La Jurado, Camarón o Lola: los boomers ya 'farmeábamos aura' antes de que los Z fardasen de carisma

Algunos de nuestros grandes iconos fueron auténticas máquinas de acumular aura mucho antes de que existieran las redes sociales
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Por si has llegado tarde a la conversación favorita de finales de verano en las redes sociales, 'farmear aura' es una de esas expresiones que la Generación Z han convertido en un fenómeno. La idea mezcla la jerga de los videojuegos con esa noción intangible de proyectar carisma, presencia, estilo o seguridad. Cuando alguien hace algo especialmente imponente, genuino o sencillamente inolvidable, se dice que ha sumado puntos de aura. La tendencia ha salido incluso de las pantallas y ha llegado a las calles, dando lugar a encuentros y batallas de gestos, poses y movimientos.
Hasta aquí, todo perfectamente comprensible, dentro de lo desconcertante que para algunos pueda ser presenciar en directo uno de estos 'duelos callejeros'. Lo que quizá merezca una revisión histórica es la idea de que esto sea enteramente nuevo. Porque en España llevamos muchísimo tiempo 'farmeando aura' sin necesidad de llamarlo así y sin puntos imaginarios. Aquí hemos tenido artistas capaces de entrar en una habitación, abrir la boca, negarse a algo o plantarse delante de un micrófono y provocar inmediatamente ese efecto que ahora un adolescente resumiría como 'aura infinita'.
Tampoco queremos pecar de nostálgicos pero, vistos con las gafas del presente, algunos de nuestros grandes iconos 'boomers' fueron auténticas máquinas de acumular aura antes de que existiera TikTok, antes de los filtros y antes de que nadie pensara que el carisma podía gamificarse.

Lola Flores, el aura como estado natural
Empecemos por un caso difícil de discutir. La Faraona no parecía una persona que necesitara 'farmear' nada. Su forma de hablar, de moverse, de mirar a cámara y de convertir cualquier frase en material memorable ("Si me queréis, irse") responde bastante bien a la definición contemporánea del fenómeno. Presencia, personalidad y esa facilidad para parecer extraordinaria sin hacer ningún esfuerzo visible. Quizás el nivel máximo de aura.

Raphael, la sobreactuación gloriosa
Raphael lleva más de medio siglo dando clases magistrales de presencia escénica. Sus gestos, su dramatismo, su manera de ocupar el espacio y esa seguridad tan suya podrían parecer excesivos si los hiciera cualquier otra persona. Qué demonios, también lo son en él mismo, pero precisamente ahí está la cuestión. El aura, en su caso, no consiste precisamente en ser discreto, sino en resultar inolvidable.

Rocío Jurado, cuando el escenario se quedaba pequeño
'La más grande' no recibió ese apodo de forma gratuita. No era solo cuestión de voz -aunque podía sostener una nota hasta que retumbaran los cimientos de la sala-, sino de algo más de difícil de cuantificar: poderío. La de Chipiona se plantaba delante del micrófono, desplegaba la bata de cola con la autoridad de un pavo real y llenaba enteramente el escenario. Voz, vestuario, postura, mirada, drama. Todo perfectamente alineado. Daba la impresión de que el escenario había tenido la suerte de que ella aceptara subirse.

Nino Bravo, la potencia natural
El cantante valenciano jugaba en otra liga distinta a los anteriores. En su caso no era un cuestión de coreografía, teatralidad o ropa imposible. Él resolvía el asunto únicamente con la voz. Porque también hay que reivindicar esa modalidad de 'farmeo' en la era del autotune y los arreglos digitales. Su torrente vocal capaz de erizar la piel a kilómetros de distancia. De hecho, escuchar determinadas interpretaciones de Nino Bravo sigue produciendo esa reacción que ahora se traduciría en una secuencia de emojis, mayúsculas y varios miles de puntos imaginarios.

Serrat y el día que dijo no
Y aquí llegamos a una de las grandes jugadas de aura de nuestra música popular, aunque entonces nadie utilizara semejante vocabulario. En 1968, Joan Manuel Serrat había sido elegido para representar a España en Eurovisión con 'La, la, la'. Él insistió en interpretarla en catalán y terminó rechazando participar cuando no se aceptó esa condición. Plantarse ante la televisión franquista y renunciar a un escaparate gigantesco cuando considera que no puede participar en sus propios términos es una de las mayores cosechas de aura de la historia cultural española. Principios, firmeza y coherencia.

Massiel, el arrebato y la victoria
Y siguiendo con la historia, Massiel fue la llamada para sustituir a Serrat y asumir el reto eurovisivo con solo unos días de margen. Regresó de una gira en México, aprendió y grabó la canción en tiempo récord, realizó la promoción y acudió a Londres, donde acabó ganando el certamen ante los favoritos por un solo punto. Volvió a casa con la corona puesta sin perde ni un ápice de su carácter directo, espontáneo y rebelde. Una demostración de aura infinita.

Camarón de la Isla, el aura mitológica
Hay quienes intentan construir un aire de misterio sobre su figura, pero Camarón lo tenía de forma natural. Aparecer en el escenario, afinar la garganta y sentarse en la silla mirando al suelo era suficiente para transformar la atmósfera. Su presencia transmitía un un respeto casi reverencial incluso antes de emitir un solo quejío. Era el perfecto ejemplo de que el aura no siempre consiste en parecer poderoso; a veces consiste en tener una identidad tan fuerte que ni siquiera necesitas demostrarla.

Tino Casal, más siempre es mejor
Si hablamos de estética, extravagancia, teatralidad y actitud, Tino Casal era un adelantado a su tiempo. Paseaba abrigos de leopardo, hombreras imposibles y maquillaje de neón en una España que apenas estaba despertando a la modernidad. Tino no pedía permiso ni buscaba encajar. Con él, más siempre era mejor. Si el concepto de exceso existe, él decidió explorar sus límites y comprobar si al otro lado había otra dimensión.

Chimo Bayo, el aura marciana
Y llegamos a un nombre que quizá algunos no habrían incluido en el panteón académico del carisma, lo cual demuestra que el panteón necesita actualizarse. Porque si algo nos enseñó el DJ de 'Así me gusta a mí' desde su cabina y parapetado tras unas gafas de sol es que el aura puede ser estruendosa, electrónica, desacomplejada y ligeramente marciana. Que aunque nadie sepa bien qué está ocurriendo en su fiesta, todo el mundo quiera participar en ella.
