Improvisar planes resulta más difícil a partir de los 50 por varios cambios asociados al envejecimiento
Un hecho que se acentúa a partir de los cincuenta, y responde a un conjunto de cambios biológicos, cognitivos y motivacionales concretos
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La escena se repite en decenas de miles de conversaciones familiares cada semana. Un hijo de treinta años propone a los padres, ya jubilados o próximos a la jubilación, un plan para el sábado por la tarde: quedar sin reserva previa en un restaurante nuevo, salir a caminar por una zona que ninguno de los tres conoce, improvisar según lo que apetezca cuando llegue la hora. La respuesta más habitual suele ser "mejor lo hablamos con tiempo", "otro día" o un "hoy tenía pensado hacer otra cosa", que suelen leerse por parte del hijo como falta de ganas, cierta desidia o incluso principio de retraimiento social.
La psicología, sin embargo, lleva años documentando que el hecho de que aparezca una resistencia a improvisar planes que se acentúa a partir de los cincuenta responde a un conjunto de cambios biológicos, cognitivos y motivacionales concretos, y ninguno de los cuales tiene que ver con la voluntad ni con el estado de ánimo del propio interesado. Improvisar es una habilidad ejecutiva compleja, y a partir de cierta edad su ejercicio requiere un esfuerzo cognitivo notablemente mayor que en las décadas anteriores.
El deterioro gradual de la flexibilidad cognitiva
La primera pieza del rompecabezas es neurológica. La flexibilidad cognitiva, es decir, la capacidad para adaptar el pensamiento y la conducta ante situaciones cambiantes o imprevistas, es una función ejecutiva que depende directamente del lóbulo prefrontal, la estructura cerebral que más tarde madura durante la infancia y la adolescencia y también una de las que antes empieza a mostrar cambios estructurales durante el envejecimiento.
Los expertos en neurología documentan desde hace décadas que el envejecimiento cerebral produce cambios físicos y funcionales entre los que se incluyen un declive gradual en la velocidad de procesamiento, alteraciones en el funcionamiento sensorial central, pérdida progresiva de integridad en la materia blanca y reducción medible del volumen cerebral.
La consecuencia práctica de todo esto es que la generación mental de opciones alternativas ante un escenario no previsto exige a un adulto de más de cincuenta años algunos segundos más de tiempo, algo más de esfuerzo consciente y una carga cognitiva que se percibe como agotadora si se repite varias veces al día.
Ritmos biológicos que ya no admiten sorpresas
La segunda pieza es cronobiológica. El núcleo supraquiasmático, la región del hipotálamo que actúa como reloj interno principal del organismo, muestra con la edad una actividad eléctrica más débil, según recogen las investigaciones más recientes sobre ritmo circadiano. Ese debilitamiento envía señales menos nítidas al resto del cuerpo, lo que se traduce en varios efectos concurrentes: mayor dificultad para conciliar y mantener el sueño, mayor sensibilidad a los desajustes horarios, aumento de la fragmentación nocturna y menor tolerancia a los desayunos, comidas o cenas fuera de su franja habitual.
Un estudio de la Universidad de Misuri confirmó lo que la propia experiencia de muchos adultos mayores ya sugería: mantener una rutina diaria consistente reduce el dolor físico y los síntomas depresivos en adultos mayores, mientras que la variabilidad aumenta la sensación de malestar general. La resistencia a los planes improvisados no es, por tanto, un capricho, sino una defensa razonable ante un sistema circadiano que ha perdido buena parte de la robustez con la que compensaba las irregularidades en las décadas anteriores.
Prioridades vitales que cambian
La tercera pieza es motivacional. La teoría de la selectividad socioemocional, desarrollada por la psicóloga de Stanford Laura L. Carstensen y confirmada por más de tres décadas de estudios empíricos posteriores, establece que a medida que la persona percibe el tiempo vital restante como finito, sus prioridades cambian sistemáticamente. Los adultos jóvenes buscan la novedad, la ampliación de la red social, la adquisición de nuevas experiencias como fin en sí mismo. Los adultos mayores priorizan, en cambio, la profundidad emocional de las experiencias, la calidad de las relaciones ya establecidas y la previsibilidad de los planes conocidos que garantizan el retorno afectivo esperado.
La improvisación, que es un plan cuyo desenlace emocional resulta incierto, pierde atractivo no porque el adulto mayor haya perdido curiosidad, sino porque su cálculo interno entre coste y beneficio del propio plan se ha desplazado hacia lo seguro. La cena en el restaurante conocido con los amigos de siempre produce, para un adulto de más de cincuenta, un retorno emocional mucho más previsible que la aventura de un local desconocido con la esperanza de descubrimiento.
A las tres capas anteriores se les añaden dos factores prácticos que refuerzan la resistencia a improvisar. El primero es la medicación crónica, con horarios de toma que estructuran obligatoriamente la jornada de la mayor parte de los adultos españoles por encima de los sesenta. El segundo es la propia red social del adulto mayor, mucho más limitada que la del joven, con amigos cuyos calendarios se solapan cada vez menos y cuya disponibilidad para salir espontáneamente ha disminuido por las mismas razones biológicas y motivacionales. La consecuencia es que la improvisación pierde también en la práctica sus interlocutores naturales.
