Estado de salud

Perder masa muscular no es inevitable: el error cotidiano que acelera el proceso después de los 50

Sarcopenia, la enfermedad que ataca a nuestro cuerpo con el paso de los años
Sarcopenia, la enfermedad que ataca a nuestro cuerpo con el paso de los años. Redacción Uppers
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Existe una convicción tácita, alimentada durante décadas por la propia biología del envejecimiento, que dicta que perder músculo a partir de los cincuenta forma parte de un guión irreversible del organismo. La ciencia ha desmontado esta creencia de forma radical, llegando a la conclusión de que ese declive muscular asociado a la edad no solo puede ralentizarse, sino en buena medida revertirse, con una intervención muy concreta que la mayoría ignora u olvida. El error, banal por cotidiano y devastador por acumulado, tiene un nombre técnico: mal reparto proteico diario.

El dato que la báscula no revela

A partir de los treinta años se inicia una erosión discreta de la masa muscular; a partir de los cincuenta, la pendiente se agudiza. Investigaciones recientes cifran esa merma en hasta un ocho por ciento por década cuando la dieta no se ajusta y no se acompaña de ejercicio de fuerza. Lo importante aquí no es la magnitud del descenso, sino que ese porcentaje se corresponde con una trayectoria que resulta evitable, y no con grandes sacrificios. Al fin y al cabo, la biología marca el ritmo, pero los hábitos cotidianos deciden si se acelera o se frena.

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Aquí es donde se produce el error. La mayoría de los adultos mayores de cincuenta consume proteína suficiente en términos globales, pero la concentra casi por completo en una sola comida. El desayuno se reduce con frecuencia a un carbohidrato rápido, como una tostada, bollería industrial o café con leche y el almuerzo, cuando incluye proteína, lo hace en cantidades modestas y variables. El resultado es un patrón de alimentación desequilibrado que priva al músculo del estímulo repetido que necesita a lo largo del día para activar la síntesis de tejido nuevo.

El obstáculo que la juventud ignora

El motivo por el que este descuido tiene consecuencias más severas a partir de los cincuenta que a los treinta es un fenómeno fisiológico llamado resistencia anabólica. Con la edad, el músculo se vuelve progresivamente menos sensible al efecto de las proteínas ingeridas, de forma que la misma dosis que a los veinticinco años activaba con eficacia la síntesis proteica muscular, a los sesenta apenas la despierta. Para obtener el mismo estímulo constructivo, el organismo maduro necesita cantidades mayores por comida y, sobre todo, dosis repetidas a lo largo del día.

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Esa constatación ha empujado a las autoridades a revisar al alza sus recomendaciones. Las guías dietéticas elevan la ingesta proteica diaria recomendada para adultos mayores de cincuenta a un rango de entre 1,2 y 1,6 gramos por kilogramo de peso corporal, dependiendo de las necesidades energéticas individuales. Se creía que 0,8 gramos por kilo era un umbral pensado para "prevenir el desgaste" en adultos jóvenes, pero no para preservar el vigor muscular en la mediana edad. 

Ejercicio de fuerza para combatir la sarcopenia

La distribución importa tanto como la cantidad

El segundo hallazgo es el más operativo: no basta con aumentar la cantidad total; hay que distribuirla. Los especialistas recomiendan entre quince y treinta gramos de proteína en cada comida principal, con un umbral mínimo por ingesta que rara vez se alcanza si el desayuno se limita a un café. 

Un desayuno adecuado a esta edad incluiría yogur griego con semillas, huevos acompañados de lácteos, un batido a base de leche o soja, o queso fresco batido con fruta. En la comida y la cena, la proteína pasa a ser eje del plato: pollo, pavo, atún con legumbres, sopa de lentejas con huevo, tofu salteado, salmón o carne magra con vegetales. 

Entre horas, un puñado de frutos secos, un cuenco de edamame o dos cucharadas de hummus añaden diez o quince gramos adicionales sin esfuerzo. La mujer posmenopáusica, sometida al descenso del estrógeno, tiene indicación de moverse en el tramo alto del rango recomendado, sobre todo si no entrena fuerza.

Existe, además, un error que refuerza al primero: pasar la mayor parte del día sentado. Aunque se dedique una hora diaria a caminar o al gimnasio, la inactividad prolongada durante las quince o dieciséis horas restantes reduce la sensibilidad muscular a la glucosa y a la síntesis proteica. El músculo no distingue entre "no entrenar" y "entrenar y luego no moverse": lo que registra es el saldo total de estímulos recibidos. Levantarse cada treinta o sesenta minutos, subir un tramo de escaleras, caminar mientras se habla por teléfono, hacer las tareas domésticas de pie: son gestos triviales cuya suma diaria decide, en el largo plazo, si el músculo se conserva o se consume.