Así está ayudando el pimpón a decenas de enfermos de Parkinson: "Es el remedio inesperado"

Red Parkinson es la fundación que junta a decenas de personas alrededor de una mesa de pimpón: hablamos con el periodista José Alonso y con Vicente Jiménez, jugador y ex director del diario AS.
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Cada lunes por la mañana, cualquier peatón que pase por el Triángulo de Oro se dará cuenta que por unas horas este mítico pabellón del baloncesto madrileño cambia las canastas por las mesas y los aros por las palas de pimpón. Una actividad que practican varias personas con un doble objetivo: divertirse y, sobre todo, combatir el Parkinson. Ese es el objetivo de la Fundación Red Parkinson, que ha reunido a pacientes, entrenadores y especialistas en torno a una idea sencilla pero poderosa: el movimiento y la socialización pueden cambiar el curso cotidiano de la dolencia.
Lo primero que llama la atención no son las palas ni las pelotas. Es el ambiente. Hay risas, bromas, piques amistosos y conversaciones que continúan cuando termina el entrenamiento. Cuesta encontrar la imagen que muchas personas tienen en la cabeza cuando escuchan la palabra Parkinson. Aquí no hay resignación. Hay actividad.
Entre los jugadores está Vicente Jiménez. Durante más de cuatro décadas vivió pegado a la actualidad deportiva y llegó a dirigir el diario AS. Cuando se acercaba la jubilación imaginaba una etapa diferente. Más tiempo para él, para su familia y para disfrutar de todo aquello que el trabajo había dejado en segundo plano. Entonces llegó el diagnóstico. "De repente me dicen: tiene usted Parkinson. Y yo digo: fantástico, ¿y ahora qué?", recuerda con ironía.
"Juegas y te encuentras muy bien"
La respuesta la encontró, en parte, delante de una mesa de tenis de mesa. Lo que comenzó como una actividad para mantenerse activo acabó convirtiéndose en una de las piezas centrales de su nueva rutina. "Lo primero que te aporta es una satisfacción física porque esta enfermedad afecta sobre todo al movimiento. Juegas y te encuentras muy bien. Y luego una motivación", explica.
Esa motivación va mucho más allá del ejercicio. Porque una de las grandes sorpresas de este proyecto es que muchos de sus participantes han recuperado algo que pensaban que habían dejado atrás hace años: las ganas de competir. "¿Quién me iba a decir a mí que con 63 años me iba a meter en un deporte en el que iba a competir?", cuenta Jiménez. Hoy participa en torneos nacionales e internacionales junto a otros compañeros de la Fundación Red Parkinson. Algunos incluso han conseguido medallas en campeonatos del mundo específicos para personas con la enfermedad.
La escena tiene algo de inesperado. Hombres y mujeres que llegaron buscando una herramienta para combatir los síntomas terminan hablando de rankings, entrenamientos y próximos campeonatos. "Es una excitación casi infantil volver a jugar al tenis de mesa y pasármelo bomba", resume.
El deporte que obliga a reaccionar
El Parkinson afecta a funciones esenciales como el equilibrio, la coordinación, la velocidad de movimientos o la concentración. Precisamente por eso el tenis de mesa ha despertado tanto interés entre neurólogos, entrenadores y asociaciones de pacientes.
José Alonso, también periodista y fundador de Red Parkinson, lo explica de forma sencilla: "Tienes que ejercitar justo aquello que más afecta la enfermedad. El equilibrio, los reflejos, la atención, la concentración o el movimiento". La pelota obliga a reaccionar constantemente. No hay tiempo para desconectar. Cada intercambio exige calcular trayectorias, coordinar movimientos y mantener la atención. Un entrenamiento físico y mental simultáneo.
"La concentración que te requiere este deporte es simplemente brutal", explica Clemente Torres, uno de los entrenadores de la Federación Madrileña de Tenis de Mesa que trabaja con el grupo. Según cuenta, muchos participantes experimentan una sensación de bienestar casi inmediata al terminar los entrenamientos. "Cuando acaban se encuentran mucho más equilibrados, mucho más tranquilos. También más cansados, claro. Pero más gozosos. El cuerpo se lo pide".
Jiménez asegura que los beneficios han sido evidentes en su caso. "Camino mejor, tengo más equilibrio y mejoran incluso habilidades manuales que vas perdiendo poco a poco". Habla de gestos cotidianos, como atarse los cordones o realizar tareas que antes salían de forma automática. Pero hay algo más difícil de medir que también aparece una y otra vez en las conversaciones: la autoestima.

Cuando una persona recibe el diagnóstico de Parkinson, el impacto emocional puede ser enorme. José Alonso lo ha visto repetirse muchas veces. "Hay gente que se queda en casa. Se retrae. Piensa que los demás le van a mirar o que ya no puede hacer determinadas cosas", explica. Por eso la Fundación quiso que el proyecto fuera mucho más que una actividad deportiva. El objetivo era crear una comunidad.
Hoy los entrenamientos son solo una parte de lo que hacen. Organizan viajes, encuentros, cenas, competiciones y actividades para familiares. También han incorporado clases de baile y preparan rutas de senderismo. La idea es sencilla: que nadie se quede aislado.
"Intentamos implicar a las parejas y a las familias porque muchas veces ellas también llevan una carga enorme", explica Alonso. En algunos casos, cuenta, la enfermedad había reducido al mínimo la vida social de matrimonios enteros. Ahora vuelven a viajar, a salir y a compartir actividades.
El resultado se percibe dentro y fuera de la pista. Lo que empieza como una hora de entrenamiento termina convirtiéndose en una red de apoyo que funciona también cuando surgen problemas personales, médicos o logísticos. No es casualidad que la palabra red forme parte del nombre de la fundación.
"Yo quiero competir"
Hay una frase que se repite constantemente entre los participantes: "Yo quiero competir". Alonso se ríe cuando habla de ello. "Son los peores", bromea. "Les pones un partido y quieren jugar todos los torneos, la liga, el campeonato de España y el Mundial". El entusiasmo ha llegado hasta tal punto que el grupo estudia crear un club específico para personas con Parkinson. Muchos ya están federados y entrenan con objetivos concretos.

Lo llamativo es que la competición no aparece aquí como una fuente de estrés, sino como una forma de recuperar confianza. Una demostración práctica de que el diagnóstico no tiene por qué convertirse en el final de una vida activa.
Mientras las pelotas siguen cruzando de un lado a otro de la mesa, el ruido del pabellón se parece al de cualquier entrenamiento deportivo. Hay concentración, celebración cuando llega un buen punto y alguna protesta amistosa cuando la bola toca la red. Nada extraordinario.
Y quizá ahí esté precisamente lo extraordinario. Porque para muchos de los que juegan cada semana en Triángulo de Oro, poder volver a sentirse deportistas, compañeros y competidores ya es una victoria. Vicente Jiménez, acostumbrado durante años a resumir historias en pocas palabras, encontró hace tiempo el titular perfecto para describir lo que ha significado esta experiencia: "El remedio inesperado", dice.
