Cómo saber si un amigo tiene un problema con el alcohol (y cómo decírselo): "La clave no es la cantidad"
El psiquiatra Gabriel Rubio, con cuarenta años tratando la dependencia del alcohol en el Hospital 12 de Octubre, explica las señales que delatan un problema
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Todos tenemos un amigo así. Ese que, cuando la noche avanza, bebe un poco más rápido que los demás, que a la tercera copa parece que se ausenta, que ya está buscando al camarero con la mirada. Y todos, casi siempre, callamos: por respeto, por no incomodar, porque total, quién soy yo para decirle nada. Gabriel Rubio, psiquiatra del Hospital 12 de Octubre, lleva cuarenta años viendo lo que ocurre cuando ese silencio se prolonga, y tiene una convicción a prueba de excusas: el alcohólico casi nunca llega solo a pedir ayuda. Llega empujado por alguien que le quiere.
Rubio acaba de publicar su nuevo libro, 'La salida del laberinto', y buena parte de él sirve para lo que a cualquiera nos gustaría saber hacer bien: reconocer el problema en alguien cercano y, sobre todo, atrevernos a decírselo sin estropearlo. Empecemos por lo básico y por darnos cuenta de que casi todo lo que creemos saber sobre esto puede ser falso.
No es cuánto, es su relación con la bebida
La primera trampa es medir el problema en litros. Rubio la desmonta de entrada: "Mucha gente piensa que el concepto de dependencia está en función de lo que bebes, de la cantidad, y no es cierto", apunta. No va de cuánto, sino de para qué.
Mucha gente piensa que el concepto de dependencia está en función de lo que bebes, de la cantidad, y no es cierto
Lo cuenta remontándose al principio de casi todas las historias, esa primera cerveza adolescente que, por cierto, a muchos les supo a rayos y lo reconocieron. "La primera vez que tú y yo nos tomamos una cerveza tendríamos doce o trece años; vamos con amigos, el líder del grupo dice 'hoy vamos a tomar una cerveza', y más allá de que nos pareciera horrible, amarga, el premio estaba en que ya éramos uno más, ya formábamos parte de ese grupo. Ese es el primer premio".
El problema, sin embargo, empieza mucho después, y de forma silenciosa. "El camino de la adicción empieza cuando nos damos cuenta de que, cuando tenemos un día regular, estamos cansados, rayados, un poco tristones, pensamos en la cerveza o en el vino y nos anima, nos quita esa emoción desagradable", explica. Ahí está la frontera: "Cuando empezamos a utilizar de manera casi exclusiva el alcohol para gestionar diversas emociones, esa es la línea roja que separa al dependiente del que no lo es".
El camino de la adicción empieza cuando nos damos cuenta de que, cuando tenemos un día regular, estamos cansados, rayados, un poco tristones, pensamos en la cerveza o en el vino
Para que se entienda en un instante, el doctor tira de un recuerdo de sus años de estudiante. "Cuando yo estudiaba medicina, todos sabíamos que un profesor de Farmacología, antes de entrar a darnos la clase por la tarde, sacaba una petaquita de la chaqueta y se tomaba un traguito de brandy". Aquel hombre, dice, acabó desarrollando un alcoholismo de manual. Pero lo revelador es lo de antes: "Cuando nos daba clase, su consumo no tenía consecuencias, más allá de que él sentía que, si no iba con ese chupito de brandy, se sentía incapaz de estar locuaz delante de cien alumnos. La clave es la relación que tiene el sujeto con la bebida, independientemente de lo que beba", zanja Rubio.
Por qué cuesta tanto verlo en alguien cercano
Pero acerquémonos a nuestro día a día, a nuestra gente. Si nos cuesta reconocer el problema en un amigo es, en parte, porque nadie nos ha enseñado a reconocerlo. Rubio lo compara con una enfermedad de las de toda la vida: "No te pasa lo mismo cuando te estás resfriando, porque lo has vivido, te lo han contado, ya tienes una idea de lo que es un resfriado o una gripe. Pero de esta enfermedad nadie te lo ha contado, y lo que te han contado es algo estratosférico donde tú no estás".
Es decir, como lo que tenemos en mente de un alcohólico no encaja ni con nuestro amigo ni con nosotros mismos, descartamos el problema a las primeras de cambio. "¿Por qué la gente no es consciente de que tiene una enfermedad? Muy sencillo: porque nadie se lo ha explicado. Y esa ignorancia no es solo del que bebe; es de todos los que están alrededor y no saben qué están viendo", completa.
Las señales que sí puedes detectar
El doctor ofrece pistas concretas para armar el puzle. Pistas de las que se ven en una cena cualquiera. La primera es el ritmo. "Te das cuenta cuando estás con él de que bebe con más rapidez que tú: a ti una cerveza te puede costar siete u ocho tragos y él en dos se la bebe, con tragos largos", asegura.
Te das cuenta cuando estás con él de que bebe con más rapidez que tú
La segunda es la impaciencia cuando se le acaba la copa. "Cuando se le ha terminado lo que está bebiendo, notas que empieza a desconectar, que está pensando en el camarero para que sirva".
La tercera señal es la más íntima y la que más asusta a quien la vive: la pérdida de control. "Estas personas empiezan a darse cuenta de que hay algunas tardes o noches que, después de la segunda copa, ya no saben qué les pasa", cuenta Rubio, que añade: "La sensación es que ya no pueden parar de beber, les apetece seguir. Ese perder el control con la bebida ocasionalmente es la primera señal de que la adicción está ahí".
La parte difícil: cómo decírselo
Llegamos al momento delicado. Sospechas de tu amigo, ¿y ahora qué? Aquí Rubio es rotundo, y su consejo va justo en contra de lo que la mayoría hacemos: nada de diagnósticos. "Hay que plantearlo no como 'creo que tienes un problema con el alcohol', sino como 'me preocupan cosas que a veces noto en ti'. No le tenemos que dar un diagnóstico a alguien que todavía no está en eso: tenemos que explicarle qué nos preocupa de lo que vemos, porque eso es lo suficientemente potente como para que reflexione".
No le tenemos que dar un diagnóstico a alguien que todavía no está en eso: tenemos que explicarle qué nos preocupa de lo que vemos
¿Y qué pasa después? Rubio describe con humor la reacción probable. "Cuando un amigo le dice a otro 'me preocupa esto', seguramente esa persona se irá a casa, le dará una vuelta, dirá 'qué cabrón', pero hará un intento: 'voy a demostrarle que no tengo problemas con la bebida', y a lo mejor pasa quince días sin beber. Después se encontrará estupendamente y creerá que eso lo absuelve. Pero el objetivo no era ese sino sembrar la semilla de que te has dado cuenta de que entre el alcohol y él hay algo raro que te preocupa".
Esa es, para él, la única vía que funciona, frente al reproche frontal que solo levanta muros. "Muchas veces en nuestro país tenemos la idea de soltar 'oye, que eres alcohólico', y entonces te mandan a tomar por saco. Pero si le dices lo que tú notas y lo que te preocupa, eso es sembrar para que él pueda recoger más bien pronto que tarde", asevera un Rubio al que, entre otras cosas, avalan 40 años de experiencia.
Casi nadie da el paso solo
Puede parecer que el papel del amigo es secundario, pero es justo al revés: es casi siempre el detonante. "Siempre son traídos, antes y ahora", afirma Rubio. Y detalla quién trae de verdad a la gente a su consulta: "El hígado, las transaminasas, las depresiones, a veces las tentativas de quitarse la vida, los fracasos con las parejas, los fracasos en los trabajos…".
Espontáneos, prácticamente ninguno: "No conozco a nadie que un día dijera 'voy a consultar a ver si tengo un problema'. Casi siempre uno viene empujado por alguien o por algo". La motivación propia llegará; pero "en este tipo de enfermedades siempre es el contexto, el entorno, quien se da cuenta de los problemas y quien te empuja un poquito".
Si tienes dudas...
Si tu amigo llega a plantearse en voz alta si bebe demasiado, la respuesta de Rubio es de una sencillez desarmante: "Que se lo mire. El hecho de que tengas dudas significa que hay algo". Porque esa duda no sale de la nada. En la vida de todo dependiente, explica, "hay un momento donde se da cuenta de que esa relación entre el vaso y él ha cambiado; notan que hay algo raro, lo que pasa es que no saben qué es".
Antes de finalizar, el doctor nos ofrece, con una sonrisa, un último truco por si no nos atrevemos a ir de cara con un amigo que creemos que tiene un problema: regalar el libro sin señalarle: "Le puedes decir a tu amigo que te lo has leído, que te acordaste de él. Sin diagnósticos, sin dramas. Así no lo estás señalando, y es posible que lo lea, que disfrute y que al menos deje de beber".
