¿Puedo comerme el resto de la sandía si una parte se ha puesto mala?

¿Qué hacemos en estos casos? ¿La aprovechamos o la tiramos?
¿Es verdad que las sandías pueden explotar?
La sandía es una de las frutas más refrescantes del verano… y también una de las que más duele tirar. No porque sea especialmente cara, ya que de hecho, su precio por kilo suele ser bastante razonable. El problema es que se vende entera y una pieza puede pesar fácilmente cuatro o cinco kilos. Eso significa que llevarse una a casa suele costar alrededor de diez euros.
Con ese desembolso, es lógico que queramos aprovecharla hasta el último bocado. Por eso, si la abrimos y descubrimos una zona blanda, oscura, con mal aspecto o mal olor, nos surgen dudas sobre qué hacer. Si la tiramos, perdemos dinero y desperdiciamos todos los recursos que se han utilizado en su producción. Pero si la comemos quizá no solo tenga mal sabor, sino que incluso pueda suponer un riesgo para la salud. La decisión depende del tipo de deterioro que presente.
Sandía sobremadurada
Con las sandías ocurre como con otras frutas. Pueden estropearse por muchos motivos diferentes. El más simple es el mero paso del tiempo. Las células que conforman la sandía siguen con vida, así que realizan diferentes funciones, como la transpiración o la respiración. También se desarrollan infinidad de reacciones bioquímicas, como la transformación de los hidratos de carbono complejos en azúcares simples. Así las características de la sandía van cambiando. En su punto óptimo de maduración tienen un color rojo intenso, un aroma agradable, un sabor dulce y una textura firme y jugosa.
Pero poco a poco el color se va oscureciendo, el aroma y el sabor se van apagando y la textura se vuelve blanda y arenosa. En principio, si la sandía presenta estas características no tiene por qué sentarnos mal, siempre que la hayamos conservado debidamente . Pero quizá su sabor y textura no nos van a resultar tan agradables. En ese caso, si aún resulta aceptable, podemos utilizarla en recetas como batidos o gazpachos. Y si no es aceptable, lo más recomendable es tirarla a la basura.
Sandía con golpes
Si abrimos una sandía y vemos que presenta buenas características generales (aspecto, olor, textura…), salvo por alguna zona muy localizada, puede ser que haya recibido algún golpe. En ese caso, la parte más cercana a la piel suele presentar un color más oscuro y una textura arenosa y menos firme.
Si la piel estaba intacta (sin grietas ni agujeros) y la sandía no tiene olores extraños, en principio, podemos retirar esa parte dañada y comernos el resto. Se trata solamente de un daño mecánico que no debería comprometer la seguridad del resto de la fruta.

Sandía estropeada
Si la sandía presenta signos claros de deterioro, como zonas oscuras o blandas, olor ácido o alcohólico o una textura viscosa, lo más prudente es no consumirla, incluso aunque el exterior pareciera estar intacto.
Muchas veces lo que ha ocurrido es que la sandía ha sufrido algún daño en su superficie que resulta difícil de percibir (por ejemplo, una pequeña grieta o un agujero diminuto), pero que favorece la entrada de microorganismos que alteran sus características. Hablamos, por ejemplo, de bacterias o levaduras que llevan a cabo procesos de fermentación.
Cuidado con los mohos
Tampoco es recomendable comer la sandía si presenta alguna zona con mohos, incluso aunque aparentemente pueda tener buen aspecto o buen olor. Estos microorganismos pueden haberse extendido más allá de lo que podemos ver, y son capaces de desarrollar unas estructuras microscópicas llamadas hifas que penetran en los tejidos vegetales. En frutas blandas y con mucha agua, como la sandía, pueden avanzar fácilmente y no ser percibidas a simple vista.
El problema en estos casos es que algunos mohos son capaces de producir micotoxinas, que son compuestos muy tóxicos y que pueden contaminar todo el alimento, así que no desaparecen aunque retiremos la parte que está visiblemente afectada.
Nuestros sentidos no siempre son fiables
Como mencionamos antes, si la sandía presenta características anómalas, es señal de que se ha estropeado. Pero puede ocurrir que aparentemente presente un buen estado y que aún así se hayan desarrollado bacterias patógenas en ella. Esto puede ocurrir, por ejemplo, cuando la sandía ya está cortada y se conserva durante demasiado tiempo o a temperatura ambiente.
Cuando la fruta está íntegra, entera y con la superficie intacta, la corteza protege la parte interna frente al ataque de microorganismos. Pero esa protección desaparece cuando cortamos la sandía y queda expuesta al ambiente exterior y, como tiene agua y nutrientes, puede favorecer el desarrollo de microorganismos.
El problema es que las bacterias patógenas más preocupantes, como E. coli o Listeria, no producen alteraciones sobre el alimento. Es decir, no cambian el aspecto o el olor de la sandía. Así que no podemos detectar su presencia a través de nuestros sentidos. Por eso lo que debemos hacer es tomar una serie de precauciones. Para empezar, lavar la superficie de la sandía antes de abrirla, y cortarla con un cuchillo limpio. Después, si nos ha sobrado un trozo, deberíamos protegerlo (p.ej. con papel film), mantenerlo en el frigorífico y consumirlo cuanto antes (idealmente antes de 3-4 días).
