Bienestar

Cada vez más mayores de 50 vuelven a estudiar: los beneficios que van mucho más allá del trabajo

Volver a la universidad después de los 50. Redacción Uppers
Compartir

Durante décadas, matricularse en la universidad después de los cincuenta se ha considerado un gesto excéntrico, casi un capricho al que solo se entregaban jubilados con demasiado tiempo libre y curiosidades sin canalizar. Por fortuna, esa lectura ha empezado a resultar incompleta. 

En España, el número de personas maduras que regresan al aula crece de forma sostenida con cada curso, alimentado por el alargamiento de la esperanza de vida, la reconfiguración del mercado laboral y un hecho que la ciencia acaba de subrayar: estudiar en la madurez no solo abre oportunidades profesionales, sino que protege el cerebro, sostiene la identidad y densifica la vida social justo cuando esta suele empezar a estrecharse.

La magnitud del cambio ha dejado de ser anecdótica, como revelan las estadísticas. Según el INE, el 14,3% de los hombres y el 17,7% de las mujeres españolas de entre 25 y 64 años participaron en alguna actividad de formación permanente en las cuatro semanas previas a la encuesta, una tasa que sitúa a España por encima de la media de la Unión Europea (12,3% en hombres y 14,8% en mujeres) por primera vez. El dato importante no es solo el volumen, sino la dirección: la participación adulta en aprendizaje formal e informal viene creciendo sin interrupción desde 2022.

Dentro de ese universo, el nicho sénior ha alcanzado una escala que resultaba impensable hace solo una década. Alrededor de un centenar de universidades públicas, privadas y centros culturales españoles ofrecen actualmente los llamados Programas Universitarios para Mayores o Aulas de la Experiencia. La UNED, la mayor universidad española, con más de doscientos mil estudiantes, canaliza además esta demanda a través del programa UNED Sénior, específicamente dirigido a mayores de 55 años y sin examen ni nota de corte, y de sus cursos de acceso para mayores de 45 y 50 años, cuyas matrículas se abren cada verano.

La base científica de un blindaje cognitivo

El motivo profundo por el que este movimiento merece atención va más allá del mundo laboral. La neurología lleva años documentando que el aprendizaje sostenido en la vida adulta es uno de los mecanismos más eficaces para incrementar la llamada reserva cognitiva, es decir, la capacidad del cerebro para resistir el daño estructural asociado al envejecimiento sin traducirlo en pérdida funcional visible. Cuanto mayor es esa reserva, más tarde se manifiestan los síntomas de un deterioro cognitivo eventual, y más suaves resultan cuando aparecen.

La diferencia no la marca el número de horas frente a la televisión, ni siquiera la conversación social, sino la exigencia mental de aprender algo verdaderamente nuevo. El aula, con su combinación de contenidos desconocidos, retos secuenciales y evaluación progresiva, se comporta como un gimnasio cerebral difícil de igualar en el ecosistema del ocio adulto. Además, estas mejoras no solo son medibles e inmediatas, sino sostenidas a un año vista, y esos beneficios se dan tanto en personas con nivel educativo alto como en las de nivel educativo bajo.

Una red social que se rejuvenece por dentro

El segundo gran beneficio es social. La franja de edad posterior a los cincuenta suele coincidir con la contracción silenciosa del círculo íntimo, y eso es uno de los factores de riesgo mejor documentados para el deterioro cognitivo y la depresión geriátrica. 

Volver al aula reconstruye ese tejido de una forma única, haciendo posible que compañeros con treinta años de diferencia compartan trabajos en grupo o que profesores y alumnos maduros discutan en igualdad. En los programas para mayores de las universidades presenciales, la asistencia física a las clases que no está exigida por la ley, sino que es voluntaria, es notablemente superior a la del alumnado joven. La gente va porque quiere estar allí.

Reinventarse sin justificarlo

Existe, por último, una dimensión que las estadísticas apenas capturan y que quienes lo viven describen con particular emoción: la reapropiación de una identidad que la vida adulta había ido reduciendo al rol profesional o familiar. Estudiar Historia del Arte a los sesenta y dos años no responde a un plan de carrera, sino más bien a un impulso legítimo para recuperar la curiosidad como principio organizador del tiempo. Y precisamente porque no persigue una meta concreta, produce un tipo particular de satisfacción, la del aprendizaje no negociado, que no depende de una nota, de un ascenso o de un contrato.