¿Por qué nos emocionamos más bailando con gente que solos?
Hace más de un siglo, el sociólogo Émile Durkheim le puso nombre a esa energía compartida, y hoy la ciencia empieza a medirla
¿Por qué bailar nos hace sentir tan bien?
Suena la canción del verano de hace treinta años en una boda o en las fiestas del pueblo, y la pista se llena. Nadie lo ha decidido, pero todos acaban moviéndose al mismo ritmo, levantando los brazos en el mismo estribillo, riendo por lo mismo. Esa misma canción, escuchada a solas en la cocina, puede alegrar el rato, pero rara vez provoca ese escalofrío colectivo. La pregunta tiene una larga historia en las ciencias sociales.
Una idea de 1912
El sociólogo francés Émile Durkheim acuñó el concepto de efervescencia colectiva en Las formas elementales de la vida religiosa, publicado en 1912. Con él describía lo que ocurre cuando un grupo se reúne y comparte un mismo pensamiento o una misma actividad al mismo tiempo, sintiendo una oleada de energía que agita a sus miembros y los une. Para Durkheim, esa experiencia estaba en el origen de los símbolos sagrados, como el tótem de las sociedades que estudió.
Durante buena parte del siglo XX, la efervescencia fue una idea poderosa pero difícil de medir. ¿Cómo se demuestra que un grupo siente algo que sus miembros no sentirían por separado?

La respuesta llegó, en parte, desde un pueblo de Soria. Cada 23 de junio, la víspera de San Juan, San Pedro Manrique celebra el Paso del Fuego, declarado Fiesta de Interés Turístico Nacional. A medianoche, los participantes cruzan descalzos un camino de brasas de una hoguera de roble, y algunos llevan a otra persona a hombros.
Un equipo de la Universidad de Aarhus, dirigido por la investigadora Ivana Konvalinka, colocó monitores de frecuencia cardíaca a 12 de los que cruzaban el fuego, a 9 espectadores que eran amigos o familiares de alguno de ellos y a 17 espectadores sin relación con los participantes. Los resultados mostraron que el ritmo cardíaco de los familiares y amigos seguía un patrón parecido al de quienes caminaban sobre las brasas. Los latidos no coincidían exactamente, pero sí la evolución. En los espectadores ajenos al grupo, ese efecto no aparecía. “Podemos encontrar marcadores de conexión emocional también en medidas corporales”, explicó Konvalinka.
El mismo grupo de investigadores dio un paso más en la isla Mauricio, durante el festival hindú de Thaipusam. Comparó a quienes participaban en un ritual tranquilo de canto y oración colectiva con quienes participaban en el Kavadi, un ritual extremo con perforaciones en la piel, cargas pesadas y carros arrastrados con ganchos clavados en el cuerpo. Al terminar, cada participante recibió 200 rupias, unos dos días de sueldo y la opción de donar anónimamente lo que quisiera al templo. Ambos grupos fueron generosos, pero las donaciones fueron casi el doble tras el ritual doloroso.

Una pista de baile no es una hoguera
Conviene no estirar estas conclusiones. Los dos estudios se hicieron en rituales extremos y muy cargados de significado, no en una fiesta de un sábado cualquiera. Que el mecanismo funcione al cruzar unas brasas no garantiza que funcione igual en una discoteca.
Para el baile sí hay un estudio más cercano. Investigadores de la Universidad de Oxford, entre ellos el antropólogo Robin Dunbar, analizaron a 264 estudiantes de secundaria brasileños que participaban en pequeñas actividades de baile en grupo. Midieron su tolerancia al dolor y su sensación de vínculo antes y después. Cuanto más se esforzaban y más sincronizados estaban sus movimientos, más cercanos y parecidos a su grupo se sentían, y más simpatía y confianza les inspiraban. También aguantaban mejor el dolor, algo que los autores atribuyen, como hipótesis, a la liberación de endorfinas.
El cuerpo también hace comunidad
Lo que estos trabajos sugieren es que la comunidad no se construye solo con ideas compartidas, sino también con el cuerpo: el pulso que se acompasa, el esfuerzo que se reparte, el movimiento que se sincroniza. Por eso bailar un pasodoble en la plaza, cantar a coro en un concierto o aplaudir al unísono en un estadio deja una huella distinta a la de hacerlo a solas.
La próxima vez que una canción llene la pista en una boda, merece la pena fijarse en el momento en que todos empiezan a moverse a la vez. Durkheim lo llamó efervescencia colectiva. Los investigadores de hoy intentan medirla con monitores de pulso, donaciones y umbrales de dolor.

