Salud

Gabriel Rubio, psiquiatra, sobre cómo ha cambiado el alcoholismo en 40 años: “Ya no es un señor durmiendo en un banco”

Un hombre se apoya en la pared mientras sostiene una botella
Muchos alcohólicos tardan décadas en tratarse. Getty Images
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Cierra los ojos y piensa en un alcohólico. Lo más probable es que te venga a la cabeza una imagen muy concreta, y esa imagen es justo el problema. Lo explica Gabriel Rubio, psiquiatra del Hospital 12 de Octubre y una de las personas que más sabe en este país sobre la materia ya que lleva 40 años al pie del cañón, ayudando a rehabilitarse a miles de personas con problemas con el alcohol. 

“A la gente le han vendido que un dependiente del alcohol es un señor de 55 años, con barba, sucio, guarro, durmiendo en un banco del Retiro con un tetrabrik. Y como tú no estás ahí, dices: yo no soy ese. Pero la realidad es bien distinta" apunta el doctor para comenzar.

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Ese retrato, dice, no solo es injusto, es viejo. Y sirve de coartada para no mirarnos. Rubio tiene 66 años y lleva más de media vida tratando esta enfermedad. Ha visto pasar por su consulta a varias generaciones de pacientes y ha visto cómo cambiaba el país alrededor de las barras de los bares. 

Todo ese conocimiento lo ha reunido en su nuevo libro ‘La salida del laberinto’. Y lo primero que deja claro es que el alcohólico de hace cuarenta años ya no existe.

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El paciente de antes bebía a todas horas y no se caía

Cuando empezó, el perfil no tenía nada que ver con el de ahora. "Cuando yo empecé, trabajaba en Alcobendas, y en la consulta veía pacientes de unos 55 años que bebían todos los días y no se emborrachaban, porque bebían desde por la mañana hasta por la noche", recuerda. “Venían por problemas médicos o con la familia", añade.

La clave está en el tiempo que tardaban en engancharse. "El tiempo que tardaron en desarrollar la adicción fue mayor que el de los jóvenes de ahora, porque no bebían como ahora: cuando salían a divertirse, el alcohol estaba ahí como una herramienta más". El alcohol acompañaba la fiesta; no era la fiesta.

¿Y qué lo cambió todo? Rubio no tiene dudas: una forma nueva de beber que irrumpió en los parques de media España. "A raíz del botellón, la gente lo que sale es a colocarse, y eso les hace más vulnerables para desarrollar la adicción. Por tanto, tardan menos en desarrollarla, y vemos gente mucho más jovencita que cuando yo empecé", asegura.

Aquí conviene entender un matiz que Rubio explica muy bien, porque no todas las maneras de beber pesan igual. "Hay formas de beber que son más peligrosas que otras", avisa. "Identifico dos: los jóvenes que beben para relajarse, para tranquilizarse porque están agobiados, y los que beben para anestesiarse, para no pensar, para desconectar. Son formas muy asociadas al botellón”.

Hay formas de beber que son más peligrosas que otras

La razón es pura química, y la resume con una imagen doméstica. "¿Por qué son más peligrosas? Porque en muy poco tiempo la cantidad de alcohol que entra es muy alta y eso hace que interaccione mucho con tu cerebro. Tu hígado y el mío metabolizan aproximadamente una cerveza por hora. Si te pones una cerveza cada hora, los niveles de alcohol en sangre van a ser bajitos; pero si te pones siete cervezas en tres cuartos de hora, los niveles son muy altos y la interacción con el cerebro es mayor", explica.

Dicho lo cual, y con una sana intención de huir del catastrofismo, Rubio se niega a firmar sentencias sobre nadie. ¿El chaval que se pone hasta arriba en el botellón está condenado a ser alcohólico? "No necesariamente", responde. "En mi grupo de amigos, muchas veces el más pintas, el que las liaba pardas, llega a la universidad, conoce a alguien o se pone a trabajar y sienta la cabeza. Eso puede seguir pasando", comenta. 

La estadística, eso sí, obliga a no bajar la guardia: "Lo que sí sabemos es que, de 100 jóvenes en España que beben alcohol con 18 años, cuando tengan 28, diez van a cumplir criterios de dependencia. Lo que no sabemos es cuáles", porque los factores que salvan a unos y hunden a otros —los amigos, las parejas, el atractivo de un cambio de trabajo o de facultad— están en el aire, no se controlan, y ahí, asegura, “las familias tienen mucho que decir”.

"España juega en contra"

Si desarrollar esta enfermedad ya es duro, hacerlo en España puede serlo más. Y Rubio lo dice sin rodeos: "España juega en contra". Su argumento es difícil de rebatir. "Somos un país de servicios: vivimos de la gente que viene a comer y a beber, somos muy espléndidos con la bebida". 

Tan espléndidos que, según el doctor, el que no bebe queda bajo sospecha: "Cuando alguien deja de fumar le dicen 'muy bien'; cuando alguien dice que no bebe, le preguntan '¿qué pasa, estás enfermo?'. Hay que dar explicaciones".

No es una impresión: es algo que trabaja en consulta. "En las sesiones de asertividad tenemos que enseñar a los pacientes a decir que no, porque la gente te pregunta '¿te pasa algo?', y dicen 'es que estoy con antibióticos', y entonces '¿qué enfermedad tienes?'. En nuestro país hay mucha presión por beber y se tolera muy mal que tú no bebas", protesta.

Y luego está la paradoja de la que presumimos. Rubio la pincha con una frase de química de instituto: "Uno de nuestros productos estrella, de lo que más presumimos, es el vino. En el fondo, lo que está en el Chivas —que pongo siempre como estándar de buen whisky— o en el Don Simón es el etanol, y es exactamente igual en todos". Da igual la etiqueta y el precio: la molécula no distingue. "Es verdad que tenemos, afortunadamente, buenos vinos, buenas cervezas, baratos, y vivimos de eso", concede antes de rematar: "Desarrollar esta enfermedad en este país es una putada".

El mensaje incómodo

Aquí es donde Rubio se pone más firme, porque toca una creencia muy instalada, la de la copa de vino que hasta es buena para el corazón. "La pregunta que hay que resolver es: la ciencia dice que no hay ningún consumo de alcohol que sea saludable. Eso que nos han vendido es mentira: cualquier consumo nos puede perjudicar", sentencia.

La ciencia dice que no hay ningún consumo de alcohol que sea saludable

Y añade un dato que asusta precisamente porque suma a largo plazo: "Sabemos —esto es un dato científico— que el número de gramos de alcohol que hayamos bebido desde los 15 hasta los 25, la suma de todos esos gramos, tiene una relación directa con catorce cánceres que podemos desarrollar a partir de los 50". De ahí, dice, sale la única obligación razonable: preguntarse antes de descorchar. "Estamos obligados a preguntarnos qué necesidad tengo yo esta noche, que voy a cenar con los Martínez, de beberme media botella de vino". 

Con los datos encima de la mesa "y que ya no están manipulados por las alcoholeras", concluye: "estamos obligados a sentarnos, a hacernos la pregunta y a darnos la contestación".

La buena noticia que a algunos les molesta

No todo es sombrío, y Rubio insiste en un cambio de fondo que, curiosamente, no siempre gusta cuando lo cuenta. Los jóvenes de hoy beben distinto y, muchos, menos. "Las plataformas y Google, las redes, han contribuido a que estas últimas generaciones de adolescentes tengan más información, salgan menos de casa, estén menos expuestos a los bares, a los pubs y a los parques con las litronas, y sean más críticos con el consumo de alcohol", comenta.

Y le llama la atención que esa noticia incomode. "A veces a la gente le preocupa eso, parece que esperan que cada vez haya más jóvenes que beban; y cuando dices que hay un grupo que bebe mucho pero otros que beben menos, parece que les molesta. Yo digo: aplaudamos eso". 

Y ante quienes replican que solo han cambiado una adicción por otra, la de las pantallas, tampoco se arruga: "Aunque fuese cierto que están cambiando la adicción al alcohol por la adicción a las pantallas, ¿no será mejor una cosa que la otra? Porque con las pantallas, salvo que vayas conduciendo, no te cargas a nadie en la carretera, ni tienes cáncer de hígado". El alcohol en jóvenes, recuerda, "se asocia a siniestralidad en la carretera, embarazos no deseados y fracaso escolar".

¿Prohibir? No

Con este panorama, uno esperaría de un médico una llamada a la mano dura. Pues no. No, al menos, Gabriel Rubio: "No prohibiría el alcohol, porque no sirve para nada. Lo que daría es más información en los colegios y más información a los padres”, zanja.

No prohibiría el alcohol, porque no sirve para nada

El foco, para él, está en el ejemplo de puertas hacia dentro. "A los padres les diría que lo que hacen tiene repercusiones: sabemos que los hábitos de consumo de alcohol de una familia tienen una relación directa con que el hijo empiece a beber. No podemos estar predicando que no bebas y yo todo el día bebiendo, o predicando que no cojas el móvil y yo todo el día mandando mensajitos", culmina.