¿Y si dejamos de ver el divorcio como un fracaso y lo entendemos como un éxito?

El estigma social e íntimo de los divorcios sigue vigente: "¿No será mejor que dos personas que se quisieron, evolucionaron, elijan separarse con amor en vez de destruirse juntas?", se pregunta la experta
"Se nos rompió el amor, pero no dañemos a los niños": cómo hacerlo bien en un divorcio que es mejor para todos
Cuando alguien anuncia en su círculo más íntimo que se divorcia, las reacciones y sensaciones suelen ser las mismas. Cabezas ligeramente inclinadas, los "cuánto lo siento", las miradas que oscilan entre la conmiseración y la sospecha, y la coletilla implícita de que algo, en algún momento, no funcionó del todo. Los veranos, dicen los datos, son la época en la que más divorcios se firman en nuestro país, sobre todo alrededor de los 50 años.
Está claro que en la actualidad la palabra divorcio va asociada al fracaso. Pero la psicoterapeuta clínica y sexóloga Nilda Chiaraviglio cuestiona de raíz ese emparejamiento de ideas y proponer un ejercicio semántico, pero también emocional, que envuelve al término. Su idea se resume en algo tan simple y tan complicado como pensar que "El divorcio en sí mismo jamás es un fracaso".
La propuesta viene de una de las voces psicoterapéuticas más influyentes en lengua castellana. Cuenta con una maestría en terapia familiar y otra en sexología, orientación y terapia sexual. Ha sido reconocida con el Premio Nacional de Excelencia Profesional 2017 y con un Doctorado Honoris Causa en 2021, y suma más de veinte años de práctica clínica ininterrumpida especializada en pareja, familia, sexualidad y diversidad sexual. Ha publicado la trilogía de libros compuesta por ‘La pareja no existe’, ‘La pareja se crea’ y ‘La pareja se destruye’, y su comunidad digital roza los dos millones de seguidores en Instagram.
Con este pedigrí profesional, la pregunta que formula gana solidez al ir más allá de un simple juego retórico, convirtiéndose en una intervención terapéutica dirigida a desactivar un dispositivo cultural que empobrece la toma de decisiones adultas.
Por qué el "qué dirán" gana la partida
En su programa "Después del Divorcio", Chiaraviglio ya pone las cartas boca arriba:"La cultura nos ha enseñado a ver el divorcio como un fracaso, lo que ha provocado una gran limitación en nuestra toma de decisiones, pues preferimos atropellar nuestro bienestar en lugar de elegir cómo queremos vivir. El 'qué dirán' y lo que 'debe ser' nos impiden cuidar de nosotros mismos".
Es decir, si el veredicto social del divorcio ya está firmado por adelantado, muchas parejas prefieren postergar indefinidamente una separación necesaria antes que enfrentarse a la etiqueta pública del fracaso, sacrificando, incluso durante décadas, su propio bienestar emocional, físico y sexual.
Frente a ese diagnóstico, la terapeuta propone un ejercicio de sustitución semántica. En lugar de aceptar la ecuación divorcio = fracaso, sugiere formularse una pregunta distinta: "¿será fracaso o será un éxito?". Y añade el matiz argumentativo que reordena la lectura moral del proceso: hay separaciones que son un éxito porque las protagonizan "dos personas que se quisieron, evolucionaron, eligieron separarse con amor en vez de destruirse juntas".
La ruptura, viéndola de esta forma, puede convertirse en toda una demostración de madurez, no un déficit de compromiso. Terminar bien lo que no puede continuar bien es una forma de fidelidad al vínculo, no una traición a él.
Lo que la sociedad no ve
La segunda parte de este razonamiento resulta particularmente incómoda para el sentido común dominante. Chiaraviglio observa que "hay relaciones que duran en el tiempo sin que nadie pregunte en qué condiciones están viviendo". Es la crítica implícita a un mercado social que premia el mero rendimiento cronológico con bodas de plata, de oro, de brillante… Sin prestar la mínima atención al estado de salud emocional del ecosistema conyugal.
Por ello, la terapeuta introduce un nuevo criterio que sirve para reemplazar esa forma de medir el éxito o fracaso de un matrimonio, planteando que en lugar de pensar en "¿Cuántos años llevan?", a lo que se dé verdadero valor es a "¿Cómo llevan los años?". La primera pregunta solo tiene en cuenta el tiempo transcurrido, mientras que la segunda valora la calidad con la que se ha vivido.
Este planteamiento tiene un peso añadido si ya se rebasa los cincuenta. Desde hace un cuarto de siglo se observa una notoria expansión del llamado divorcio gris o divorcio senior, protagonizado por parejas de larga trayectoria que optan por reformular el último tercio de su vida en solitario o con un vínculo nuevo. Para estos casos, la carga cultural del veredicto "fracaso" resulta doblemente asfixiante ya que suma al peso del propio proceso emocional, el estigma social de haber sostenido durante décadas una fachada que la sociedad admiraba. La propuesta de Chiaraviglio ofrece un vocabulario alternativo con el que reencuadrar la decisión sin negar el duelo ni negociar con la culpa.

