Qué zonas de la cara envejecen antes con los años y por qué pasa, según un cirujano plástico
Para el doctor Juan Carlos Hijano, ""El objetivo de una cirugía facial no debería ser cambiar la cara del paciente"
Del anti-aging al well-aging: por qué la medicina estética ya no promete "quitarte años"
Imaginemos el clásico reencuentro de compañeros de instituto tras veinte o treinta años, o la boda de un sobrino en la que nos reencontramos con parientes lejanos. Unos parecen haber sufrido los estragos de la edad más que otros, sin que sus vidas sean tan diferentes. Al final, aparece la misma edad en el DNI, pero su aspecto abre un abismo de diez o quince años entre ellos.
Esta discrepancia no depende solo de las arrugas ni del bronceado. Depende de un fenómeno biológico complejo que la cirugía plástica lleva décadas cartografiando. El doctor Juan Carlos Hijano Mir, cirujano plástico, estético y reconstructivo especializado en Cirugía Facial, con más de veinte años de trayectoria, lo resume en una frase: "El rostro no envejece de una pieza. Cada zona tiene su propio proceso y cada paciente desarrolla un patrón de envejecimiento diferente."
Cinco capas que se transforman por separado
La comunidad científica describe el rostro humano como un conjunto de cinco capas concéntricas: la piel, la grasa subcutánea, la capa músculo-aponeurótica, el tejido areolar laxo donde se alojan los ligamentos de retención y los espacios faciales, y la fascia profunda con el periostio. Cada una de ellas envejece por vías propias y a ritmos propios, sin que haya sincronía obligatoria entre ellas.
La piel pierde colágeno de forma progresiva desde los treinta años, con la fragmentación de la matriz extracelular que priva a la dermis de su andamio de sostén. La grasa facial, organizada en compartimentos separados por tabiques fibrosos, se redistribuye de manera desigual, ya que los depósitos profundos se atrofian antes que los superficiales, con lo que las capas de arriba pierden apoyo y descienden por gravedad. Y los huesos faciales sufren un proceso de resorción demostrado desde los años noventa con estudios radiológicos, con diferencias entre sexos y entre zonas del propio cráneo.
"Las primeras señales no tienen por qué ser una arruga profunda", explica Hijano Mir. "Antes pueden aparecer cambios en la textura, en la elasticidad o en la calidad de la piel. Con el tiempo se suman modificaciones en el volumen y en los tejidos que están debajo de ella."
La mirada, el primer reloj
La zona periocular concentra la mayoría de los primeros signos visibles. La piel que rodea los ojos es la más fina del rostro, por lo que las modificaciones se aprecian antes que en cualquier otra parte de la cara. El exceso de piel del párpado, las bolsas bajo los ojos, los cambios en el contorno o el descenso de las cejas transforman la expresión hacia registros de cansancio incluso en personas descansadas. "La mirada tiene un peso enorme en la percepción que tenemos de un rostro. Cuando aparecen exceso de piel, bolsas o determinados cambios en los tejidos, podemos transmitir una expresión más cansada aunque realmente no lo estemos", señala el cirujano.
Los pómulos y el tercio medio, segundo reloj
El tercio medio del rostro cambia por vías propias. La grasa facial se redistribuye, los pómulos pierden proyección y las mejillas descienden. La consecuencia visual es una alteración de las proporciones que la juventud sostenía. La cara joven forma un triángulo con la base arriba (pómulos anchos, mandíbula estrecha), mientras que la cara envejecida tiende a invertir esa figura, con la mandíbula ensanchada y el pómulo hundido. "Con el envejecimiento no solamente perdemos volumen. La grasa facial se redistribuye y los tejidos cambian de posición. Por eso una cara puede empezar a verse diferente incluso aunque las arrugas no sean todavía muy marcadas", apunta Hijano Mir.
Dicha inversión del triángulo facial es uno de los marcadores visuales más potentes del paso del tiempo y explica por qué el mismo peinado, las mismas gafas y el mismo maquillaje pueden dejar de favorecer al cumplir cierta edad.
La mandíbula y el cuello, tercer reloj
El contorno mandibular y el cuello marcan el tercer reloj. La pérdida de elasticidad, la caída de los tejidos y las modificaciones de volumen difuminan el óvalo del rostro, difuminan la línea que separa la cara del cuello y hacen aparecer las llamadas "papadas" y los pliegues cervicales característicos. "El contorno de la mandíbula y el cuello tienen mucha importancia en la percepción del envejecimiento porque son zonas que definen la silueta del rostro. Cuando esa definición se pierde, podemos percibir una cara más envejecida aunque no haya un número elevado de arrugas", explica el especialista. El fenómeno se acentúa a partir de la quinta década, cuando la caída de tejidos combina con la pérdida ósea de la propia mandíbula y produce el efecto visual conocido como cuello de "pavo".
Una solución que no es única
Es importante tener claro que para paliar estas circunstancias no existe tratamiento estándar. La genética, la exposición solar acumulada durante décadas, los hábitos de vida (tabaco, sueño, hidratación, alimentación) y la epropia anatomía de cada persona modulan el patrón individual de envejecimiento. Por eso, dos hermanas pueden tener caras muy distintas a los sesenta.
La cirugía facial moderna ha renunciado en los últimos años al modelo "estirar la piel" para tratar todo el rostro de golpe, y ha adoptado un enfoque que Hijano Mir formula así: "El objetivo de una cirugía facial no debería ser cambiar la cara del paciente, sino conseguir que se vea mejor, más descansado y rejuvenecido, pero que siga siendo reconocible y siga siendo él mismo."
