Tengo hígado graso, ¿y qué hay que hacer ahora?

Más de diez millones de personas en España conviven con esta enfermedad y su diagnóstico no duele ni obliga a tomar una pastilla de inmediato
El abuso de la comida rápida ya provoca más cirrosis que beber alcohol
La denominación médica suele ser más fácil de entender de forma escrita que pronunciada: “esteatosis hepática”. Quizás llega con el informe de una ecografía pedida por otro motivo o junto a unas transaminasas algo elevadas. El médico la traduce como hígado graso, y quien la recibe sale de la consulta sin síntomas, sin receta y con la sensación de que algo tiene que cambiar. Según la Asociación Española para el Estudio del Hígado, esta es una escena que afecta a más de diez millones de personas en España, lo que supone cerca del 25 % de la población.
El primer Barómetro del Hígado Graso de la Federación del Hígado en España, elaborado con 1.512 entrevistas, retrata este desconcierto. El 55 % no sabe qué es esta enfermedad, el 35 % ignora que no da síntomas hasta fases avanzadas y el 32 % la cree irreversible. “El hígado graso es la gran epidemia silenciosa del siglo XXI. El hecho de que más de un tercio de la ciudadanía no sepa que avanza sin presentar síntomas dificulta enormemente el diagnóstico precoz y la intervención oportuna en atención primaria”, advierte Josep María Martínez Rodríguez, vicepresidente de la FEH.
Lo que más inquieta a los hepatólogos no es la grasa, sino la fibrosis, el tejido cicatricial que puede desembocar en cirrosis. Para estimarla no hace falta, de entrada, una biopsia. Los expertos proponen empezar por índices calculados con una analítica, como el FIB-4. Un valor inferior a 1,3, o inferior a 2 a partir de los 65 años, descarta una fibrosis significativa. Si el resultado sale alterado, llega la elastografía, que mide la rigidez del hígado. De ahí sale un calendario médico, con revisiones cada tres años en caso de fibrosis ausente o leve, cada año si es significativa y una ecografía semestral si es avanzada.

Los kilos que cambian el pronóstico
Las guías europeas de hepatología, diabetes y obesidad fijan metas para quien tiene sobrepeso. Perder y mantener al menos un 5 % del peso reduce la grasa hepática, entre un 7 y un 10 % mejora la inflamación y un 10 % o más mejora la fibrosis. En alguien de 80 kilos, eso supone cuatro kilos, entre cinco y medio y ocho, y ocho o más. La guía española añade que superar el 10 % se asocia, en ensayos con confirmación por biopsia, a la remisión de la esteatosis en más del 90 % de los pacientes. Es una respuesta contundente a quien la da por irreversible.
Sobre la mesa, las pautas europeas recomiendan el patrón mediterráneo, menos ultraprocesados y evitar las bebidas azucaradas. El café aparece asociado a un menor daño hepático, aunque más como observación y no como consejo. Para el movimiento, las sociedades europeas piden más de 150 minutos semanales de actividad moderada o 75 de intensa, mientras que la guía española habla de entre 30 y 60 minutos al menos tres veces por semana, siendoigual de eficaces el ejercicio aeróbico y el de fuerza. Un ensayo presentado en el congreso de la AEEH, con 98 pacientes, comprobó que el ejercicio “intensivo controlado y supervisado” mejoraba el hígado incluso sin pérdida de peso.
Con el alcohol, el margen se estrecha. Incluso el consumo moderado se asocia ya con una fibrosis significativa, y las europeas piden abandonarlo por completo y para siempre cuando la fibrosis es avanzada o hay cirrosis.

Más allá del hígado y de la báscula
El barómetro destapa otro prejuicio: el 53 % cree que la enfermedad solo afecta a personas con sobrepeso u obesidad. “Atribuir el hígado graso únicamente al estilo de vida es una simplificación injusta y peligrosa. Creer que es exclusivo de personas con sobrepeso o culpabilizar al enfermo genera un estigma que aleja a los pacientes de las consultas y hace que muchas personas con peso normal ignoren que también están en riesgo”, sostiene Martínez Rodríguez.
Tampoco se trata solo del hígado. Salvo en la enfermedad avanzada, la mortalidad de estos pacientes se vincula sobre todo a eventos cardiovasculares y al cáncer, de modo que es necesario revisar el riesgo cardiovascular cada año. Aun así, el 46 % de los encuestados desconoce que el hígado graso eleva el riesgo de ictus.
Quedan los fármacos. En 2025, la Unión Europea autorizó de forma condicional el resmetirom, el primero específico para esta enfermedad. Está indicado en adultos con esteatohepatitis sin cirrosis y fibrosis moderada o avanzada, siempre junto con dieta y ejercicio. Para quien no encaja en ese perfil, el tratamiento sigue en la cocina, en la calle y en la consulta de atención primaria. “El cambio en el estilo de vida y en la alimentación tiene que llegar para quedarse”, resume el hepatólogo Javier Ampuero.

