Estado de salud

Las siestas largas y frecuentes pueden ser una señal de alerta pasados los 50 años, según Harvard

Lo que dicen de tu salud tus siestas. Redacción Uppers
  • Cada hora adicional de siesta diurna registrada al inicio del estudio se correspondió con un riesgo de mortalidad aproximadamente un 13% mayor durante los años siguientes

  • Las siestas, ¿largas o cortas?

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Imaginemos una escena: un adulto de setenta años vuelve de su paseo matinal, se sienta en el sillón, cierra los ojos y no vuelve a abrirlos hasta pasada una hora larga. La situación se repite después varias veces al día. La familia lo interpreta como el ritmo natural de la edad, esa misma persona lo justifica como una consecuencia lógica del envejecimiento. Nadie en la casa lo relaciona con una posible causa médica subyacente. 

Un estudio reciente dirigido por la Universidad de Harvard propone leer esa escena de otro modo. La siesta larga, frecuente y desplazada a la primera mitad del día no es en sí misma un problema, pero sí que puede estar señalando uno.

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El equipo investigador siguió durante diecinueve años a 1.338 adultos con una edad mínima de cincuenta y seis años. Todos ellos residían en la comunidad, llevaban vida autónoma y aceptaron portar durante hasta catorce días un dispositivo de actigrafía, que es una especie de reloj de pulsera que registra el movimiento y permite deducir con precisión los periodos de sueño y vigilia sin depender del testimonio del participante. 

Este detalle metodológico es el que separa este trabajo de la mayoría de investigaciones anteriores sobre siesta y salud, que se apoyaban en cuestionarios autoinformados con el sesgo evidente que ese método arrastra. La siesta diurna se definió como cualquier episodio de sueño registrado entre las nueve de la mañana y las siete de la tarde.

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Tres patrones preocupantes

Durante el seguimiento fallecieron 926 participantes, el 69,2% de la muestra, a una edad media de más de ochenta años. Al cruzar sus patrones de siesta iniciales con las fechas y causas de fallecimiento, los investigadores identificaron tres asociaciones estadísticamente significativas. Cada hora adicional de siesta diurna registrada al inicio del estudio se correspondió con un riesgo de mortalidad aproximadamente un 13% mayor durante los años siguientes. Cada siesta adicional al día, con un 7% más. Y las personas que dormían la siesta en la primera mitad del día tenían un riesgo de mortalidad un 30% superior al de quienes lo hacían por la tarde.

Se observó también un cuarto dato, este de signo tranquilizador: la variabilidad en la duración de las siestas de un día para otro no se asoció con ningún riesgo adicional. Es decir, dormir siestas irregulares, siendo una de veinte minutos hoy, otra de una hora mañana, ninguna pasado… no resulta ser un marcador negativo. Lo que sí lo sería es la constancia en dormir siestas largas, la repetición sistemática del acto varias veces al día o la ubicación temporal del episodio en la franja matutina.

El propio equipo subraya que se trata de una correlación estadística, no de una relación causal. Suprimir la siesta larga por decreto no va a reducir el riesgo de mortalidad, del mismo modo que bajar la fiebre no cura la infección que la produce. La siesta, como proponen los autores, opera como termómetro y no como agente. En sus propias palabras, el patrón excesivo "es probablemente indicativo de enfermedades subyacentes, afecciones crónicas, trastornos del sueño o desregulación circadiana", y su seguimiento sistemático tiene, "un inmenso valor clínico para detectar precozmente problemas de salud".

En qué debemos fijarnos

La interpretación de esto para una persona de cincuenta o sesenta años no es que tengamos que renunciar a este hábito. La siesta breve, ocasional y vespertina (la clásica de veinte o treinta minutos después de comer, entre las tres y las cuatro de la tarde) sigue considerándose reparadora y sin riesgos añadidos independientemente de la edad. 

A lo que el estudio de Harvard sí sugiere prestar atención es al cambio de patrón. Cuando la siesta habitual empieza a alargarse demasiado, cuando se vuelve necesaria varias veces al día o cuando se desplaza a las horas de la mañana en las que hasta entonces la persona conservaba con facilidad la vigilia, la propia siesta se convierte en un dato clínico que el médico de atención primaria puede utilizar como puerta de entrada a un diagnóstico más completo.