Los urbanitas, la nueva amenaza para el futuro de las zonas rurales vascas: "Hay que saber a dónde vas, los pueblos son más que un remanso de paz"

"En época de cosecha la maquinaria agrícola puede funcionar hasta la madrugada, pero ellos vienen aquí y se quejan"
Muchas personas que viajan de la ciudad al campo se quejan del tañir de las campanas o de los motores de los tractores
Vitoria-GasteizAcostumbrados a la jauría sonora de las ciudades, donde el silencio es un 'rara avis', los urbanitas huyen a los pueblos en busca de una idílica tranquilidad en la que, como mucho, están dispuestos a soportar el trino de los pajarillos, pero nada más. De ahí, que muchas de las personas que, durante años, han aguantado sonidos urbanos como el tráfico constante, las obras de construcción, la música de bares o las aglomeraciones en terrazas; cuando se asientan en el entorno rural se hiper sensibilizan y, de pronto, no aguantan el tañir de las campanas de la iglesia, el canto matutino de los gallos, el 'beeeee' de las ovejas o el motor de un tractor.
Mudarse de la ciudad al campo se ha puesto de moda y en algunos casos está generando tensiones entre los nuevos vecinos y aquellos que llevan toda la vida en la zona viviendo del sector primario. "Cada vez somos menos y tenemos que enfrentarnos a más problemas", lamentan los agricultores y ganaderos: "Hay que saber a dónde vas", dice Iker Aguirre, vicepresidente de UAGA, "imaginar los pueblos como un remanso de paz sin saber que también tienen una parte de ajetreo diario, es un error"-
En ocasiones, el conflicto escala hasta acabar en denuncias formales: "Hay gente que ha llegado a denunciar a granjas por el olor de los purines o que se han molestado por el ruido de la maquinaria agrícola que, en época de cosecha, puede estar funcionando hasta altas horas de la madrugada", pero los nuevos residentes "no pueden pretender que los pueblos se adapten a ellos, es al revés"
Una amenaza para un sector envejecido
Parece una perogrullada decir que, en los pueblos hay ruidos, olores y normas propias, pero resulta que algunos, al mudarse de la ciudad al campo, no habían caído en ello y sus quejas están llegando al punto de poner en peligro, el futuro de las zonas rurales en Euskadi. Los urbanitas que durante tanto tiempo han vivido de espaldas al mundo rural, de pronto se perfilan como una amenaza a su supervivencia.
"Si denuncian, ponen trabas y generan un conflicto continuo, pueden poner en riesgo el futuro de algunas explotaciones", lamenta Aguirre que advierte de que algunos agricultores y ganaderos "ya mayores" se ven abocados a dejar el sector si a la edad, le sumas "la baja rentabilidad del sector primario y encima tienen que andar lidiando con quejas y denuncias". En la misma línea, se ha posicionado el Gobierno vasco que, en el marco de su Estrategia de Desarrollo Rural de Euskadi, advirtió que “les molesta la actividad agraria y están alterando seriamente el futuro de las zonas rurales".
Al parecer, la población urbana va al campo buscando la calidad del aire, el paisaje idílico y la tranquilidad, olvidándose de que "hay granjas y agricultores". En esa búsqueda "idealizada" del pueblo, como "remanso de paz", empieza a molestarles que las ovejas manchen los caminos a su paso, que la ganadería que lleva toda la vida funcionando emita olores poco agradables o que las cosechadoras hagan ruido. Lo curioso es que a muchos de ellos no les molestaba tanto, cuando residían en la ciudad, ni el ruido del camión de la basura, ni las sirenas o los cláxones.
