Marjane Satrapi muere de "tristeza" por la pérdida de su marido: ¿es posible fallecer por el síndrome del corazón roto?
Bajo la expresión 'morir de tristeza' subyace una realidad biológica que la ciencia lleva décadas estudiando
Muere la dibujante Marjane Satrapi, autora de 'Persépolis' y Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2024, a los 56 años
La triste noticia de la muerte de Marjane Satrapi, la autora de la célebre novela gráfica 'Persépolis', ha venido acompañada de una explicación que no puede evitar conmover. Según la familia, la ilustradora ha fallecido consumida por una profunda tristeza poco más de un año después de perder a su marido, Mattias Ripa, “el amor de su vida”.
Pero, ¿realmente se puede morir de pena? Es una expresión que parece pertenecer más al lenguaje de las emociones y las metáforas que al de los certificados médicos. Sin embargo, en ella subyace una realidad biológica que la ciencia lleva décadas estudiando.
Más que una metáfora
Porque, aunque nadie muere de tristeza en el sentido literal de la palabra, el dolor emocional profundo puede desencadenar cambios físicos muy reales. Y, en determinadas circunstancias, esos cambios pueden llegar a ser graves. Incluso se puede llegar a la muerte cuando la persona no se cuida de forma adecuada y se enferma.
La muerte de una pareja suele figurar entre los acontecimientos más estresantes que puede experimentar un ser humano. No se pierde únicamente a una persona querida. También desaparecen rutinas compartidas, proyectos de futuro, conversaciones cotidianas y una forma de entender el mundo construida durante años o décadas.
Durante un duelo intenso aumentan las hormonas relacionadas con el estrés, como el cortisol y la adrenalina. La presión arterial puede elevarse, el sueño se altera, el sistema inmunitario puede volverse menos eficiente y se pueden causar condiciones letales como un derrame cerebral o un ataque al corazón.
Por eso estudios como el realizado por la Escuela de Salud Pública de Harvard han observado desde hace años que el riesgo de fallecimiento aumenta temporalmente tras la pérdida de un cónyuge, especialmente durante los primeros meses. Los investigadores hablan incluso del llamado “efecto viudedad”, un fenómeno complejo en el que intervienen factores biológicos, psicológicos y sociales.
El síndrome del corazón roto existe
La manifestación más sorprendente de esa conexión entre emociones y organismo puede ser el llamado síndrome del corazón roto, conocido médicamente como miocardiopatía de Takotsubo. Durante mucho tiempo pareció una curiosidad clínica. Hoy se reconoce como una enfermedad cardíaca real y bien documentada.
Puede aparecer tras acontecimientos emocionalmente devastadores, como la muerte de una pareja, la pérdida de un hijo, un diagnóstico grave o una situación de estrés extremo. En cuestión de horas, la persona desarrolla síntomas muy parecidos a los de un infarto: dolor en el pecho, dificultad para respirar, palpitaciones o sensación de desmayo.
Lo normal es que el “corazón roto” sea temporal, con una duración de algunas semanas. La buena noticia es que la mayoría de los pacientes se recuperan en semanas o meses. Sin embargo, no siempre es una afección benigna. Puede provocar insuficiencia cardíaca, arritmias graves, shock cardiogénico y, en un pequeño porcentaje de casos, la muerte.
Cuando se habla de personas que fallecen poco después de perder a su compañero o compañera de vida, resulta tentador buscar una explicación única, pero la realidad suele ser más compleja. A veces existe un síndrome del corazón roto. Otras veces lo que ocurre es un deterioro progresivo favorecido por la depresión, la pérdida de apetito, el abandono de hábitos saludables o el empeoramiento de enfermedades previas.
También influye la soledad, un factor que diversos estudios han relacionado con un mayor riesgo cardiovascular y una peor salud general.
Quizá por eso la idea de morir de amor o de tristeza ha persistido durante siglos en tantas culturas. No porque el corazón se rompa como en las novelas, sino porque el sufrimiento profundo deja huellas reales en el cuerpo.
