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Cuando Matthew McConaughey estuvo a punto de meterse a monje escuchando un disco de U2

Matthew McConaughey. Getty Images
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En 1988, un tejano de 18 años recién salido del instituto aterrizó en una casa aislada de Warnervale, en la costa central de Nueva Gales del Sur, en Australia, con una beca de intercambio bajo el brazo. Se llamaba Matthew McConaughey. Nadie había oído hablar de él todavía, ya que faltaban aún seis años para que Richard Linklater lo descubriera en Dazed and Confused y ocho para que Tiempo de matar lo lanzara al estrellato. Es más, en aquel momento, ni él mismo apenas sabía quién quería ser. 

Su familia tejana estaba por entonces en el otro extremo del planeta, sus anfitriones le resultaban, como mínimo, distantes y hasta el paisaje le resultaba ajeno. En ese contexto de aislamiento súbito arrancó una historia que el propio actor ha contado en distintas ocasiones y que tiene dos protagonistas improbables: un disco de U2 y la seria intención de meterse a monje.

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El álbum que lo acompañó desde su Walkman

La banda sonora de aquel año llegó en el Walkman que McConaughey se había traído desde Estados Unidos. En ese aparato giraba casi de forma obsesiva Rattle and Hum, el álbum doble que U2 publicó en octubre de 1988 y que documentaba en directo la gira estadounidense de The Joshua Tree, con incursiones en Sun Studios de Memphis y en los coros gospel del Harlem. 

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Como el propio actor recordó hace apenas unos días a Rolling Stone, la versión de Silver and Gold recogida en ese disco "me acompañó a lo largo de mi año en Australia como estudiante de intercambio, a dos semanas de terminar el instituto, viviendo con una familia en mitad de la nada." Además, posteriormente admitió que aquel álbum, dijo, fue un buen amigo, el amigo que le ayudó a encontrar el rumbo y a mantener la cordura durante aquel año en el que se sentía bastante perdido.

Rattle and Hum no era un disco cualquiera para aquel chico tejano perdido en el hemisferio sur. Era, en palabras del propio McConaughey, un álbum profundamente comprometido sobre la opresión, con canciones sobre la lucha por liberar a Nelson Mandela y sobre el capitalismo desatado. En una habitación ajena, con dieciocho años, sin televisión ni amigos cercanos, aquellas letras funcionaron como algo más que música de fondo. Se convirtieron en una suerte de marco moral.

La decisión que casi sella una vocación

En paralelo a esta peculiar banda sonora, el joven McConaughey iba adoptando una vida ascética que él mismo describiría décadas después en su autobiografía Greenlights (2020). Se hizo vegetariano. Corría diez kilómetros al día. Dejó por completo el alcohol. Su rutina nocturna consistía en un baño, una carta manuscrita a alguien de casa y lecturas de Lord Byron. 

En algún momento de aquellos meses, entre U2 y la disciplina física, tomó una decisión que a él mismo le pareció lógica: iba a hacerse monje. La expresión que empleó ante Rolling Stone resulta inequívoca. Estaba considerando muy, muy fuertemente hacerse monje. No se trataba de un simple impulso adolescente pasajero, sino que se trataba de una decisión meditada.

El amigo benedictino que le devolvió al mundo

La reversión de esa decisión no fue instantánea ni cómoda. Llegó años más tarde, tras una larga conversación con un amigo monje benedictino, que hoy es abad de un monasterio, que McConaughey ha reproducido en varias ocasiones: "Creía que mi vocación era ser monje. Habría sido un buen monje… Hablé largo y tendido sobre ello con un amigo mío, un monje benedictino que ahora es abad de un monasterio, y me dijo: 'No, no... Tienes un don que has recibido. No lo arruines ni lo cubras convirtiéndote en monje o ermitaño." El monje le comentaba que el talento particular de McConaughey no estaba en el retiro sino en contar historias, y que ese don era una forma tan digna de servir como el propio hábito religioso.

La renuncia al monasterio no significó, sin embargo, un abandono de la búsqueda espiritual. En 1996, tras el éxito abrumador de Tiempo de matar, McConaughey se retiró unos días al monasterio benedictino de Cristo en el Desierto, en el norte de Nuevo México. Allí conoció al hermano Christian, el religioso que años más tarde oficiaría su boda con la modelo brasileña Camila Alves. Su fe cristiana ha seguido consolidándose con nuevas manifestaciones públicas, como la publicación en 2025 del libro Poems & Prayers y, hace apenas unas semanas, una audiencia pública con el papa León XIV en la Basílica de San Pedro durante el rodaje en Italia de Positano, su próxima película para Netflix junto a Zoe Saldaña.

Aquel casete de U2 que un chico tejano escuchaba en la penumbra de una habitación australiana, mientras sopesaba en serio la posibilidad de renunciar al mundo, sigue siendo el punto exacto en el que su historia empezó a encontrar el rumbo adecuado.