Bonham Carter, Cher, Sánchez-Gijón: por qué sigue desconcertando que una mujer madura esté con un hombre más joven
Todavía cuesta aceptar con naturalidad algo tan sencillo como que una mujer adulta puede seguir sintiendo deseo, ser deseada y enamorarse de quien le dé la gana
¿Y si dejamos de ver el divorcio como un fracaso y lo entendemos como un éxito?
Cuando hablamos de pareja hay una escena que sigue desconcertando a mucha gente, por mucho que la sociedad haya avanzado. Una mujer de más de 50 años aparece de la mano de un hombre mucho más joven y, antes de preguntarnos si se quieren, si se entienden o si son felices, empezamos a buscar una explicación. Qué habrá visto en ella. Qué verá en él. Qué interés oculto habrá. Si eso puede durar.
En cambio, un hombre maduro acompañado por una mujer joven forma parte de un paisaje sentimental tan conocido que apenas nos detenemos en ello. Sí, puede suscitar comentarios, pero rara vez se interpreta automáticamente como una anomalía. Mientras a ellos se les permite envejecer sin que su edad determine necesariamente su atractivo, su autoridad o su capacidad de seducción, ellas siguen sometidas a una especie de fecha de caducidad social.
A partir de cierta edad no solo se espera que una mujer parezca más joven de lo que es. También se espera que su vida sentimental sea coherente con esa edad, discreta y, a ser posible, cronológicamente convencional. Todavía nos cuesta aceptar con naturalidad algo tan sencillo como que una mujer adulta puede seguir sintiendo deseo, puede ser deseada y puede enamorarse de quien le dé la gana sin que la diferencia de edad se convierta automáticamente en un problema que los demás tengan que resolver.
Hablamos de un fenómeno muy antiguo. Madonna lleva décadas conviviendo con ese escrutinio sobre sus relaciones. Cher ha tenido que responder a las críticas por su relación con Alexander Edwards, cuarenta años menor. Helena Bonham Carter mantiene desde hace años una relación con un hombre dos décadas más joven. Aitana Sánchez-Gijón (57) ha levantado suspicacias por su relación con Maxi Iglesias (35); y ahora Fabiola Martínez, ex de Bertín Osborne es noticia por, presuntamente, estar conociendo a sus 53 años un hombre de alrededor de 30.
Un estudio clásico de Gloria Cowan publicado en 'Sex Roles' ya encontró en los años 80 que las parejas con una mujer significativamente mayor eran juzgadas como menos susceptibles de tener éxito que las parejas en las que el hombre era el mayor. La diferencia de edad importaba, pero también importaba quién ocupaba el lugar del miembro de más edad.
“La sociedad se sigue escandalizando cuando una mujer tiene por pareja un hombre mucho más joven que ella. A la mente de cualquiera es fácil que venga la frase: esa es una asalta cunas", nos contaba aquí la psicóloga Ana Castro Liz, experta en terapia de pareja.
La experta invita a ver este tipo de relación sin prejuicios, pero desde un prisma realista. No es que la edad carezca de importancia. Una diferencia de veinte o treinta años puede implicar experiencias vitales, proyectos, salud, sexualidad, expectativas familiares o situaciones económicas diferentes. Precisamente por eso merece la pena analizar cada relación por sus circunstancias reales y no por una caricatura. Lo que resulta discutible es asumir de entrada que tiene que haber motivos ocultos.
Envejecer a ojos de los demás
Buena parte del problema está relacionada con algo más profundo que la diferencia de edad. Tiene que ver con la forma en que nuestra cultura contempla el envejecimiento femenino. A las mujeres se les exige durante décadas conservar una apariencia asociada a la juventud, mientras se presenta el envejecimiento masculino con un vocabulario mucho más indulgente en el que caben palabras como carácter, experiencia o madurez.
Ese mecanismo ayuda a entender por qué incomoda tanto ver a una mujer madura ejerciendo su libertad sentimental como cualquier otra persona. En este caso las explicaciones se multiplican. Ella quiere sentirse joven. Él busca dinero. Ella atraviesa una crisis. Él busca fama. Ella teme envejecer. Él busca una madre.
No parece entrar en la ecuación que simplemente puedan estar enamorados, sentirse atraídos, divertirse, compartir intereses o haber encontrado una relación que funciona. "El colágeno no es la única forma de sensualidad; hay carácter, diversión, picardía y humor", respondió Helena Bonham Carter cuando fue cuestionada por la diferencia de edad con Rye Dag Holmboe, 22 años más joven que ella.
Hacerse inmune a las opiniones de los demás
Lo malo es que la mirada social termina convirtiéndose en una mirada interior. Y esa bien puede ser una de las formas más sofisticadas del edadismo. No hace falta prohibirle a una mujer que salga con un hombre joven. Basta con conseguir que ella misma se pregunte si debería hacerlo.
"Hay que asumir los conflictos que va a suponer. Yo no puedo pretender que porque he elegido a una persona mucho menor que yo, los demás tengan que aceptarlo porque sí; igual soy yo la que tiene que asumir que voy a aceptar que los demás no lo entiendan", nos explicaba aquí la psicóloga Rosana Pereira.
"No podemos controlar lo que los demás van a pensar. De modo que lo ideal sería mantener una postura del tipo: 'A ti te puede parecer mal que esté con esta persona, pero es mi decisión y lo hago porque me va bien'. Hay que saber mirar hacia delante con independencia de lo que opinen los que tengo alrededor", agregaba.
Algo está cambiando
También sería injusto pensar que nada ha cambiado. Lo está haciendo, aunque lentamente. Cada vez aparecen más representaciones de mujeres maduras con parejas más jóvenes que no las muestran como una rareza cómica, una depredadora sexual o una mujer desesperada por recuperar la juventud. El cine, las series, las redes sociales y mujeres populares como las antes citadas contribuyen a que estas relaciones que se salen del molde tradicional nos parezcan menos extraordinarias.
Eso no significa que haya que convertir a Madonna o Cher en modelos sentimentales; ni que una diferencia de edad sea automáticamente una garantía de libertad, igualdad o felicidad. Simplemente significa que una mujer adulta no tiene por qué ser juzgada por el número que aparece en el DNI de su pareja.
