Por qué alquilar un VHS nos hacía mucho más felices que elegir entre miles de películas en streaming
La paradoja de la elección plantea que tener más posibilidades de elegir no siempre nos hace sentir más libres ni más satisfechos
Así sobrevive uno de los últimos videoclubs: "Tiene algo romántico: muchos vienen por nostalgia”
Cuando éramos más jóvenes, allá por los años 80 y los 90, había un pequeño ritual que se repetía casi todos los viernes. Visita al videoclub de la esquina, paseo entre las estanterías, alguna discusión delante de las carátulas y finalmente una decisión que había que tomar. Qué película (o qué películas) nos llevábamos para ver el fin de semana. Y nos íbamos tan contentos. Hoy podemos pasarnos tres cuartos de hora haciendo scroll infinito por el catálogo de una plataforma de streaming para terminar durmiéndonos sin haber visto nada. Y nos sentimos frustrados.
Y quizá por eso aquella época nos parece, con la distancia de los años, sorprendentemente feliz. No es únicamente nostalgia. O, mejor dicho, no es solo nostalgia. Hay algo en aquella ceremonia cotidiana que encaja bastante bien con lo que la psicología lleva décadas estudiando. Se llama paradoja de la elección y plantea una idea que a primera vista puede parecer contradictoria. Tener más posibilidades de elegir no siempre nos hace sentir más libres ni más satisfechos. En ocasiones ocurre justo lo contrario.
El psicólogo estadounidense Barry Schwartz popularizó este idea en su libro 'The Paradox of Choice', publicado en 2004. Su argumento era sencillo y bastante incómodo para una sociedad que había convertido la abundancia de opciones en sinónimo de progreso. Cuando las alternativas se multiplican, aumenta también el esfuerzo necesario para compararlas, aparece el miedo a equivocarse y, a los diez minutos de haber escogido, puede surgir la sospecha de que quizás había una opción mejor. Y ahí nos acordamos de nuestro viejo videoclub.
Una película, no un algoritmo
Para empezar, en aquellos tiempos la elección estaba físicamente limitada. El videoclub tenía unas estanterías en las que cabía lo que cabía. Podíamos preguntar al dependiente, fijarnos en una carátula, recordar que un amigo había hablado maravillas de aquella película o dejarnos llevar por la sinopsis de la contraportada. No teníamos que preguntarnos si aquella comedia era mejor que otras 47 comedias disponibles. De hecho, podíamos entrar buscando una de acción y salir con una de terror porque la portada nos había llamado la atención. No existía una pantalla ofreciéndonos otra posibilidad cada vez que descartábamos una.
Hoy podemos pasar un buen rato recorriendo Netflix, Prime Video, Disney+, Max o cualquier otra plataforma para terminar diciendo la frase que se ha convertido en una pequeña tragedia doméstica de nuestro tiempo: "No hay nada que ver". Pero no es exactamente que no haya nada. Es que hay demasiado. Un metaanálisis publicado en el Journal of Consumer Psychology concluyó que la sobrecarga aparece con mayor facilidad cuando la elección es compleja, la tarea resulta difícil, no tenemos muy claras nuestras preferencias o estamos especialmente interesados en reducir el esfuerzo necesario para decidir.
Y pocas decisiones reúnen hoy tantas de esas características como escoger algo para ver un viernes por la noche. Queremos algo entretenido, pero no demasiado largo; que sea bueno, pero no deprimente; que nos guste a los dos; que no hayamos visto y que merezca la pena. Y, si puede ser, que no nos haga arrepentirnos dentro de diez minutos. Antes simplemente queríamos una película.
Un pequeño acontecimiento
Y antes, además, había otra cosa. En aquellos tiempos una vez tomada la decisión dejábamos de elegir. La cinta estaba en casa. Nos habíamos dejado parte de la paga en ello y había que verla. Aquello era un pequeño acontecimiento con el que nos comprometíamos. Eso también contribuía a disfrutarla. Incluso si resultaba que la película era dolorosamente mala, la veíamos entera y buscábamos los aspectos más rescatables. Desarrollábamos cierta paciencia crítica. De ahí el amor que muchos profesan por la serie B más pura. Hoy, si los primeros minutos no nos enganchan, saltamos a otra cosa mariposa, alimentando un ciclo de hiperestimulación permanente.
Por eso recordamos con tanta ternura aquellos fines de semana. No solo echamos de menos el VHS, las carátulas, el rebobinado y aquella obligación casi religiosa de devolver la cinta a tiempo. Echamos de menos una experiencia en la que elegir ocupaba poco espacio mental. A veces simplemente necesitamos que alguien, o algo, nos quite unas cuantas posibilidades de delante para disfrutar con más calma de lo que nos queda.
