí es '¿qué está encontrando en ellos que siente que le falta en otro sitio?'". Planteado de esta manera, la conversación deja de girar en torno a las compañías y se convierte en una investigación honesta sobre lo que no se le está ofreciendo desde casa, desde el colegio, desde sus adultos de referencia. 

¿Encuentra en ese grupo una escucha sin juicios que en la mesa del comedor no consigue? ¿Encuentra una legitimación de sus emociones que en casa se despacha con un "tú lo tienes todo, no sé de qué te quejas"? ¿Encuentra un espacio donde puede probarse sin ser corregido en cada frase? La respuesta suele ser incómoda porque casi siempre apunta a algo que los padres podrían proporcionar y que, por prisa o por costumbre, no proporcionan.

Y de ahí deriva el objetivo que Al Azem propone como reemplazo del bloqueo frontal: "cuando entiendes eso, dejas de luchar contra las malas compañías y empiezas a fortalecer el criterio de tu hijo para elegir las buenas". La operación deja de consistir en apartar a los otros, que es una tarea condenada al fracaso en un adolescente que aún tiene, mínimo, tres o cuatro años de escolarización compartida por delante, y pasa a consistir en construir en el propio hijo los cimientos que le permitan, algún día y por decisión propia, elegir espacios donde su necesidad de pertenencia se cubra sin coste. No es un trabajo de un fin de semana. Es un cambio de rol: del padre policía al padre proveedor de recursos afectivos.

Límites que no se negocian

Nada de todo lo anterior implica que los adultos deban abstenerse de opinar sobre los amigos de sus hijos o mirar hacia otro lado cuando la deriva del grupo pone en riesgo la salud, la escolarización o la seguridad del adolescente.

Hay límites que no se negocian, como el consumo de sustancias, la exposición a la violencia o la interrupción del estudio, y la parentalidad responsable exige nombrarlos con claridad. Pero incluso esos límites operan mejor cuando se establecen desde una relación de escucha previa que cuando llegan como decreto desde arriba. En el discurso de Al Azem, el adulto conserva plenamente su función normativa; simplemente la ejerce después de haber respondido la pregunta que su hijo está formulando sin palabras, no antes.