La estrategia detrás los ultraprocesados: "Los alimentos muy ricos en azúcar aumentan la dopamina como lo hace la nicotina"
Diseñados para enganchar, los ultraprocesados se han convertido en un reto de salud pública que pone el foco especialmente en en niños y jóvenes
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No son productos de primera necesidad ni están pensados para formar parte de una alimentación saludable. Los alimentos ultraprocesados responden, según los expertos, a una estrategia comercial claramente definida: están diseñados para venderse mucho, consumirse en grandes cantidades y favorecer la repetición.
"Inducen a comportamientos de adicción", advierte Clara Joaquín, coordinadora del Comité Gestor del Área de Nutrición de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN) y especialista del servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital Germans Trías y Pujol (Badalona).
Desde el punto de vista de la salud pública, el debate ya no gira solo en torno a las elecciones individuales. Cada vez más estudios y profesionales apuntan a un problema estructural, donde el entorno alimentario, la publicidad y el diseño de los productos juegan un papel decisivo.
Diseñados para gustar… y para repetir
Uno de los aspectos más preocupantes de los ultraprocesados es su capacidad para inducir patrones de consumo difíciles de controlar. Muchos de estos productos combinan grandes cantidades de azúcar, sal y grasas de rápida absorción.
"Provocan picos de insulina y generan hambre al poco tiempo, lo que empuja a volver a querer consumir alimentos igual de dulces o salados", explica Joaquín durante una entrevista con la web de 'Informativos Telecinco'.
Este mecanismo tiene consecuencias directas sobre la conducta alimentaria. Los alimentos poco procesados, con sabores más suaves y menos estimulantes, acaban perdiendo atractivo frente a productos diseñados para activar el sistema de recompensa del cerebro. "Sabemos que el azúcar incrementa la dopamina, igual que lo hace la nicotina. Por eso hablamos de comportamientos similares a los de una adicción", señala la especialista.
"Tienen calorías vacías". Muchos ultraprocesados son calóricamente densos pero pobres en nutrientes: "Aportan pocas vitaminas y minerales y, al mismo tiempo, desplazan el consumo de alimentos que sí son beneficiosos, como frutas, verduras o legumbres".
Paralelismos con la industria del tabaco
La comparación no es nueva, pero cada vez está mejor documentada. Un estudio firmado por investigadores de las universidades de Michigan, Duke y Harvard concluye que los ultraprocesados comparten con el tabaco estrategias similares de diseño, marketing y responsabilidad desplazada al consumidor.
Según este trabajo, la combinación calculada de azúcar, grasa y sal no es casual: busca generar placer inmediato y fomentar la repetición del consumo. A ello se suma un entorno saturado de publicidad, precios bajos y mensajes aparentemente saludables que minimizan la percepción del riesgo.
Los autores recuerdan que durante años ocurrió algo parecido con el tabaco: la prevención se centraba casi exclusivamente en la voluntad individual, mientras la industria seguía operando sin apenas restricciones. El resultado fue (y es) una enorme carga de enfermedad evitable.
Publicidad constante y jóvenes como público clave
La influencia de la publicidad es otro de los grandes ejes del problema. "Es especialmente perjudicial en niños y adolescentes, además estos últimos reciben un impacto constante a través de redes sociales", subraya Joaquín. En estas etapas, el consumo se mezcla con aprendizaje, imitación y construcción de hábitos que pueden mantenerse durante toda la vida.
Un estudio reciente publicado en 'JAMA Pediatrics' ilustra cómo la exposición a contenidos en redes sociales puede modificar el deseo de consumo. Aunque el trabajo se centra en el alcohol, sus conclusiones resultan reveladoras para entender lo que ocurre con los ultraprocesados. En la investigación, realizada con 2.000 jóvenes de entre 18 y 24 años, quienes visualizaron publicaciones de influencers que promovían el consumo de alcohol mostraron un mayor deseo de beber que aquellos expuestos a contenidos neutros.
El efecto fue aún mayor en quienes consideraban creíbles a los influencers o ya tenían antecedentes de consumo reciente. Aunque el estudio no puede afirmar que ese deseo se traduzca automáticamente en más consumo, sí refuerza una idea clave: la exposición continuada a mensajes publicitarios en entornos digitales influye en las preferencias y en el comportamiento, un patrón que encaja con lo observado en el consumo de ultraprocesados.
¿Cómo está actuando España ante la publicidad de los ultraprocesados?
El debate sobre la influencia de la publicidad en el consumo de ultraprocesados no se limita al ámbito científico. En España, la preocupación por el impacto de estos mensajes en niños y adolescentes ha comenzado a traducirse en iniciativas políticas.
El ministro de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, Pablo Bustinduy, ha anunciado que el Gobierno trabaja en una propuesta normativa para regular la publicidad de productos insanos dirigida a menores, una iniciativa que, según ha señalado hace unos días, se hará pública en las próximas semanas. "Tiene un efecto nocivo en la salud de las niñas, los niños y los adolescentes", afirmó.
El ministro ha enmarcado esta futura regulación dentro de las recomendaciones de organismos sanitarios internacionales y nacionales, como la Organización Mundial de la Salud (OMS) o la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN).
Ambos organismos coinciden en que restringir la publicidad de alimentos en función de su calidad nutricional es una de las medidas más eficaces para combatir la obesidad infantil, un problema que afecta de manera más intensa a las familias con menos recursos. "En España, un 80% de las niñas, los niños y los adolescentes consumen alimentos y bebidas no saludables" señaló, citando un informe de la Gasol Foundation sobre los hábitos alimentarios de la población infantil y adolescente.
Según la OMS, la exposición continuada de los menores a la publicidad de alimentos poco saludables incrementa la ingesta calórica y fomenta el consumo de productos con bajo valor nutricional, con un impacto perjudicial que se mantiene en el tiempo. Además, advierte de que estas campañas utilizan técnicas persuasivas difíciles de detectar por los más jóvenes, como el uso de influencers o referentes deportivos, y apelan a un componente emocional que asocia estos productos con la diversión y el ocio.
Bustinduy ha insistido en que esta presión publicitaria se dirige, en su mayoría, a productos ultraprocesados con alto contenido en grasas, azúcares o sal, muy calóricos y pobres en nutrientes. Y ha recordado que España no sería una excepción en este camino regulatorio, ya que países como Portugal, Noruega, Reino Unido, Irlanda o Suecia han avanzado en restricciones similares.
Cuando el marketing se disfraza de salud
La estrategia publicitaria no se limita a mostrar productos atractivos. También utiliza mensajes que generan una falsa sensación de seguridad. Etiquetas como 'sin azúcar añadido', 'light' o 'bajo en grasa' pueden llevar al consumidor a pensar que está ante una opción saludable cuando, en realidad, sigue siendo un ultraprocesado.
"Un producto puede no tener azúcar, pero estar cargado de grasas saturadas, conservantes o antioxidantes. O viceversa", advierte Joaquín. Ocurre, por ejemplo, con muchos cereales de desayuno que destacan su contenido en fibra o su bajo aporte graso, pero que incluyen largas listas de ingredientes, aceites poco saludables o aditivos. "El mensaje puede ser técnicamente cierto, pero resulta engañoso si no se analiza el conjunto".
Por eso, insiste en la lectura crítica de etiquetas. Una recomendación clara es fijarse en el número de ingredientes: "Si tiene más de cuatro o cinco, es mejor no comprarlo". Dar la vuelta al envase y no quedarse solo con el reclamo frontal es un paso clave para tomar decisiones más informadas.
De la responsabilidad individual a la salud pública
Para Joaquín, el escenario actual exige un cambio de enfoque. "Estamos ante una epidemia de obesidad que va a ser muy costosa para el sistema sanitario si no se actúa". Entre las medidas necesarias señala la regulación estricta de la publicidad, especialmente la dirigida a menores, la limitación de estos productos en entornos como colegios y hospitales y campañas públicas que promuevan activamente el consumo de alimentos frescos y de proximidad.
El precio es otro factor determinante. Los ultraprocesados suelen ser baratos, accesibles y rápidos de consumir, lo que los convierte en una opción frecuente para personas con menos recursos económicos o poco tiempo. "Si queremos reducir la obesidad, habría que plantear medidas fiscales: subir el precio de productos que no aportan beneficios para la salud y abaratar o subvencionar los alimentos básicos", propone Joaquín, recordando que en otros países europeos ya se aplican tasas elevadas a productos como el alcohol.
La educación también juega un papel clave. "Los hospitales y los centros de salud tienen que implicarse más, no solo con pacientes ingresados, sino también en consultas externas". Informar, contextualizar y desmontar mensajes engañosos forma parte de la prevención.
"La industria de los ultraprocesados es potente y omnipresente en los supermercados", remarca. Pero, como ocurrió con el tabaco, cada vez hay más evidencia de que el problema no es solo lo que elegimos, sino cómo se nos empuja a elegirlo. El reto, coinciden los expertos, pasa por crear un entorno que facilite decisiones saludables y no por cargar toda la responsabilidad sobre el individuo.